Aunque esté al alcance de cualquiera, al pie de Ulía, pido disculpas por vivir en el paraíso. Tiene la forma de un jardín frente a mi ventana. Durante todo el año, el verde perenne de un macizo de bambúes, un magnolio y dos familias de palmeras. Desde hace tres semanas, la gran explosión silenciosa y secuencial. Primero el majestuoso tilo y los abedules de hojas como pequeños corazones. Luego los castaños, levantando sus cálices blancos y rosados. También el pruno solitario, una llamarada violeta en la fronda. Después los arces y el liquidámbar, que irán variando su tonalidad del turquesa al carmesí. El último, ese ginko que asoma ya sus brotes. Son como viejos amigos que vuelven. Como ver a la joven diosa que regresa tras una larga estación en el invierno.
Está presente en los baños de sangre que salpican “El Padrino”, en la perversidad del Ripley, en todo el andamiaje de “Juego de Tronos”. Shakespeare elevó una historia medieval a la altura del mito. Verdi la convirtió en una ópera. Nadie como Heiner Müller a la hora de situar la parábola de “Macbeth” en el escenario de la Europa actual. Las brumas de Escocia trasladadas al infierno de Ucrania, un tirano enloquecido en su castillo del Kremlin y el bosque de Birnam avanzando hacia su némesis.
Te llamas Juan, Iñaki, Santiago. Sumas meses conduciendo tu camión y pagando el gasoil cada día a un precio más alto, durmiendo en la cabina, comes basura, porque ya no te puedes permitir ni un menú de carretera. Vuelves a casa, tienes mujer y tres hijos. El único ingreso familiar es el tuyo, haces las cuentas y una vez más el balance te sale a pérdidas. ¿Qué vas a hacer? Conectas el televisor y una ministra que acaba de aplicarse a su salario de setenta mil euros una subida del 2% te dice que eres un ultraderechista y que no mereces sentarte a su mesa.
Desde Freud a Fromm, la filosofía psicoanalítica considera todo acto de destrucción o de autodestrucción como una patología que anula la condición humana. Lo inhumano acecha en el umbral de lo humano, como el mal desafía al bien y la locura a la razón. Esta psicopatía se da a todas las escalas: puede afectar a individuos, a naciones, a estructuras continentales.
No dudo que dos de los agraciados por los ripios del rapero Pablo Hasél, como Patxi López –“Merece que explote el coche de Patxi López”- o Mario Vaquerizo –“El universo es esquizo, qué diablos hizo para que surgieran engendros como Mario Vaquerizo”- estarán encantados ante la premura con que nuestro Gobierno y doscientos artistas íntimos del ilustre pegamoide, como Almodóvar o Javier Bardem, han reaccionado ante su condena solicitando una revisión de los delitos relacionados con excesos en el ejercicio de la libertad de expresión.
Desde su entrada en París un 18 de Brumario hasta su muerte en Santa Helena, la figura de Napoleón ha provocado un verdadero frenesí exegético. A tanto ha llegado la hagiografía del Gran Corso, que incluso ciertos esotéricos han llegado a postular que nunca existió, que más que un hombre fue un mito solar, un deslumbramiento.
Sus adeptos rendían culto a Isis, a Buda, a Cristo. También a Lucifer. Sin embargo, les acompañarán personajes como Gandhi, Yeats o Edison. Entre persecuciones y escándalos, la Sociedad Teosófica fundada por Madame Blavatsky, además de una Nueva Espiritualidad, anticipa el Feminismo, el Ecologismo, la New Age. ¿Hasta un salvator mundi como Krishnamurti?
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Allá en Shangai, con un 90% de su población vacunada, un rebrote primaveral de la variante Ómicron vuelve a activar los más drásticos confinamientos. Ningún problema en Occidente. Como si a la pandemia se la venciera por decreto, celebramos la llegada de la bella estación declinando el uso de mascarillas. ¿Realmente estamos en el umbral del ‘Gran Reseteo’?
Ante una masacre como la de Bucha no caben razones: sólo el espanto ante el horror. No obstante, cuando cualquier guerra entra en la espiral de lo aberrante es cuando más conviene ahondar en sus orígenes. Nada disculpa la responsabilidad de Putin. Tendemos a olvidar, sin embargo, las sucesivas abdicaciones que han precipitado esta vuelta atrás en la historia. Conocemos la geopolítica de bloques. Hablemos de la geopolítica energética subyacente y de sus derivadas macroeconómicas.
La noticia saltó el día en que veíamos a una precaria orquestina ucraniana intentando levantar la moral de la población a la espera del asalto ruso, en Odesa. Esta columna se hubiera titulado ‘Los músicos del Titanic’ de no mediar el suceso que cerró aquel telediario. Una expedición científica acababa de localizar los restos de un buque no menos legendario: el ‘Endurance’ de Ernest Shackleton. Zarpó en 1914 con una hoja de ruta imposible: atravesar el infierno blanco de la Antártida.
Vibria o Cuélebre, Tarasca o Herensuge, el gran Draco Magnificens es algo más que el monstruo de los monstruos. Espejo de todas las cosmogonías, pero también de nosotros mismos, en su último libro -Aquí hay dragones- Álvaro Bermejo documenta las Sendas de Dragón que cubren toda nuestra geografía. Tal vez los primitivos guanches hubieran interpretado la erupción del Cumbre Vieja como el despertar de su viejo dragón. Tal vez la pandemia que nos ocupa sea otra emanación suya. El aliento del Fin de los Tiempos.
¿Harían una pareja feliz Cleopatra y Casanova? ¿Cómo se las ingeniaría Valmont ante Salomé? ¿Y si Tristán cayera en las redes de Lana Turner, en vez de en las de Isolda? ¿Qué hubiera sido de George Clooney en Quemar después de leer, si esa carta la hubiese rubricado la Carmen de Merimée? En este arte de los preliminares, los atributos sucumben a la estrategia. Por eso, y por más que la literatura rebose de burladores legendarios, la seducción -antítesis de la violación- es femenina. Las delicias del “coitus reservatus” feminizan a cualquier candidato a Don Juan. Incluso en los infiernos.
El dandi sanguinario que encarnaba Jack Nicholson. El agente del caos con sus ojos hervidos en cráteres de khol al que dio vida Heath Ledger. O, finalmente, el Joker de piel cadavérica y sonrisa acuchillada que ha llevado a Joaquin Phoenix al Olimpo del séptimo arte. ¿Hijos del siglo? Sí, pero del XIX. Todos ellos emergen de dos tinteros magistrales. Víctor Hugo y Alejandro Dumas fueron sus padres putativos. Hasta que Francis Bacon, ya en el XX, lo incorporó a su galería de los horrores contemporáneos.
Aclamaron la Toma de la Bastilla como el nacimiento de una nueva era, pero la inversión de la Libertad por el Terror les llevó a permutar una revolución por otra. Si la Francesa acabó en un baño de sangre, ellos impusieron la Revolución de la Sensibilidad. Aquellos beatniks del XVIII que seguían los pasos del joven Werther denegaron el poder de toda sociedad para garantizar el progreso de la humanidad y buscaron la revelación del Yo a través de la soledad. Héroes del abismo, de la melancolía, de los reinos de ultratumba, mientras forzaban los límites de la experiencia, anticiparon nuestra modernidad.
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