Polis y Cacos te pone frente al espejo porque te retrotrae a una etapa de aciertos y errores que, muchas veces, tuvieron consecuencia para otros. ¿Somos lo que hemos hecho y sido? Somos lo que hacemos con lo que hemos hecho y sido. Y perdón por el trabalenguas. Como dicen los aimaras, caminamos hacia el pasado; siempre lo tenemos delante. Y ya es decisión nuestra ver qué hacemos con él. Qué hacemos con el pasado y con lo que nos han echado encima. Y también qué hacemos con lo que somos y con lo que tenemos por delante. En su obra, a pesar de ser un relato colectivo, aparecen los nombres de los líderes y de los que sufrieron humillaciones crueles por ser diferentes: la gorda, la mudita, los becados… niños que tuvieron miedo y lo vencieron. ¿El resto admira, teme o desprecia y justifica? El libro está narrado por una voz colectiva, un grupo mayoritario de clase que teme, desprecia y se justifica, sí. Son morbosos, cotillas, a veces crueles y, en algunos casos, demasiado tolerantes con su propia mediocridad y su cobardía. Pero algunos también están revisando sus miserias e intentan romperse y crecer. La necesidad de pertenencia, el deseo de ser aceptado, es una función adaptativa que asegura la supervivencia. Conseguirlo, ¿cuántas veces supone cerrar los ojos a la injusticia? Casi todos los días hacemos u omitimos algo por no meternos en líos o por no discutir. En el colegio, en el trabajo, en el metro… El nivel de integridad y de valentía depende de cada uno y, también, en parte, de nuestra necesidad de pagar el alquiler. Pero lo que es tremendamente duro es ver en algunos esa negación de la empatía y del interés por los demás cuando lo único que te juegas es caerle bien a alguien que ni siquiera te gusta. Caerle bien al matón de la clase es un objetivo poco ambicioso y muy cortoplacista, pero, sí, lo vemos cada día. Hay pocos defectos peores que la desidia, el egoísmo y la falta de integridad. La responsabilidad se diluye en el grupo. ¿Es esa mayoría silenciosa y cómplice la culpable de los mayores errores y atrocidades cometidos contra personas o grupos vulnerables? No sé si de los mayores errores, pero sí de unos cuantos muy gordos. Lo explicó maravillosamente bien Martin Luther King: “No me estremece la maldad de los malos, sino la indiferencia de los buenos”. Yo siempre he creído que el egoísmo es una forma socialmente tolerada de maldad, y la cobardía es una variante apocada del egoísmo. ¿El pecado en grupo no exime de la penitencia individual? Me cuesta entrar en la semántica religiosa, pero… No exime de la responsabilidad individual, para nada. Quizá los que se esconden en el grupo puedan disimular ante sus vecinos o sus cuñados, incluso mentirse a sí mismos, pero… Elegir cobardía, solo o en grupo, es una elección y, por tanto, una responsabilidad.
