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Hacia la prosa poética: Rabindranat Tagore y Juan Ramón Jiménez-Zenobia Camprubí: Una prodigiosa labor de recreación literaria, II

lunes 24 de agosto de 2026, 19:40h
Actualizado el: 25/08/2026 19:47h

Juan Ramón Jiménez y Zenobia Camprubí llevaron a cabo una versión de obras de Rabindranat Tagore, añadiendo su peculiar sensibilidad literaria y el extraordinario valor de su prosa poética a los originales del escritor hindú. Y como ejemplo de ello, ofrecemos tres textos de La luna nueva.

Rabindranath Tagore: La luna nueva. Madrid, Editorial Verbum, 2013. Una adaptación con ilustraciones de Gemma Torres Santos-Olmo.
Rabindranath Tagore: La luna nueva. Madrid, Editorial Verbum, 2013. Una adaptación con ilustraciones de Gemma Torres Santos-Olmo.

El cartero malo

Madre, di, ¿por qué estás tan callada y tan triste, sentada ahí en el suelo?

¿No ves que la lluvia entra por la ventana y que te estás mojando?

Oye, el gongo está dando las cuatro y mi hermano tiene ya que volver del colegio. ¿Qué te pasa, di, madre; por qué estás tan rara? ¿Es que no has tenido hoy carta de papá?

A todo el pueblo le trajo hoy carta el cartero, yo lo he visto. Sólo las cartas de papá se las guarda en un saco para leérselas él. ¡Madre, estoy seguro de que el cartero es muy malo!

Pero no estés tú triste por eso, madre. Mira, mañana es la feria del pueblo de ahí junto. Que vaya la criada y compre plumas y papel. Yo mismo te voy a escribir todas las cartas de papá. Y ya verás cómo no encuentras ni una falta.

Te escribiré derechito desde la A hasta la K... ¿Por qué te estás riendo, madre? ¿Tú te crees que yo no sé escribir tan bien como papá? Ya verás, yo rayaré el papel con una regla, y pondré mucho cuidado, y haré bien grandes las letras.

Y cuando concluya, ¿piensas que voy a ser tan tonto como papá, que echa la carta en el saco de ese cartero feo? ¡Te la traeré yo mismo al momento y te ayudaré a deletrearla! ¡Ya sé yo que al cartero no le gusta darte las cartas más buenas!

Rabindranath Tagore: La luna nueva. Madrid,
Signo, 1935. Traducción de Zenobia Camprubí
Aymar y Juan Ramón Jiménez. Con un poema de Juan Ramón Jiménez

Edición digital:

https://www.uv.es/betania/poesia/tagore/Tagore_La_Luna_Nueva.pdfEL JUEZ

El texto es una bella estampa familiar llena de lirismo y ternura. La madre está silenciosa y triste porque no ha recibido carta del esposo ausente. Su hijo, un niño que empieza a leer y escribir, procura consolarla diciéndole que él le escribirá cartas como las de su papá, que luego deletrearán juntos. La ingenuidad infantil atribuye la falta de cartas al cartero, que es muy malo y se las guarda en un saco para leerlas él: por la mente del niño no ha pasado la idea de que el padre haya podido abandonarles, y prefiere creer que el cartero se queda con las cartas.

El texto, que encierra una intensa espiritualidad, tiene, a la vez, su vertiente triste y alegre: triste es la realidad que la madre sospecha y el niño ignora -el abandono de su esposo y padre de su hijo-; y alegre, el optimismo de este y su propósito de escribir a su madre cartas tan cariñosas y bien escritas como las que en otro tiempo escribiera el padre. La espiritualidad está presente en el dolor de la madre y en el amor filial del hijo, ingenuo y bondadoso; también en todo el texto, que rezuma poesía y delicadeza.

El juez

Di de él cuanto quieras, pero yo sé mejor que tú y que nadie las faltas de mi niño.

Yo no lo quiero porque es bueno, sino porque es mi hijo. ¿Y cómo has de saber tú el tesoro que él es, tú que tratas de pesar sus méritos con sus faltas? Cuando yo tengo que castigarlo, es más mío que nunca.

Cuando lo hago llorar, mi corazón llora con él.

Solo yo tengo el derecho de acusarlo y penarlo, porque solamente el que ama puede castigar.

La tesis del texto de Tagore se expresa con total contundencia: “solamente el que ama puede castigar”, porque el dolor del otro es el suyo propio. En efecto, si se contempla el castigo desde la perspectiva del amor, lo que se pretende es una auténtica redención de quien comete errores.

En el texto se contrapone la figura de un juez, que representa la objetividad de la ley, y la de una madre que defiende a su hijo desde el afecto entrañable. Pero en ningún caso se cuestiona la objetividad de la ley que el juez simboliza, sino que, entrando en el trasfondo del texto, y más allá de su contenido literal, lo que se critica es la validez de determinados juicios que se emiten sin el menor afecto y desde una pretendida objetividad -fuera del ámbito jurídico- que ignora ese componente de afectividad que es lo que da sentido y valor a la existencia humana. En cualquier caso, las leyes están para cumplirse (según el aforismo “dura lex, sed lex”), mientras que el amor no responde a justificaciones lógicas. Quizá podría efectuarse, desde el texto, una reflexión como la siguiente: ¿es o no justo que los padres castiguen cuando los hijos incumplen sus deberes, y les premien cuando los cumplen; o, como dice el texto, “tratando de pesar sus méritos con sus faltas”?

La ambición

¡Qué feliz eres, chiquillo, tirado ahí en el polvo, jugando hora tras hora con este palito! No puedo menos de reírme viéndote jugar y jugar toda la mañana con ese pedacillo de palo. Yo sumo y sumo, hora tras hora también, preocupado con mis cuentas. Y quizá tú mirándome piensas:

“¡Vaya un juego tonto! ¡Qué ganas de perder la mañana!”.

¡Ay chiquillo! ¡Yo he olvidado ya el arte de distraerme con palitos y contortas de barro! ¡No quiero más que juguetes caros, reunir pedazos de oro y plata! ¡Tú, con cualquier cosilla que te encuentras juegas contento.

Yo malgasto tiempo y fuerzas en cosas que nunca podré tener. ¡Pretendo atravesar el mar de la ambición con mi frágil barquilla, y me olvido de que yo también estoy jugando!

Tagore opone en este texto el prestar atención a los pequeños detalles cotidianos -que es donde reside la auténtica felicidad- a la obsesión por perseguir metas inalcanzables que despiertan una nociva codicia. Y recurre a un símil muy didáctico: la ambición desmedida lleva a intentar cruzar un mar tempestuoso olvidando las ventajas de vivir el día a día sin ansias de grandeza, de manera tan sencilla como los jugos infantiles que permiten disfrutar del momento.

Cabría preguntarse, una vez leído el texto -y como motivo de debate- si necesita un chiquillo disponer de juguetes caros para ser feliz; si puede ser más feliz que el niño que juega con un palito el adulto que ambiciona juguetes caros, pedazos de oro y plata; si es posible la felicidad para quienes han olvidado, en su modo de obrar, los juegos infantiles en los que no se buscaba ganancia ni beneficio, esclavizados por la ambición de ganar honores y riquezas.

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