Dentro de la colección de Ensayo de Edhasa, que no tiene desperdicio, por su calidad indubitable, hoy nos vamos a aproximar a una obra esencial para poder comprender o, cuanto menos, discernir, lo que le pudo ocurrir a aquella conspicua, pero, paradójica polis de la Hélade o Grecia de la Antigüedad. Me estoy refiriendo a la gran urbe del Peloponeso, creada por los dorios, y que se llamaría Esparta, capital de Laconia, y con sus ciudadanos denominados como lacedemonios o espartanos. A lo largo de tres siglos, desde una posición de poder indiscutible, es la ciudad que provoca entre el resto de los griegos una situación de afecto o de rechazo, lo que se resume en ser admirada, respetada y, porque no decirlo, temida por su poderoso ejército de hoplitas, que vence en casi todas las situaciones bélicas habidas y por haber. En el año 479 a.C. tienen lugar las batallas de Platea y de Micala, en la región de Beocia donde la denominada como Liga Helénica se enfrenta al Imperio de Persia que está comandado por Jerjes I, la coalición está conformada por las poleis de Esparta, Atenas, Corinto y Mégara, dentro de aquella gran conflagración bélica que definiría el ser o no ser para los griegos, y denominada como Segunda Guerra Médica. Los comandantes fueron el persa Mardonio, que fallecería en dicha batalla, y el monarca espartano de la dinastía regia de los Agíadas llamado Pausanias, que era sobrino del gran soberano lacedemonio Leónidas I “el Grande”, el gran héroe del Desfiladero de las Termópilas. Los historiadores griegos como Éforo y Diodoro o Plutarco y Heródoto escriben sobre las bajas helénicas de entre 159 a 1360 hasta llegar a 10.000. Los mismos historiadores indican que las bajas de los asiáticos oscilarían entre 100.000 a 257.000 soldados, aunque en la actualidad se ha llegado al consenso de considerar cifras comprendidas entre 50.000 a 90.000. En este momento histórico, Esparta es sin la más mínima discusión el estado ciudadano más poderoso de Grecia, y el resto de los griegos lo asumen y lo aceptan con respeto indubitable. “La guerra del Peloponeso habría debido garantizar a Esparta el dominio de Grecia, de la misma forma que las guerras pírricas determinaron el dominio de Roma sobre la península itálica. Pero mientras Roma continuó y fundó un imperio, Esparta avanzó hacia un colapso caótico. La mayor parte del contenido de este libro se dedica a la guerra del Peloponeso y sus consecuencias, precisamente por la importancia que tiene mostrar por qué, aunque en apariencia Esparta salió triunfante del conflicto, la victoria fue muy diferente de la que se había conseguido contra los persas en el siglo anterior. De aquélla, Esparta salió convertida en una sociedad segura de sí misma y como un modelo para los griegos de su tiempo. Sin embargo, tras la guerra del Peloponeso, la autoridad moral de Esparta estaba hecha jirones; su sociedad, fracturada, y su capital político, derrochado. Esparta ganó la guerra, pero al mismo tiempo perdió Grecia”. Atenas obtuvo la victoria política final, a pesar de sus limitaciones cínicas, pero es indudable que estaban impulsando el avance del género humano con las artes, la ciencia y la filosofía, dentro de una importante libertad intelectual en sus ciudadanos varones. Sus ciudadanos que eran el 50% de los habitantes de la capital del Ática, son cuanto menos muchos más que los existentes en la capital de la región de Laconia. Es por ello por lo que, a pesar de lo que indica la fama evolutiva de la pseudohistoria actual, los espartanos y sus diarcas solían ser más proclives a la negociación que a la guerra, ya que los ciudadanos lacedemonios muertos eran muy difícilmente reemplazables a corto plazo. Quizás la esterilidad intelectual sacude a aquella sociedad, que observa con su laconismo habitual como Atenas suele introducir cuñas políticas, en todas las relaciones diplomáticas que Esparta emprende. No obstante, y con gran sorpresa y perplejidad el resto de los griegos contemplaron que Esparta aceptaba la protección de Persépolis, a cambio de su respaldo político y una ingente cantidad de dinero. En el resto de Grecia no se contempló igual este comportamiento, ya que, a partir de esa nueva concepción política, los espartanos decidieron vivir, sin ambages, en un conservadurismo huero combinado con un militarismo claramente amoral, y cuyo fin era el mantener el poder sobre el resto de Grecia.
“Como era de esperar, el resto de Grecia rechazó este comportamiento con vehemencia. Así, por ejemplo, cuando Tebas comenzó a ganar predominancia, lo que representaba era ‘no ser Esparta’. Para entonces, Esparta producía tanta antipatía que gran parte de Grecia se alineó con Tebas. Por ejemplo, en el siglo III, se decía de los tebanos, de forma completamente peyorativo, que ‘actuaban como espartanos’. Esto mismo, dos siglos antes habría sido un gran elogio”.
