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La Sagrada Familia brilla al atardecer, con turistas y una escultura de Oteiza de fondo en Barcelona.
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La Sagrada Familia brilla al atardecer, con turistas y una escultura de Oteiza de fondo en Barcelona. (Foto: Imagen generada por inteligencia artificial – Cibeles AI)

GAUDÍ / OTEIZA VISIONES DEL APOCALIPSIS

Por Álvaro Bermejo
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beralvatelefonicanet/7/7/18
sábado 13 de junio de 2026, 11:10h
Actualizado el: 06/12/2026 21:01h

Nada menos que una condenación vaticana. ¿Qué más quería Oteiza? Lo malo vino después: catorce años con sus catorce apóstoles tirados en la cuneta. Llegó la absolución, en el ’69, y con ella el nuevo obispo, presto a concelebrar la coronación del friso de Aránzazu. ¿Qué le dijo Oteiza? “Aquí el obispo soy yo”.

El símil valdría para ilustrar otra coronación, la de la Sagrada Familia de Barcelona a cargo de León XIV. “Aquí el pontífice soy yo”, podría haberle dicho Gaudí de estar presente. En el año de su centenario, ¿es posible establecer un cierto paralelismo entre el genio catalán y el vasco?

En apariencia, todo les distancia. Clave mayor de Oteiza: el espacio. Clave mayor de Gaudí: el símbolo. En la Sagrada Familia, todo su universo. Una cartografía infinita sostenida sobre un bosque de piedra. Columnas arbóreas inspiradas en la naturaleza. También en la geometría sagrada y sus formas -helicoides y paraboloides-. También en el laberinto de sus asociaciones icónicas, desde las bíblicas y cristológicas a las legendarias, incluidas las más crípticas. El castillo del Grial y la Atlántida, el dragón ígneo y la amanita muscaria, el atanor alquímico y el pantáculo invertido.

Pero, debajo de todo eso, ¿qué? Una sensibilidad hiperestésica abierta al misterio de la creación. El símbolo como catalizador de las dimensiones del sentido. Y un sentido por encima de todos: convertir la forma en molde del espíritu, un puente entre lo inmanente y lo trascendente. Una vida sacrificada a su obra, hasta morir como un mendigo. Una mística del arte, hasta elevarlo al grado de epifanía.

Comienza a aparecer Oteiza. ¿Dónde? Primero en esa epifanía al revés, entendida como rebeldía. La de sus catorce apóstoles clamantes, pero iluminados, en la concavidad de sus cuerpos huecos. Pura vanguardia expresionista frente al formalismo modernista de Gaudí. En ese juego, un pas à deux, un par móvil fusionado en macla.

Un escultor que se vuelve arquitecto, la inversión de Gaudí, el arquitecto que se desdobla en escultor. Entre la estructura y la figura, una sintaxis, también una biología del espacio. El puente que une las cajas metafísicas de Oteiza con la catedral de Gaudí. ¿Qué respiran? Sacralidad. El vacío de Oteiza como una trampa para cazar a Dios. La verticalidad de la torre central de la Sagrada Familia -hoy la más alta del mundo- un desafío al vértigo. Y en el vértigo, el éxtasis. También el apocalipsis, según Gaudí, entendido como redención.

“En la Nueva Jerusalén no habrá día ni noche” -dice el Libro- “todo será luz”. Gaudí lo tradujo al pie de la letra. Ese lenguaje de luz, el que ilumina su templo, define la estética trascendental de Oteiza. Uno y otro, en rebelión con su mundo. Soñadores de mundos nuevos. O, más bien, de nuevas dimensiones del hombre.

“El artista crea al hombre”, decía Oteiza. ¿Cómo? A través del vacío, desocupando el volumen, transformando la experiencia estética en una ecuación espiritual. Una manera como cualquier otra de recordarnos que el apocalipsis -la revelación interior- no cabe en un selfie.

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