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Última casa de Rilke en Suiza
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Última casa de Rilke en Suiza

LA MELANCOLÍA SEGÚN RILKE RECUERDO DE SUS CIEN AÑOS

jueves 02 de julio de 2026, 14:31h

Rainer María Rilke murió en 1926. No hay nada más melancólico que morirse.

En la Décima Elegía la melancolía (como le había sugerido a Franz Xaver Kappus en las “Cartas a un joven poeta”) abre la percepción para recibir la dicha más absoluta, al poeta se le aparece una Queja, una habitante del País de las Quejas que es Egipto, para mostrarle toda su nostalgia y su evocación que se vuelve la vivencia más acrisolada e indestructible.

La queja se convierte en la afirmación más honda y secreta e incontrolable, la afirmación que no se nombra a sí misma, que no se define, y Egipto aparece como el país de los muertos que significa la vida más secreta y profunda, esa vida que los egipcios antiguos indican con el ba, el principio vital que se esconde en la sombra y el silencio, en el mutismo y la ausencia de gestos.

Es la vitalidad más honda de esas estatuas inmóviles que parece que no tienen vida, pero tienen la esencia de la vida, y en la serenidad de Rilke como en la de las figuras egipcias se manifiesta por fin el entusiasmo más ilimitado, aquellos monumentos escandalosos son grandes tumbas, pero son monumentos a la vitalidad más incansable, a la voluntad de vivir secretamente a través de los milenios y las posturas y los gestos.

Son el signo de vida más prodigioso, e igual que esas supuestas tumbas son delirios de vitalidad y de fiesta, y la inmovilidad esconde la esencia de los gestos esenciales, y las tumbas son los festines de vida más definitivos.

Así el País de las Quejas y de la nostalgia que pone Rilke en Egipto en la Décima Elegía es el país de la celebración , cuando las notas de los ángeles tienen la vibración perfecta: “que ninguno de los martillos de mi corazón pulsados nítidamente/ rehúse herir las cuerdas flojas, vacilantes o desgarradas”.

Rilke creía que había fracasad en su viaje a Egipto, en su escritura de las Elegías. Pero como ocurre muchas veces había triunfado más profundamente que nunca.

Y por eso en aquella habitación del hotel Windsor donde yo me alojé en El Cairo Rilke era el viejo que había vivido millones de experiencias y muertes y visiones. Y me abría con su melancolía todas las puertas.

Las Elegías son la revelación más profunda. Tel momento más triste era también el momento más alegre. Y la queja más honda era también la gloria más honda. Y el país de los muertos era el país de los vivos más vivos.

La melancolía lo cuestiona todo pero deja en el fondo lo que ya no se puede cuestionar. Lo mismo hace la alquimia con los metales o con las almas. Lo mismo hace Ernesto Sábato cuando lo pone todo en crisis y llega a lo que resiste a todas las crisis. Lo mismo hace Alberto Durero con su grabado “La melancolía” : descreemos de todas las construcciones pero entonces llegamos a aquello tan resistente de lo que no se puede descreer. Mucho triunfalismo en el Renacimiento, mucho humanismo y capacidades humanas, pero si uno se pone triste y se para a pensar llega a aquello contra la cual no vale ninguna tristeza.

Y lo mismo hace Rilke en las Elegías. Y lo mismo me ocurrió a mí en mi vida unas cuantas veces. A través de la melancolía descubrí el mundo más infinito y el entusiasmo más oculto. Como también me encerraron esos borrachos elegantes de Finlandia.

La melancolía nos lleva a la gloria, también lo dijeron los místicos. Y lo sabe cualquier persona que se cuestiona para eliminar todas las certezas de cartón piedra. Para llegar a las certezas de piedra. Así yo destruyo los libros para escribirlos otra vez con mucha más fuerza.

Rilke murió en diciembre de 1926. No hay nada más melancólico que morirse. Pero a mí desde que lo conozco me dio tanta vida.

Viajé a Toledo por primera vez porque allí había estado Rilke. Vagué en busca de su sombra y me extrañó que no hubiera en ninguna parte ningún recuerdo de él. Aunque hay calles dedicadas a seres mucho menos importantes. Así son las cosas a veces en nuestro país, muchas veces siento vergüenza de pertenecer a este país.

Luego le seguí la pista por todas partes, estuvo en todos los sitios en los que él estuvo. Solo me falta Túnez. Lo evoqué en las Pirámides de Egipto, en el castillo de Duino, en su tumba en la aldea de Raron en Suiza. Y en Malmo y en Berlín y en el café Slavia de Praga. Y en Moscú y en Ronda y en Córdoba. Y me hizo vivir tanto.

En un anochecer en Dresde, sobre los techos refinadísimos del palacio Zwuinger, tan intensos como sus poemas, recordé lo que escribió allí sobre los ángeles, que existían más que nosotros, que rebosaban existencia. Y me volví extraño y angélico por unos instantes. Presente en la Tierra como Rilke.

Todavía lamento que en Toledo no haya ni un miserable recuerdo de Rilke. Cuando es el escritor más parecido a esa “ciudad del cielo y de la tierra”, como él dijo y al Greco con el que tanto coincidió. Paradojas de España a la que tanto amó.

Murió en 1926 y no hay nada más melancólico que morirse. Pero él me ha dado tanta vida en todos los rincones de mi existencia. A mí y a tantas personas.

Llegamos una vez Consuelo y yo a su tumba y allí encontramos, como él dijo, la voluptuosidad de la rosa, que no es rosa de nadie, bajo miles de párpados. Y aquella mañana me sentí más vivo que nunca.

ANTONIO COSTA GÓMEZ
CONSUELO DE ARCO: LA ÚLTIMA CASA DE RILKE, EN SIERRE, SUIZA
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