La ex duquesa hacía mermeladas caseras y las probaba su maridito en un climax hogareño impostado y ridículo. Aquello no podía funcionar. Hacer de la necesidad virtud, no funciona y además es muy jodido. Después de una vida agitada y turbulenta, hacer mermeladas con un delantal de florecitas era un coñazo insoportable. Ahora están arrepentidos de su soberbia estupidez. Su suegro Carlos III no se fía un pelo de su nuera y Harry hace cuatro años que no se habla con su hermano Guillermo. Ni te cuento su cuñada Kate; está de uñas sabiendo que Meghan se la va a meter doblada. Dos mujeres en una cocina, aunque sea la de Buckingham, son multitud. De momento, mientras escampa, los hijos pródigos de la realeza británica, retoman sus actividades benéficas. Y esta hipocresía sí que me revienta, tío.
De oca a oca entre royals anda el juego. No olvidemos los premios Princesa de Asturias entregados el viernes en Oviedo con el fasto de rigor. De niña a mujer y de infanta a princesa. También te digo que ni en Asturias ni en España está el horno para bollos. Lo único que agradezco a Meghan Markle y a Leonor Borbón, es que este lunes me liberen de comentar el bodrio chapucero del cambio de hora. Se suprimia este año, pero los ociosos bienpagados príncipes de la UE no están de acuerdo y se prorroga hasta 2031. O sea, ajo y agua.
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