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"El río (La canción del olvido)", de Ricardo Martínez-Conde

Zadar eds., 2024
jueves 23 de abril de 2026, 22:21h
El río (la canción del olvido)
El río (la canción del olvido)

Hay libros que cuentan una historia y otros que proponen una inmersión en la materia del recuerdo. "El río (La canción del olvido)", de Ricardo Martínez-Conde, pertenece a esta segunda categoría: más que una novela en sentido clásico, es un un mosaico de escenas que actúan como ejercicio de memoria emocional, una reconstrucción de la juventud entendida como territorio moral, afectivo e intelectual.

El libro se sitúa en la Valladolid de finales de los años sesenta y comienzos de los setenta. Allí llega un grupo de estudiantes del norte —gallegos, asturianos, cántabros— que comparten precariedad económica, ambición intelectual y una intensa necesidad de compañía. La Pensión Arribas, oscura y barata, se convierte en su centro de gravedad: un espacio de pobreza material y, al mismo tiempo, de libertad, discusiones, lecturas, cafés interminables y descubrimientos vitales. El escenario, descrito con precisión atmosférica, aparece como una ciudad fría y desconfiada, casi hostil, frente a la que los protagonistas oponen el calor de su amistad.

Cada capítulo se centra en uno de los miembros del grupo —Pedro, Chema, Ricardo, Ángel, Bernardo—, componiendo una galería de caracteres que recuerda a cierta tradición española de estampas (de Azorín a Delibes, pero sobre todo hay un aire machadiano, reconocido en el propio texto: hombres “buenos en el sentido de la palabra buenos”), pero con una escritura más expansiva y enfática. La fuerza del libro reside en la densidad afectiva de estos retratos. En la descripción de sus personajes, el autor no se limita a la nostalgia. Observa su pasado con lucidez y cierta distancia crítica. Los jóvenes que protagonizan la historia no son idealizados: son contradictorios, ingenuos, excesivos. Pero precisamente por eso resultan creíbles. Martínez-Conde posee una indudable capacidad para captar gestos, manías, escenas mínimas (tirar piedras al Pisuerga, las tertulias, las penurias económicas) y convertirlas en emblemas de una época. El autor trabaja precisamente con esa paradoja: lo que parecía trivial en la juventud se revela, con el paso de los años, como un núcleo significativo de la experiencia humana.

La prosa de Martínez-Conde es deliberadamente literaria, ligeramente barroca, muy marcada por la ironía y rica en imágenes y en reflexiones. Alcanza una notable plasticidad y una capacidad evocadora que sumerge al lector dentro de las escenas: el frío castellano, el humo de los cafés, el silencio de las habitaciones, el rumor del río… El narrador adopta a menudo un tono pseudo-épico para describir episodios triviales —una borrachera, una tertulia, una conquista amorosa— lo que produce un efecto humorístico muy eficaz.

La obra es, en última instancia, un libro sobre la amistad como forma de conocimiento del mundo. Como el río que invoca el título, el texto avanza entre remansos y corrientes, actuando como metáfora del tiempo: todo fluye, todo se pierde, pero la memoria rescata aquello que el afecto ha fijado. Al final, deja en el lector la impresión de haber asistido no tanto a una historia como a un estado de ánimo: el de una juventud que creyó, con intensidad casi física, que la vida y el pensamiento podían ser la misma cosa: “¡Ay!, vivían. Vivían con acuciantes necesidades materiales y espirituales. Pero he aquí que la carencia, al modo de las sabias consideraciones del Quijote, avivaba el ingenio, el ansia de aventura en el mejor sentido”.

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