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Jesús Sánchez Adalid
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Jesús Sánchez Adalid (Foto: cedida por la editorial)

Entrevista a Jesús Sánchez Adalid: "La humildad no debilita, al contrario: fortalece. Permite ver con claridad, reconocer los límites, aprender"

Autor de "Tres halcones para Tamarlán"
lunes 04 de mayo de 2026, 12:11h

Nacido en Villanueva de la Serena, Badajoz, en 1962, Jesús Sánchez Adalid se graduó en Derecho en la Universidad de Extremadura. Posteriormente, completó los cursos de doctorado en la Universidad Complutense de Madrid. Tras dos años desempeñando funciones como juez, decidió profundizar en sus estudios de Filosofía y Teología. Ha conseguido importantes galardones, entre ellos el Premio Fernando Lara, el Premio de Novela Histórica Alfonso X el Sabio, el Premio Troa Libros con Valores, el Premio Abogados de Novela, el Premio Grada de Cultura, el Premio Internacional de Novela Histórica Ciudad de Zaragoza, el Premio Diálogo de Culturas y el Premio Hispanidad.

Tres halcones para Tamerlán
Tres halcones para Tamerlán

Es uno de los grandes referentes de la novela histórica en España. Ahora, regresa con una nueva obra que revive la audaz misión diplomática de Castilla en el siglo XV: alcanzar la mítica Samarcanda, la corte del Gran Tamerlán. Esta historia se basa en la crónica real de Ruy González de Clavijo y sigue los pasos de éxitos anteriores como El mozárabe o Alcazaba.

A través de los ojos de Alvar, un joven aprendiz de halconero, el autor nos invita a revivir esta epopeya histórica. El viaje comienza en Sevilla y se convierte en una experiencia deslumbrante que lo llevará por el Mediterráneo hasta Constantinopla, cruzando las ruinas de Troya y el esplendor de Bizancio, antes de llegar a las estepas de Asia Central y al fulgor de Samarcanda. Esta aventura estará marcada por la resistencia y la fe.

Con "Tres halcones para Tamerlán", el autor nos propone un viaje apasionante por unas tierras habitadas por personas que tenían miedos y sueños, pero, ¿qué es lo que de verdad aprende el joven Alvar sobre sí mismo?

Alvar aprende algo esencial: que no es el centro del mundo. Y eso, que puede parecer sencillo, es en realidad una de las conquistas más difíciles del alma. Parte como un muchacho con talento, con una cierta seguridad en lo que es y en lo que sabe hacer, pero el viaje lo va despojando poco a poco. Descubre su fragilidad, su ignorancia, su necesidad de los otros... Aprende a mirar, a escuchar, a callar... Y, sobre todo, descubre que dentro de sí hay una profundidad que no conocía: una capacidad de amar, de resistir, de esperar. El viaje exterior se convierte así en un verdadero viaje interior.

¿Cómo cambia la percepción de sus creencias y valores a través de este viaje?

Más que cambiar, se purifica. Alvar no pierde la fe, pero sí pierde ciertas seguridades superficiales. Se da cuenta de que el mundo es mucho más amplio y complejo de lo que había imaginado, que existen otras culturas, otras formas de vivir, otros modos de entender la existencia. Y en ese contraste, su fe deja de ser algo heredado para convertirse en algo asumido, más hondo, más personal. Comprende que creer no es poseer la verdad como quien guarda un objeto, sino caminar hacia ella con humildad.

Su obra se basa en la crónica de Ruy González de Clavijo sobre un viaje real, desde Castilla hasta Samarcanda en el siglo XV. Un viaje asombroso que duró tres años. ¿Cómo se explica que no haya habido ningún historiador que se atreviera a contar algo tan extraordinario?

En realidad, la crónica de Clavijo es una joya, pero una joya difícil. Está escrita en un castellano del siglo XV, de una gran belleza, pero poco accesible para el lector actual. Durante siglos ha sido más objeto de estudio que de lectura. Creo que ha faltado, quizá, ese puente entre el documento histórico y el lector contemporáneo. No ha pasado al imaginario colectivo de los españoles. Mi intención ha sido precisamente esa: respetar la verdad histórica, pero darle vida narrativa, devolverle el pulso humano, la emoción, la mirada del escritor contemporáneo. No he querido sustituir a Clavijo, sino acompañarlo y hacerlo más cercano.

Al inicio de la novela cuenta cuál fue la génesis de su obra. ¿Era consciente entonces de la enorme tarea que acometía?

Sinceramente, no del todo. Si uno fuera plenamente consciente de la magnitud de ciertas empresas, quizá no se atrevería a iniciarlas. Hay en todo proceso creativo un punto de intuición, incluso de llamada.

En mi caso, esa llamada se concretó de una manera muy especial. En mayo de 2024 tuve la oportunidad de viajar a Kazajistán, invitado por la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo. Desde allí, por iniciativa propia, emprendí un recorrido por Uzbekistán, con un propósito muy claro: seguir, en la medida de lo posible, las huellas de Ruy González de Clavijo hasta Samarcanda.

