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Luisgé Martín
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Entrevista a Luisgé Martín, autor de “La vida equivocada”

“No puedo escribir de nada que no me inquiete o que no me concierna”


Todas las novelas de Luisgé Martín tienen un componente íntimo. “La vida equivocada” no podía ser menos y en ella cuenta la vida de un amigo de juventud, Max Leopardi, con el que tuvo una cierta complicidad efímera, y del padre de éste, Elías. La novela es un recorrido por estas vidas equivocadas que quisieron cambiar de rumbo y no siempre se consiguieron hacerlo.
Luisgé Martín (Fotos: Javier Velasco)
Luisgé Martín (Fotos: Javier Velasco)

El autor de novelas como La mujer de sombra o La misma ciudad nos vuelve a ofrecer una obra magistral sobre el fracaso de los protagonistas y sus miserias. En la entrevista Luisgé Martín nos da las claves de su última novela y nos descubre muchas intimidades literarias suyas.

¿Es “La vida equivocada” su novela más personal e íntima?
No, en absoluto. Todo lo que escribo tiene un componente personal e íntimo, no puedo escribir de nada que no me inquiete o que no me concierna, pero La vida equivocada, más allá de eso, no es la novela que más cerca está de mi propia vida y que más hurga en mi intimidad.

En esta novela veo algunas similitudes con La mujer de sombra y La misma ciudad.
Sí, sin duda. Y con el resto de mi literatura. Las obsesiones son las mismas, los temas son los mismos y los fantasmas son los mismos. Creo que esta novela supone un punto y aparte en mi literatura. En ella está la quintaesencia de todo lo que he ido escribiendo, y creo que necesito abrir otros caminos. Las obsesiones, a dios gracias, seguirán siendo las mismas (hay que desconfiar de los escritores que cambian de obsesiones), pero los modales literarios seguramente serán distintos.

Con la primera, los pasajes sórdidos de amores prohibidos; con la segunda, el inicio de una nueva vida. ¿Por qué decidió escribir sobre amores pedófilos desde la culpa del protagonista?
Lo curioso es que no lo decidí. Vino extrañamente, de nuevo. Creo que me interesa la pedofilia por dos razones: porque no soy capaz de comprenderla del todo, y necesito por ello explicármela a mí mismo; y porque es uno de los escasos tabúes que nos quedan, una de esas cosas que escandalizan a todos haciendo tabla rasa de matices. Me divirtió recordar en la novela que Antonio Machado, aplicando el código estricto que usamos hoy, fue un pedófilo.

Estos amores le llevan a Elías a emprender una nueva vida. Se sabe enfermo, pero no puede remediarlo. ¿Por qué esa obsesión de comenzar una nueva vida en sus protagonistas?
Porque es una obsesión del autor. Desde que era un adolescente melindroso me pareció que una vida era poca cosa, que no bastaba para nada. Todos desearíamos tener muchas vidas diferentes. Mantener la conciencia de que seguimos siendo nosotros, pero ser otros, correr otras aventuras, pensar en otro idioma, tener otro sexo. No puede ser. En realidad yo creo que los escritores escribimos para tener esas otras vidas. Y en mi caso, además, se las hago tener a los personajes, que se buscan siempre en otra parte.

Empieza la novela con un recuerdo de juventud, de amistades pasadas. ¿Es realmente autobiográfico lo que cuenta o nos vuelve a tomar el pelo?
Yo no diría que tomo el pelo a nadie. Una novela es un artefacto en el que el autor usa las herramientas que cree útiles para convencer al lector, para conseguir que el lector entre en ese túnel oscuro de letras y se quede dentro atrapado. Y a mí me parece que ponerme a mí de cebo resulta conveniente y convincente. La novela sigue siendo idéntica sea verdad o no lo que se cuenta en ella.

¿No fue un poco cruel con Max Leopardi en la narración, o contar su historia le redime?
¿Cruel? Yo más bien tengo la sensación de que fue Max quien fue cruel con el narrador, quien le hizo amar lo que no podía amarse. Siempre he creído que hay un gesto de nobleza en aquellas personas que al darse cuenta de que alguien se está enamorando de ellas y de que no pueden corresponder a ese amor, se apartan. Los que no se apartan —yo creo que incluido Max— se dejan llevar en alguna medida por su vanidad. El narrador, además, luego trata a Max con una compasión ejemplar. No le deja morir solo.

¿Le gusta contemplar la desgracia ajena?
“Gustar” es un verbo impropio, en este caso. Digamos que me interesa mucho literariamente la desgracia. La ajena y la propia. Y recuerdo una vez más el arranque de Anna Karenina. La sustancia de la vida es la desdicha, lo que la convierte siempre en algo diferente y extraño. Hay quien sostiene que la desgracia y el mal tienen ya mucha literatura, y que lo hay que hacer es escribir sobre la felicidad y la bondad. Que lo hagan, yo no sé, no me interesa. Si me interesara eso, tal vez no sería escritor.

En la novela dice que los libros los va a escribir sin inventar nada, ¿va a ser verdad?
Pues no puedo garantizarlo, pero en este caso soy sincero. Ése es el propósito. Al menos los dos siguientes proyectos van por ese rumbo. No creo que deje de escribir “novelas”, en el sentido más inventivo del término, pero de momento sí.