Este hecho conlleva una espiral social descendente, y una lección de lo más lamentable que fue el egocentrismo habitualmente prepotente de los lacedemonios. Sea como sea, Esparta sucumbió a su propia historia, que finalizaría en una auténtica tragedia, y que fue deslizando la caída de la propia polis hasta la inanición sociopolítica final. “Mientras los romanos ampliaban su cuerpo cívico (a veces mediante la incorporación a gran escala de comunidades enteras, aunque no quisieran), los espartanos se negaban en redondo a compartir la ciudadanía o el poder, tanto con sus aliados como con otros pueblos de Lacedemonia, e incluso ni siquiera con aquellos de sus propios habitantes considerados ‘inferiores’. Para un esparciata (eran todos los varones mayores de treinta años que disfrutaban de todos los derechos y formaban parte del cuerpo cívico de la ciudad), había muchas maneras de perder su rango, pero sólo podía obtenerlo por linaje. Como veremos, esto significó que, a lo largo de los siglos, los privilegios que conllevaba el rango de los esparciatas estuvieran contenidos a un círculo cada vez más restringido, si bien este elitismo fuera en contra del bienestar del Estado que ellos mismos decían personificar”. Esparta se encontraba en la región del Peloponeso, en las riberas del río Eurotas. Esparta nunca sería una urbe cosmopolita, sensu stricto, por muchas diversas causas, entre otras de mayor o menor enjundia era porque su situación la hacía muy poco accesible, con el monte Taigeto vigilando sin piedad de ningún tipo, los comportamientos sociopolíticos de los lacedemonios. Los pasos montañosos que bordeaban el río Eurotas eran empinados y de tipo desfiladero, con lo que los pasos hacia la polis eran intrincados y muy complicados. “En consecuencia, Esparta era una ciudad diseñada por naturaleza para ser un remanso, apartada de la agitada lucha política griega. Mientras el mundo entero podía enviar, y por tanto enviaba, visitantes y mercancías a través de los puertos de Atenas y Corinto, raro resultaba ver extranjeros en Esparta (y no especialmente bienvenidos), y los bienes comerciales escasos”. A pesar de todos estos problemas sociales y orográficos, Esparta se había convertido en la nación más destacada de las Hélade, y, aunque parezca extraño y, porque no decirlo, sorprendente, toda esta preeminencia lacedemonia, tenía un nombre y este era el de Mesenia. A lo largo del devenir vivencial de la historia de la Grecia de la Antigüedad, Mesenia y Esparta compartieron una relación desastrosa pero más que necesaria, se la podía definir como nefasta y disfuncional; para los lacedemonios esta necesidad vital de coexistencia era una suerte de maldición, mientras que para los mesenios era una maldición inexcusable. Cuando Esparta conquista Mesenia en el siglo VIII a.C., este hecho tan importante será el que conlleve que la provinciana Esparta pase a ser uno de los estados más importantes de toda Grecia. La ubérrima agricultura de los mesenios se convertiría en el motor económico de Esparta. Mientras Mesenia laboraba los campos, Esparta se dedicaba a la guerra profesionalmente hablando. Por todo lo que antecede, durante el siglo V a.C., y antes de los años 490 a 449 o de las Tres Guerras Médicas, Esparta se transformó en la única polis que poseía un ejército profesional, etc. «En el año 479 a.C., Esparta era admirada por todo el mundo conocido. Y poco después, en el 402, se había convertido en la potencia hegemónica de Grecia. Sin embargo, una generación después, la ciudad-estado carecía de importancia… ¿Por qué? ¿Qué salió mal? ¿Fue inevitable la caída de Esparta? Si bien sus temibles hoplitas fueron siempre considerados invencibles en el campo de batalla, Esparta aunó en poco tiempo muchos errores políticos y diversos y graves problemas sociales, siempre en la creencia de que sus costumbres y leyes eran inmutables, superiores a los de cualquier otro pueblo. Es la historia espartana, en todo caso, una historia de desafío: la de una pequeña ciudad-estado que dominó el mundo y que jamás aceptó su caída y sumisión; la crónica de un fracaso político -nunca guerrero-, pero también una lección de cómo caer luchando; no en balde, incluso con las legiones romanas dispuestas a asediar su ciudad, los espartanos nunca se rindieron. Philip Matyszak examina paso a paso lo sucedido, lo desgrana y lo examina históricamente, con todo detalle. Y con ello, en este ensayo, ‘Esparta. La derrota del guerrero’, tan documentado como ameno, nos narra una historia por todos conocida pero rara vez contada: la de Esparta, nación rica en héroes y villanos, en artimañas políticas y en guerras épicas y batallas inolvidables». Por lo tanto: ¡Muy recomendable. Y documentado ad integrum. Imprescindible obra historiográfica sobre la Edad Antigua griega! «Ut eo iure quod plebs statuisset omnes quirites tenerentur. ET. Si vis pacem para bellum». Puedes comprar el libro en:
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