Aquel viaje fue decisivo. No fue solo una experiencia geográfica, sino profundamente interior. Caminar por aquellas tierras, contemplar la luz de Samarcanda, sentir la distancia real que separaba aquel mundo del nuestro… Todo eso me hizo comprender la magnitud de aquella embajada y, al mismo tiempo, la dimensión humana de quienes la llevaron a cabo. Fue ahí donde la novela empezó a tomar forma en mi imaginación, no como una idea, sino como una necesidad.

Después, poco a poco, fui descubriendo la complejidad, la exigencia, el trabajo y el rigor que requería. Pero para entonces ya estaba dentro del camino. Y entonces no queda más que avanzar, con paciencia y con fidelidad al relato original.

Sánchez Adalid se caracteriza por ser absolutamente riguroso a la hora de ficcionar hechos históricos. ¿Qué le ha gustado más investigar y dónde ha encontrado más dificultades?

Lo que más he disfrutado ha sido reconstruir el mundo. No solo los grandes acontecimientos, sino los detalles: los caminos, los puertos, las ciudades, los paisajes, los olores, las costumbres… Poder seguir, paso a paso, el itinerario de la embajada, incluso recorriendo algunos de esos lugares, ha sido una experiencia extraordinaria.

Las dificultades han sido muchas. Desde la interpretación de fuentes complejas hasta la necesidad de integrar una enorme cantidad de información sin que la narración perdiera fluidez. Pero quizá la mayor dificultad ha sido siempre la misma: ser fiel a la historia sin perder el alma de la novela.

"En el fondo, Alvar es una mirada limpia de quien descubre el mundo por primera vez"

El personaje principal es un joven bueno, inocente y curioso que se asombra ante lo que ve. ¿Qué características personales quería que sobresalieran de Alvar?

Quería que Alvar fuera, ante todo, verdadero. Que no fuera un héroe perfecto, sino un muchacho en proceso. Su bondad, su capacidad de asombro, su humildad, son esenciales; pero también lo son sus dudas, sus miedos, sus contradicciones… Es alguien que aprende. Y eso lo hace cercano. En el fondo, Alvar es una mirada: la mirada limpia de quien descubre el mundo por primera vez.

Tres halcones para Tamerlán no es solo una novela de aventura o una epopeya histórica… es algo más. ¿Cómo lo definiría el autor?

Yo diría que es una novela de viaje en el sentido más pleno del término. Un viaje físico, histórico, cultural… pero también espiritual. Es una reflexión sobre el encuentro con el otro, sobre el sentido del camino, sobre la transformación interior. La aventura está ahí, naturalmente, pero es el marco de algo más profundo.

La prudencia no es cobardía… ¿la humildad también es un arma?

Sin duda. La humildad no debilita, al contrario: fortalece. Permite ver con claridad, reconocer los límites, aprender. En un mundo donde tantas veces se impone la apariencia, la humildad es una forma de verdad. Y la verdad siempre tiene una fuerza enorme.

La historia está llena de tensiones entre fe y violencia

Cada golpe de espada era como una oración… ¿es lícito llevar la guerra en el alma por amor a la fe?

Esa es una cuestión muy delicada... La historia está llena de tensiones entre fe y violencia. Creo que hay que distinguir. La fe auténtica no nace del odio ni se sostiene en la violencia. Pero también es cierto que el ser humano, en determinadas circunstancias históricas, ha vivido su defensa como un deber. La novela no pretende justificar, sino mostrar esa complejidad, esa lucha interior. Al final, la verdadera batalla siempre es la del corazón.

Para lograr el objetivo de la misión y el crecimiento personal, ¿hay que buscar el equilibrio entre los valores que representan los hombres que acompañan al protagonista?

Sí, sin duda. La vida no se sostiene en un solo valor. Necesitamos la inteligencia del diplomático, la firmeza del hombre de orden, la profundidad del sabio. En la embajada, cada personaje aporta algo distinto, y Alvar aprende de todos. Ese equilibrio es, en el fondo, una imagen de la madurez.

Para mirar el mundo con otros ojos, tal vez no haga falta viajar tan lejos. ¿Cómo se puede lograr hoy?

Es verdad. El viaje exterior ayuda, pero no es imprescindible. Lo esencial es la actitud: la capacidad de detenerse, de mirar con atención, de escuchar. En un mundo dominado por la prisa y la inmediatez, recuperar el silencio, la contemplación, es ya un modo de viajar. Leer, dialogar, abrirse a otras realidades… todo eso ensancha la mirada y el alma.

Además de aprender y disfrutar, ¿con qué mensaje le gustaría que se quedaran sus lectores?

Quizá con una idea sencilla: que la vida es un camino, y que ese camino tiene sentido. Que no estamos solos, que cada encuentro, cada dificultad, cada descubrimiento forma parte de algo mayor. Y que, en medio de todo, lo que verdaderamente permanece es el amor, la humildad y la búsqueda sincera de la verdad. Esto puede sonar un tanto idílico; pero es lo que yo voy aprendiendo en mi propio camino vital…

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