También se muestra un poco cruel con usted mismo: “mi temperamento es medroso y desvaído, timorato”, dice. ¿Realmente se definiría así?
Sí. Cuando aparezco en mis novelas, yo soy realmente yo, en lo que a personalidad se refiere. He mejorado algo, creo, pero a la edad que tiene el narrador en el momento en que cuenta eso, a los veinte años, era algo peor que medroso y timorato. Si me viera ahora me abofetearía a mí mismo.

¿Es la novela una meditación sobre el remordimiento y la muerte?
En la novela hay muchas cosas, y cada lector pondrá una parte de sí mismo al leerla. Como te decía antes, están todos los grandes temas que me han perseguido desde siempre. Y haciendo una broma que no es realmente una broma, te diría que todas las novelas son una meditación sobre la muerte. Pero La vida equivocada nació sobre todo con el propósito de reflexionar sobre el fracaso, sobre esa obstinación que tenemos —sobre todo en nuestra época— en confundir la felicidad con el éxito, con el reconocimiento. Elías, y de otra manera Max, quieren deslumbrar. Buscan una posteridad anticipada. Y eso les lleva a la ruina moral y a la desdicha.

En La vida equivocada el protagonista parece ser Max, pero al final es su padre Elías el verdadero protagonista. ¿Por qué lo ha planteado así?
La vida equivocada nació en Elías. La historia que yo quería contar era la de Elías, la de un hombre que busca el éxito en direcciones opuestas y en mundos antagónicos porque lo importante no es lo que haga, sino hacer algo memorable. A partir de ahí, a la novela le fueron creciendo apéndices y tentáculos. O barrios nuevos. De repente Max, que iba a ser sólo el notario de la vida de su padre, el testigo o el detective, se convirtió en un espejo suyo y empezó a tener una vida separada.

¿Todas las vidas son equivocadas?
Yo creo que sí. Absolutamente. Entre otras cosas porque siempre acaban mal. Todas. He conocido a muchos predicadores de la felicidad. A muchos predicadores del tipo imbécil, pero también a muchos predicadores del tipo reflexivo e inteligente. No he conocido a nadie, sin embargo, que al acercarse a la muerte o al verla en carne muy próxima haya mantenido la compostura y los argumentos. Las vidas son equivocadas porque, como decía no sé quién, hacemos el borrador y luego no podemos pasarlo a limpio. Son equivocadas porque un día descubrimos que de verdad iba en serio, como decía —esto sí recuerdo— Gil de Biedma. Y entonces ya es tarde.

La novela tiene mucho de metaliterario y de cómo se comienza a escribir. ¿Cree que asistir a talleres de escritura realmente ayuda?
Los talleres, como el psicólogo, ayudan a quien cree en ellos. Seguramente no les ayudan porque les enseñen cosas —que algo enseñarán—, sino porque les quitan miedos y les permiten remangarse de verdad y ponerse objetivos. Sentarse solo a escribir es muy complicado. Hay gente que necesita compartir eso, mirarse en otros espejos. Yo nunca fui a un taller, a mí no me habría servido. Pero si a alguien le sirve, demuestra que sirven. En todo caso, hay un único taller indispensable: leer.

Hay personas que nunca llegan a escribir o lo hacen erróneamente como Max Leopardi, pero se merecen una novela. ¿Max se lo merece o es Elías quien se lo merece?
Hombre, esa pregunta me pone en un aprieto. Yo he escrito la novela de los dos. Si hubiera pensado que uno de ellos no la merecía lo habría eliminado. Creo que los dos se merecen la novela.

¿Qué le atrajo de ambos personajes?
El fracaso, como decía antes. La intensidad con la que buscan la intensidad. Y el descubrimiento final de que se equivocaron.

¿Tienen belleza por lo frágiles que son?
La fragilidad es una forma de belleza, sí, pero también lo es la soberbia, el orgullo. Literariamente, tienen belleza porque son excesivos, exagerados. Porque viven en el abismo. Su fragilidad les otorga un atractivo, pero no es el fundamental.

¿Son sus vidas soñadas o equivocadas?
Son equivocadas. Las vidas soñadas no son vidas, son sueños. Y ése es otro de los temas constantes que aparecen y reaparecen en mis libros: la incansable facilidad que tenemos para soñar vidas y la terrible imposibilidad de vivirlas.

¿Por qué en los últimos años tu actividad literaria ha aumentado considerablemente?
Hay varias razones. La primera proviene de un malentendido, pues en 2013 publiqué tres libros y pareció que tenía una producción prolífica, pero uno de ellos era una novela corta —cuyo primer borrador además había escrito años antes— y otro una recopilación de relatos breves que había ido escribiendo desde 2005. La segunda razón me permite invertir el argumento: durante años publiqué muy poco, en ocasiones cada lustro, y eso es bastante raro en un escritor normal. Y la tercera razón tiene que ver con el ciclo vital y con la edad. Ahora mismo tengo cinco proyectos literarios sólidos, que me interesan de verdad y me apetece desarrollar. Y sólo puedo ir de uno en uno. Eso me sirve de acicate. Escribo con la misma lentitud que siempre (nunca puedo escribir más de un folio diario), pero he reducido las épocas de sequía o de pereza.


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