Los romanos escogieron sus mitos para su Ab Urbe Condita/Desde la Fundación de la Ciudad, obra narrada por Tito Livio, dentro del sentido de la ética y de la dignidad, es por esto por lo que decidieron no aceptar a Ulises u Odiseo como su paradigmático fundador, ya que el ‘fecundo en ardides’ no era el ejemplo a seguir por un romano de la época de la monarquía o del inicio de la república. Si se habían librado de la monarquía etrusca, no iban a aceptar a un griego de la isla de Ítaca que utilizaba siempre la astucia y no la valentía o el dar la cara para poder vencer en sus confrontaciones bélicas. Tampoco a Publio Virgilio Marón (70 a.C.-19 a.C.), le agradaba para su obra el pelida Aquiles, ya que este caudillo de los mirmidones es la guerra por antonomasia, y Virgilio no estaba a favor de honrar a la guerra, ya que verbigracia el triunfo sociopolítico que es inherente al Emperador César Augusto es el de haber cerrado el templo de Jano, e inaugurado la Pax Romana. Por consiguiente, en estas condiciones el elegido como fundador de Roma será Eneas, el héroe troyano derrotado, que era miembro de la familia real priámida, primo-hermano de Héctor, el gran héroe troyano ‘de tremolante casco y domador de caballos’, asesinado por Aquiles junto a las puertas Esceas de Troya. Por ello, Eneas será definido y calificado como: leal, responsable y con un gran sentido del deber. “Eneas no decide su propio destino. Nunca hace lo que quiere. Le gustaría quedarse a luchar en Troya, pero tiene que huir. Le gustaría llevarse consigo a la mujer que ama, pero tiene que abandonarla. Le gustaría quedarse junto a su nuevo amor, pero también tiene que dejarla a ella. El héroe no elige. El destino lo ha elegida a él para crear Roma. Eneas no es el más astuto, ni el más fuerte. Es el más piadoso. Su epíteto es precisamente pío. Y la ‘pietas’ es la más romana de las virtudes. Significa fuerza moral. Devoción a los dioses, a los ancestros, a la patria. Capacidad de reconocer el propio deber y de llevarlo a cabo. Responsabilidad. Que viene de otra palabra latina, ‘res pondus’, saber llevar el peso de las cosas”. Eneas tiene como imagen patognomónica aquella de su huida de Troya, acompañado de su hijo Julo o Ascanio, que de esas dos maneras se le denomina, y de su padre Anquises, al que lleva a hombros. Además, se define a la madre del héroe troyano como la diosa Venus. Virgilio el eximio poeta itálico escribió su paradigmático poema titulado: la Eneida, en uno de los periodos más tumultuosos de la historia de la urbe capitolina y caput del SPQR. El historiador escribe sobre Roma, vinculando su pasado, presente y devenir a la cultura griega, conformadora de la idiosincrasia de la Europa del momento histórico narrado. “Juno, enemiga histórica de los troyanos desde que Paris le otorgó a Venus, y no a ella, la manzana destinada a la más bella, desencadena una tempestad, que está a punto de hundir las naves de Eneas. Neptuno, el dios del mar, las salva y las empuja hacia Cartago. Allí, Eneas le cuenta a la reina Dido su historia, a partir de la caída de Troya, igual que Ulises relata su viaje cuando desembarca en la isla de los feacios y de Nausícaa. El flashback ya ha sido inventado. Eneas evoca el engaño del caballo, sin ocultar su desprecio por la forma cobarde en la que Ulises y los aqueos consiguieron al final, después de diez años, vulnerar las murallas de la ciudad sitiada. Revela cómo los troyanos fueron traicionados por la reconfortante idea de que la guerra había terminado, y engañados por el espía dejado por los griegos, Sinón, quien los convenció de que el caballo era un regalo propiciatorio para Minerva. Entre los troyanos se alzan algunas escasas voces contra la idea de llevar el caballo al interior de las murallas; una de ellas es la de Casandra, hija del rey Príamo, quien posee el don de la profecía, pero también la condena de no ser creída. Otra, la del sacerdote Laocoonte, quien es aplastado junto con sus hijos por dos serpientes marinas. Así que todos piensan que esa es la voluntad de los dioses”. Siguiendo el hilo conductor de la trama, Virgilio nos ha dejado una narración pavorosa de lo que significa el enfrentamiento, bastante habitual entre los seres humanos, y que se llama guerra, y en ella observa como los familiares de Eneas van sucumbiendo o siendo apresados por los aqueos e inclusive asesinados. Personajes tan esclarecedores en la narración homérica, de la Ilíada, tales como Casandra, Andrómaca, Príamo y sus esposas, incluyendo a la Reina Hécuba, están dentro de ese trágico final evolutivo. Así mismo también tiene un sueño trágico, en el que recibe la aparición de un ensangrentado Héctor priámida, con su cadáver claramente profanado tras el desigual combate contra Aquiles, y digo enfrentamiento disimil ya que el griego era una especie de semidios con un solo punto débil y mortal en su talón, y el teucro era un hombre genial y éticamente soberbio, pero solo un gran ser humano. El gran caudillo de los troyanos le confía la inexcusable tarea de conducir a los supervivientes lejos de la incendiada Troya, y evitar así que fuesen exterminados por los dánaos vencedores. ¡Timeo Danaos et Dona Ferentis!, sentencia retórica y lapidaria del sacerdote Laocoonte. También existe un personaje muy bien delineado, y en este caso me refiero a Creúsa, la esposa de Eneas, que muerta de forma inexplicable, le indica que debe