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UNA HISTORIA QUE AÚN RESPIRA (La dimensión humana del sacrificio)

Una excelsa madre, la Madre del Redentor
Una novela que redime a Judas
Una historia nunca así contada
Una novela con mucho, mucho amor
lunes 13 de abril de 2026, 18:17h
He vencido al mundo
He vencido al mundo

Desde las páginas de "He vencido al mundo" se puede asistir a la contemplación directa de unos hechos sobradamente conocidos que, sin embargo, no dejan de conmover, se profese o no la fe cristiana. Y ello mayormente, a través del exquisito verbo narrativo del que hace gala el autor a lo largo de la novela, con una prosa cuidada y de gran capacidad evocadora. No digo yo que la novela sea ni pretenda ser “evangelio”, pero es bien cierto que el novelista nos propone en esta —no olvidemos— novela histórica unos hechos que pudieron ser, pues el Nuevo Testamento los contempla principalmente en los cuatro Evangelios y en los Hechos de los Apóstoles. Unos hechos que pudieron suceder incluso como él los cuenta, con sus intencionados giros, con sus sorpresas narrativas y también con sus milagros.

Quiero con esto exponer que acercarse a esta novela histórica debiera hacerse sin prejuicios de ningún tipo, ni desde el dogma ni desde el escepticismo, y menos aún desde el paraguas del presentismo, del que siempre conviene huir al tratarse de historia de otros tiempos y, además, de una novela. No digo yo que uno no pueda plantearse interrogantes sobre los sucesos. Claro que sí. Es literatura, y la literatura nos ofrece esa posibilidad: la de reflexionar sobre aquello que, quizá pudo suceder de otra manera y sobre el encaje de lo verosímil.

Dicho esto, si este texto fuera una reseña habría que indicar de qué trata la última novela de Christian Gálvez. Antes de nada, he de expresar que ha sido fascinante el recorrido que, desde mi sillón, me ha llevado por tierras de aquel Jerusalén del primer siglo de nuestra era, así como por tierras de Betania, Betfagé e incluso la ínclita Belén (בית לחם). No digo yo que esto sea lo más importante de la novela, pero lo apunto para destacar la fuerza de una lectura que literalmente te transporta casi en cuerpo y —sin casi— en alma a otros tiempos, a unos lugares que, de existir en la actualidad, ya no son los mismos. Y es que tú los ves, pisas el polvo de los caminos, contemplas los edificios o las casas de barro, te impregnas de los olores que el autor describe e incluso tu salivar evoca las comidas de los vecinos del lugar. Tal es la capacidad descriptiva del autor desde una clara vocación inmersiva que sostiene buena parte del relato.

Novelista prolífico, dada su juventud —más de una veintena de libros entre novelas y obras de divulgación—, Christian Gálvez Montero nos propone en esta obra un término, una palabra que la vertebra: sacrificio. Una sencilla palabra de diez letras, pero con muchas acepciones, y podría afirmarse que la totalidad de ellas tienen cabida para tratar de entender esta historia, como novela, pero también esta novela como la narración de unos irrefutables acontecimientos, de hondo calado. En palabras del autor: esta es, sin lugar a dudas, una historia sobre el SACRIFICIO. No digo yo que con esta palabra pueda definirse todo lo narrado —no lo dice tampoco el autor—, pero es una palabra clave, pues todo en esta historia —personajes, decisiones, destino— gira en torno a ella, a lo que significa como desenlace inevitable.

A medida que avanzamos, cabe la posibilidad de caer en la tentación de dejarse llevar por los hechos acaecidos, de acompañar a los protagonistas por las sendas de su devenir histórico para desembocar en el categórico hecho del Sacrificio del Cordero. La prosa de Gálvez, rica en imágenes y recursos —metáforas, anáforas, frases breves de gran impacto, algunas de tan solo una palabra— invita en ocasiones a detenerse, a recrearse en la belleza de lo literario, a releer determinados pasajes para disfrutar del momento escénico, del espacio narrativo. No digo yo que toda la novela transcurra de tal guisa, ni que todos los lectores vayan a experimentar tales abstracciones, pero la narrativa que el autor despliega incita a ello pues ofrece una mirada distinta, sugerente y, en muchos momentos, profundamente humana. Y eso, en literatura, no es poco.

