En el debate por Groenlandia, un eurodiputado danés ha mandado a Trump a la mierda. “Señor presidente, váyase a la mierda”, ha dicho en inglés, rotundo y enfático. Para qué andarse con eufemismos y chorradas.
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En general, la gente tiene sentimientos encontrados sobre la época feudal. Por un lado, eran tiempos horribles para el 99,5% de la población. Es probable que, si hubieras vivido en esa época, hubieras trabajado incansablemente la tierra sin esperanza de que tu suerte mejorara. Para colmo, todo se determinaba por herencia, y el mérito tenía poco que ver con nada. Por lo tanto, era tan probable que la persona a la que tenías que adular con multitud de obsequios fuera un imbécil o no. Por otro lado, existe una especie de nostalgia por estos tiempos, porque no podemos evitar sentir que se ha perdido una virtud. Como dijo Ralph Waldo Emerson, creemos que la sociedad avanza constantemente, pero, en realidad, avanzamos como una ola, perdiendo tanto por detrás como ganando por delante.
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Fallece en Salamanca, en 1999, el escritor gallego Gonzalo Torrente Ballester (había nacido en Serantes -Ferrol- el 13 de junio de 1910). Galardonado con el Premio Ciudad de Barcelona y de la Crítica en 1972 (por su obra La safa/fuga de JB”), el Premio Nacional de Literatura en 1980 (por su obra La isla de los jacintos cortados), el Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 1982 -ex aequo con Migujel Delibes-, y el Premio Cervantes en 1985. También obtuvo, entre otros muchos reconocimientos, el Premio Planeta 1988 (por Filomeno, a mi pesar), y el Premio Azorín 1994 (por La novela de Pepe Ansúrez). La versatilidad de Torrente Ballester le permitió cultivar no solo la novela, sino también el teatro, el ensayo, el periodismo… Fue elegido académico de la RAE y tomó posesión (letra E) el 27 de marzo de 1977 con un discurso titulado “Acerca del novelista y de su arte”.
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