El colegio es uno de los grupos secundarios formales que más marcan porque afianzan valores como respeto, tolerancia, responsabilidad, compañerismo, empatía… ¿Debemos revisar el pasado para poder tener un futuro mejor? Sin angustia, con serenidad, y con sentido del humor, debemos revisar el pasado y el presente, todo el rato. Eso que se dice de “la gente no cambia” es mentira. La gente cambia, claro que sí, pero tiene que querer cambiar. ¿Cómo se puede cauterizar la infancia cuando no hemos logrado las expectativas que nos planteamos? ¿Cuando en el presente no aparece cumplido ninguno de nuestros sueños? Me dan mucho reparo esos verbos: “lograr”, “cumplir”... Creo que la infancia se puede cauterizar sin rencor y con conocimiento, y que de lo que se trata no es de cumplir ni lograr, sino de ser, de ser como quieres ser. Buena gente, íntegro, valiente… Pero, claro, no todo el mundo quiere ser así. Algunos son unos cabrones con pintas por elección. Muchas personas arrastran las etiquetas que les asignaron de pequeños, la familia, los compañeros de colegio… y asumen el rol. ¿Por qué pueden interiorizarlo tanto que cambien de grupo y sigan manteniendo el mismo comportamiento y se les siga asignando el mismo sambenito? Vivimos en sociedad, para bien y para mal. Si desde pequeño te están diciendo que eres raro, o malo, o conflictivo… Es muy probable que, desde la inseguridad, aceptes la etiqueta y empieces a proyectarla. En general, creo que es enriquecedor saltar de unos grupos a otros, rodearse de gente diversa, que te aporte otras miradas y, sobre todo, tener cerca a quien te quiere como eres de verdad para poder verte en sus ojos y devolver ese amor. Al final, la vida es dar y recibir. ¿Por qué nos cuesta tanto ver al otro? ¿Por qué los uniformes no evitan la discriminación? ¡Cómo no nos va a costar ver al otro si nos cuesta vernos a nosotros mismos! Por otro lado, el colegio o cualquier otro ecosistema nos impulsa a no ser los últimos de la pirámide alimentaria. Es decir, a que otros estén más abajo que nosotros. Y eso implica ser el abusón de alguien… Ser compañero de colegio no significa ser amigo de nadie y, con los años, se acaba perdiendo el contacto con aquellas personas con las que compartimos tanto. ¿Cuesta mirar atrás más por comparar nuestros logros presentes o por miedo a no haber sido inocentes entonces? Creo que lo que cuesta es conciliar quien fuiste y cómo te vieron con quién querrías ser y cómo querrías que te vieran. Pero también creo que, si de verdad echas de menos a alguien con quien fuiste feliz o a quien quisiste en el pasado, es bueno reconocerlo y buscarlo para decírselo. ¿Por qué no? Además, ahora que se dice eso tan extraño de la autocompasión, podemos tirar de tolerancia para mirarnos a nosotros y, también, a quienes fueron nuestros compañeros.
Somos una generación que lo tuvo todo, porque nos lo dieron todo, que recibíamos y esperábamos. Somos una generación conformista y acomodada en la mediocridad ¿Qué se necesita para salir del letargo? ¿Para reaccionar y ser? No estoy de acuerdo en que lo tuviéramos todo. Yo no lo tuve. Ni material ni emocionalmente, aunque no me quejo: tuve mucho. Además, me cuesta ver el mundo en generaciones. Lo que creo es que el letargo es una elección. Es verdad que ahora lo tenemos fácil, el móvil en una mano, el mando de Netflix en la otra y… ¡A no pensar! Pero el ser de otra manera, el ser mejor, es una opción que no caduca; siempre está ahí, solo que… no es fácil. Polis y Cacos aborda una etapa que, a muchos, nos queda muy lejana, pero que fue fundamental para definir quienes somos en la actualidad. Habla de la crueldad ejercida contra los diferentes, de los gusanos que acabaron convertidos en mariposas y triunfaron porque mantuvieron sus principios, del miedo, de la masa silenciosa que otorga y es cómplice; de los prejuicios… y del trabajo y la dignidad. ¿Hay que sacudirse la infancia también eliminando la culpa? La culpa es un lastre y la responsabilidad un motor. Yo creo en la responsabilidad, en responder y extraer algo de tus errores y tus valores. Que de lo malo y de los frenos (porque los valores pueden ser un freno en según qué entornos) salga algo más bonito. La infancia es una especie de caja negra: nos da muchísima información, muchísimos aprendizajes para saber lo que quieres y lo que no quieres, y para irlo analizando con una distancia para reírte hasta de tu sombra y, al mismo tiempo, para crecer y salir adelante. ¿Polis y Cacos podría ser una excelente obra de teatro? Más que preguntar, afirmo. Me encanta que lo afirmes. Me ha hecho muy feliz estrenar dos obras de teatro —¡una en Nueva York— porque el teatro me ha dado a dos amigas extraordinarias que fueron sus protagonistas, Ana Asensio y Eva Isanta. El teatro me gusta porque es siempre un proyecto colectivo que se hace cada día, con el público, en cuanto se abre el telón; un proyecto que conecta y emociona en directo y en compañía de una forma irreplicable. Así que, aunque imaginaba una película, te acepto la obra de teatro. ¿La hacemos?
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