huir hacia las tierras del Lacio, donde le espera una nueva esposa y un nuevo reino. Aunque, uno los personajes más tiernos y delicados, y que goza de todas mis bendiciones literarias es el de la Reina Dido o Elishat de Cartago, la fundadora tiria de la cosmopolita urbe norteafricana, la gran ciudad y capital de los púnicos o cartagineses. Dido es la errante venida de la fenicia Tiro hasta ese lugar de África. La Reina Dido es un personaje que ha generado admiración, sobre todo en el mundo de la pintura y de la Música Culta o Académica, verbigracia el grandioso compositor inglés, de la época barroca, Henry Purcell (ca. 10 de septiembre de 1659-21 de noviembre de 1695) compuso precisamente su gran ópera DIDO Y ENEAS (1689. Enterrado en la Abadía de Westminster: ‘Aquí yace el honorable Henry Purcell, quien dejó esta vida y ha ido a ese único lugar bendito donde su armonía puede ser superada’). Dido sabe con certeza que su destino es el de ser abandonada por el héroe troyano. No obstante, es fuerte y desventurada, pero tan inteligente e ingeniosa como para conseguir fundar una ciudad utilizando la piel de un buey, lo bastante grande como para ser bautizada, en sentido figurado, como Karthago/Cartago/Nueva Ciudad/Qart Hadash, quien andando el tiempo sería la gran enemiga de Roma y el único peligro cierto, para la ciudad del río Tíber a lo largo de su devenir histórico, que hubiese podido provocar su desaparición. Dido sí es un personaje histórico, pero un ágil Virgilio delinea, a su través, la personalidad de otra mujer, y asimismo gran enemiga de Roma, es decir la Reina Cleopatra VII Filopáter de Egipto, quién unida a un fuliginoso Marco Antonio, pudo crear verdaderos problemas de subsistencia a la capital del Lacio. “Eneas también ama a Dido. Él no querría abandonarla. Pero sabe que no puede elegir. No puede renunciar a su misión. Así que prepara su marcha en secreto. Dido, sin embargo, tiene un presentimiento, lo descubre, se enfrenta a él. La conversación final entre los dos amantes es dramática. Recuerda a la mantenida entre Jasón y Medea en la tragedia de Eurípides. Ella, loca de amor, ora acusa a Eneas, ora le suplica. Le reprocha las promesas hechas, lo que ella ha sacrificado por él, el cruel destino al que la condena al abandonarla. Pero Eneas se muestra frío, distante. Le explica que su decisión no depende de él, sino de la voluntad divina. En el momento culminante de la tragedia, incapaz de soportar el dolor, Dido se apuñala con la espada y se arroja a la pira donde arden los regalos que había recibido de su amado. Y al morir, lanza una maldición a la raza troyana, vaticinando que Cartago será su mayor enemigo; mientras tanto, las naves de Eneas navegan a lo lejos, y él contempla cómo se elevan las volutas de humo, sin saber el atroz final de la mujer a la que amó y las terribles guerras contra los cartagineses que les esperan a sus descendientes”. El contrapunto con Marco Antonio, el poderoso triunviro, es muy claro, ya que este se deja corromper, y lleva a sus seguidores romanos y egipcios a la inapelable derrota por defender su relación con la soberana ptolemaica. Eneas es todo lo contrario, ya que, sin ambages, y aunque le produzca un gran dolor, sacrifica su amor por Dido a sus deberes de llegar al Lacio y fundar Roma. «El Imperio romano nunca cayó. Todos los imperios de la historia se han presentado como herederos de los antiguos romanos; el Imperio romano de Oriente, el Sacro Imperio Romano Germánico de Carlomagno, Moscú, ‘la tercera de Roma’, los imperios napoleónico y británico, los regímenes fascista y nazi, el imperio americano o el virtual de Mark Zuckerberg, un gran admirador de Augusto. Este libro explica la legendaria fundación de Roma, desde el mito literario de Eneas y de Rómulo, hasta la cristianización del imperio, pasando por la era republicana, la extraordinaria historia de Julio César y de Octavio Augusto o la época de Constantino. A través de un relato repleto de detalles y de datos curiosos, al alcance de cualquier lector, Aldo Cazzullo reconstruye el mito de Roma a partir de los personajes y las historias hasta llegar a las ideas y a los símbolos. Un recorrido apasionante y único por una de las etapas más decisivas de nuestro mundo». Antes de finalizar deseo indicar que el nombre del sobrino-nieto de Gayo Julio César nunca se llamó Octavio Augusto. Por ello, cuando fue prohijado, por medio de testamento (44 a.C.), por el citado Julio César, se le cambió en Roma, algo obligatorio por medio del derecho romano, su nombre que sí era Gayo Octavio Turino, por el de: Gayo Julio César Octaviano, y cuando fue princeps et imperator paso a nominarse como el Emperador César Augusto. Por todo lo que antecede, en este libro estupendo, que está repleto, reitero, de relatos, detalles e incluso anécdotas, el autor nos indica de qué modo y manera se produjo la legendaria fundación de Roma, desde los mitos de Eneas y de Rómulo, como monarcas, hasta la esplendorosa época republicana, y el vastísimo y contradictorio período del Imperio con la paralela e inevitable cristianización. Es, por consiguiente, un recorrido emocionante por una de las etapas evolutivas más decisivas de la Europa de la Antigüedad. ¡Muy interesante y completo! «Diaboli tremens et diem iudicit terriblem tremens. ET. Miles factus. ET. Contra facta non sunt argumenta». 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