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"Las flores de plástico", de Manuel Lacarta

RIL Editores, Girona – Santiago de Chile, 2026
miércoles 02 de septiembre de 2026, 18:17h
Las flores de plástico
Las flores de plástico

De amplia formación académica en los ámbitos filosófico y musical, Manuel Lacarta (Madrid, 1945) se ha ido convirtiendo en uno de nuestros autores más versátiles, capaz de moverse con soltura no sólo en la poesía y el ensayo –sus géneros preferidos- sino también en la novela y el cuento. Sus abundantes y atinadas letras iniciaron andadura allá por 1977 –con el poemario Reducto- y disfrutaron de un primer reconocimiento destacado en 1988, cuando el libro 34 posiciones para amar a Bambi –cuyo título resulta hoy más impactante incluso que hace cuatro décadas- fue merecedor del Premio Ámbito Literario de Poesía. Que el extenso volumen Otoño en el jardín de Pancho Villa reuniese en 2011 su producción lírica completa hasta la fecha en absoluto disuadió al autor de seguir trabajando en pos de la culminación de una obra total, entendida por encima de compartimentos estancos o de infelices marbetes. Culminación que no excluye en modo alguno la exploración o directamente la novedad: buen ejemplo de ello son, hoy, estas Flores de plástico con las que Manuel Lacarta nos ha dado a conocer su muy singular brega de aforista, casi cincuenta años después de su debut en el panorama literario y editorial de nuestro país.

“Así creo yo que son los aforismos, algo parecido a los mensajes de WhatsApp o a los S.O.S., concisos e imprescindibles, encerrados en una botella para que los encuentre otro náufrago”. Son palabras del propio autor, quien no sólo en el texto inicial del libro se refiere a la naturaleza del aforismo según su personal visión. Más adelante, leeremos: “Un aforismo es una luz que se enciende”. Y después: “Un aforismo es algo inacabado, pese a ser en sí suficiente”. Las flores de plástico, además, aboca a una íntima reflexión que recuerda lo desvelado, no sin un picotazo de ironía, por el escritor y editor Juan José Martín Ramos en su breve y excepcional volumen de aforismos Si no veo mi rostro, de 2023: “Ordenar los aforismos para un libro es querer ordenar el pensamiento. Imposible.” De tal modo, los 500 aforismos que conforman Las flores de plástico se ofrecen al lector en aparente desorden; desorden que no es tal pues la vertebración del libro obedece a profundas lógicas internas y, sobre todo, a tres procedimientos constructivos que se cruzan de manera sistemática: las variaciones adyacentes sobre un mismo asunto, los contrastes deliberados y, por supuesto, el regreso cíclico de un puñado de ejes temáticos medulares, muchas veces en torno a la ardiente paradoja establecida entre una autenticidad resquebrajada por el uso o la erosión del tiempo y sus imitaciones de oropel; ejes temáticos medulares dentro de los que cascabelea, muy oportunamente, la idea que da título a la obra misma: “A las flores de plástico no se les caen los pétalos ni son Las flores del mal de Baudelaire (…)”.

Escribir es borrar otras palabras

Así pues, los aforismos de Manuel Lacarta son luces que se encienden, realidades quizás inacabadas en el plano textual mas suficientes en el plano del sentido, mensajes encerrados en las frágiles botellas metafóricas de la edad de la informática. Mensajes, de náufrago a náufrago, en mitad del océano, rara vez comprensible, de nuestra procelosa contemporaneidad. Mensajes o aforismos que afirman o confirman pero que niegan también, y eso a tal grado que el profundo sentido de muchos de ellos ha de obtenerlo el lector luchando contra el limbo de la más vertiginosa ambigüedad. Aforismos con tendencia a la estructura en tres partes, y dados a las citas progresivas en su paulatino afianzamiento de la luz o de la sombra, de la evidencia o del secreto.

Aforismos los de Las flores de plástico, en fin, dúctiles y estimulantes, que no desdeñan ni los guiños “pop” ni el radical absurdo si llega a antojarse conveniente en un momento dado –el absurdo o esa conmovedora excentricidad que, por cierto, Manuel Lacarta ha manejado siempre a las mil maravillas en su labor poética-; aforismos que se atreven con el idioma de la greguería (“Un trueno es el disparo de cañón del cielo”), y que propician páginas de lucidez loable: “Escribir es borrar otras palabras”.

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