Destaco, por considerarlo muy importante, que hay otra palabra que el novelista repite con insistencia: amor. Sabido es que el amor es un concepto universal, relativo a la afinidad o armonía entre seres, definido de diversas formas según las distintas ideologías y puntos de vista. No digo yo que He vencido al mundo sea una novela de amor, desde luego no en el sentido convencional de ciertas tradiciones románticas. Pero sí es una novela escrita con mucho, mucho amor y, quizá, desde una fe profunda y renovada. Hay mucho amor en los protagonistas: Jesús de Nazaret (en latín Iesus, יֵשׁוּעַ en hebreo), que por amor se entrega; María, su madre, ejemplo de valentía, una Madre que no teme hacer sacrificios por su hijo, con un amor que no titubeó al aceptar su misión; los apóstoles, humanos en su temor; María de Magdala, la Magdalena, y otros.

Paralelamente hay que considerar a otros protagonistas de los hechos novelados. Algunos escribas actuaron desde el temor a perder su posición; el prefecto Poncio Pilato temía por su puesto ante Roma. La envidia, la incredulidad, los celos, la hipocresía, el orgullo y la falta de amor movieron a determinados antagonistas a actuar según describen las escrituras y como poéticamente describe y recrea el autor. No digo yo que la novela sea la verdad absoluta sobre la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo … o quizá sí, en términos literarios. Lo cierto es que Christian Gálvez propone un giro inesperado —acaso intencionadamente desde el principio— que busca redimir, en cierta medida, la figura de aquel discípulo sedicioso que se dio a la traición.

En otro momento, el autor orquesta con verosimilitud un giro narrativo que replantea el papel del icónico Judas, alejándolo del trazo unívoco para dotarlo de una dimensión más compleja. El apóstol traidor camina por la senda de la felonía guiado, … ¿por amor? No digo yo, ni lo afirma el autor que Judas no cometiera traición. La pregunta —que se la hace incluso el mismo apóstol— es otra: ¿por qué? El beneficio económico quizá no fuera la única causa frente a dilemas de mayor calado emocional y moral.

Parece obvio afirmar que esta obra busca acercar el mensaje cristiano al lector contemporáneo. El autor plantea el libro con un recorrido por los valores, enseñanzas y episodios clave de la vida de Jesús desde una mirada personal que mezcla divulgación, espiritualidad y reflexión. No digo yo con ello que pretenda dogmatizar; sin embargo, la obra se convierte en el vehículo mediante el cual, tras una extensa investigación y documentación, desarrolla sus teorías sobre la traición de Judas Iscariote.

La fe en esta novela no se impone, sino que se descubre en los márgenes de la duda. La fe no evita el sufrimiento, lo atraviesa y provoca una grieta por la que entra la luz y la espada que causa dolor físico y real. La fe de un centurión es ciega, como la justicia, pero también ha contemplado el bien que el Hijo del Hombre ha traído. No digo que todos los protagonistas actúen con fe cristiana, pero aquello que les movía era, sin duda, auténtica fe: en sí mismos o incluso en el papel que la historia o el devenir de los acontecimientos les otorgara. Judas, entonces, se convierte en un personaje trágico; no se retrata la traición como un gesto frío, sino como un derrumbe interior: un hombre que ama se rompe y llega a suplicar “no quiero hacerlo”, mientras carga con la paradoja de sentirse necesario y a la vez, condenado por la memoria colectiva.

Tras recorrer la fe, el amor, el sacrificio y la humanidad de las páginas de He vencido al mundo —y esto si lo digo yo— se abre ante mí un MUNDO por contemplar: un universo donde la historia y la literatura se entrelazan, donde los personajes dejan de ser lejanos mitos para convertirse en seres palpables y complejos, y donde cada lector puede, a su manera, viajar con ellos, reflexionar, emocionarse… y, por qué no, descubrir nuevas verdades sobre la fe, la traición y la esperanza.

Concluyo con cuatro frases —podrían ser muchas más— que me han llamado la atención y que me han dado qué pensar:

  • Llevaba el corazón cosido con hilos de angustia (pág. 135)
  • La verdad era un lujo que solo se podía permitir los ingenuos (pág. 214)
  • Comenzaron a caminar hacia la colina donde la esperanza aún dolía (pág. 308)
  • A veces el silencio compraba más estabilidad que la verdad (pág. 355)

Gracias a la entrega de Jesús, habría de cumplirse
la redención espiritual

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