Desde el inicio de la dominación de diversos pueblos sobre los hebreos, estos han intentado librarse, manu militari, de todos sus imperiales enemigos, desde Asiria hasta Babilonia, y como no contra Seleucia, y por fin, Roma, que ya no abandonaría la ubérrima Tierra de Canaán. Esta obra documentada trata de la denominada como Gran Revuelta por los judíos, y la Guerra de Judea por los hombres del Senatus Populusque Romanus. Sangre, sudor y lágrimas fueron los resultados de estas confrontaciones bélicas. En la primavera del año 66 d.C., los zelotes y los sicarios, quienes manejan la sica para asesinar de forma rápida e inmisericorde a los legionarios de Roma, se preparan para la lucha sin cuartel. El hecho bélico, auténtica heroicidad, va a tener un lugar geográfico específico, y que está muy relacionado con la dinastía idumea o edomita, descendientes de Esaú, y que es una fortaleza edificada en la cima de una roca situada en la cuenca del Mar Muerto, se llama Masada, y, precisamente, ahí en el siglo I a.C., el autócrata y tetrarca regio de los judíos, Herodes I “el Grande” construiría dos palacios, a los que protegería con una muralla de trece metros de altura, reforzado el borde de la meseta por una veintena de muros de piedra con torres de vigilancia. Indicaré, de forma literal, lo que la descripción genial del profesor Dando-Collins realiza sobre ese día que dio origen a la guerra entre los judíos y los romanos, y que tan malos resultados tuvo para los creyentes en el Dios por Sí Mismo/Ego Sum Qui Sum, Yahwéh, lo que originaría miles de muertos por la tortura de la crucifixión y la consiguiente diáspora de buena parte de los judíos derrotados. “Esta fortaleza de Masada fue la primera estructura fortificada que Herodes desarrolló fuera de Jerusalén una vez que se convirtió en rey en el año 37 a.C., y en su interior estableció un gran depósito de armas y un amplio suministro de alimentos, por si los enemigos internos o el ejército de su enemiga, la reina Cleopatra de Egipto, le obligaban a refugiarse aquí. Tras la muerte de Herodes en el año 4 a.C., Judea se convirtió en una subprovincia de la provincia romana de Siria, y aparte del breve periodo entre los años 41 y 44 d.C., cuando el nieto de Herodes, Herodes Agripa I, gobernó como rey de Judea, las tropas romanas habían guarnicionado Masada. En este día del año 66 d.C. -según algunas interpretaciones del calendario judío, fue el 1 de junio- centinelas romanos de guardia en las torres de las puertas del lado oriental de la meseta observaron cómo un tren de mulas de abastecimiento serpenteaba lentamente por un estrecho sendero hasta la fortaleza. Lo llamaban el Sendero de la Serpiente, tanto porque era largo y delgado como porque serpenteaba por la pared del acantilado. Los centinelas eran hombres de la Legión III Gallica (‘gala’). Como su nombre indica, esta legión había sido fundada en la Galia. En los años 30 a.C., cuando marchó para seguir a Marco Antonio en el Oriente romano, el campo de reclutamiento de la unidad se trasladó a Siria. Para distinguirla de las otras dos terceras legiones de Roma, la Legión III Augusta y la Legión III Cirenaica, se conservó el título de la Gallica y se recordaron sus honores de batalla”. La Legión III Gallica había tenido un trabajo bélico unos ocho años antes, cuando el genial general, envidiado y odiado por el Emperador Nerón, Gneo Domicio Corbulón (7-67 d.C.) la habría utilizado, con éxito en las guerras de Armenia del año 58 d.C. Tras este comportamiento tan brillante, la susodicha legión se transformó en la más brillante estacionada en Masada y, por ende, en Judea. Tras la producción de dos conspiraciones, encabezadas por senadores contrarios al comportamiento amoral de Nerón, y que estuvieron dirigidas por el yerno del general, Lucio Annio Viniciano, en el año-65 d.C., y por medio de los cuales se pretendería el derrocamiento del susodicho emperador. Entonces, el emperador Nerón Claudio César Augusto Germánico comenzó a desconfiar de él y, sobre todo, de su gran popularidad entre la plebe de Roma. En el año 67 d. C., de nuevo estallaron múltiples disturbios sociopolíticos en Judea, y ahora Nerón no lo envió a sofocarlos, sino que mandó a Vespasiano. Convocado en Corinto por orden imperial innegociable, los libertos del emperador le indicaron, de forma taxativa y directa, que la desconfianza fundamentada del emperador hacia él, le exigía que se suicidase. El general Corbulón obedeció y se dejó caer sobre su espada diciendo. ‘YO SOY DIGNO’, aunque lo dijo en griego, ‘axios/digno’. Su hija pequeña Domicia Longina se matrimoniaría con el emperador Domiciano en el año 71 d.C., su esposa sería Cassia Longina. Una de las diez cohortes de dicha Legión siempre se había encontrada acuartelada en Masada; ya que la mente calenturienta y revolucionaria de los judíos estaba a la orden del día. Era un destino solitario y bastante aburrido, lo que incrementaba el hastío de los victoriosos soldados de Roma. Lo que agravaba el hecho era que los legionarios y caballeros del SPQR no se podían casar hasta que no cumplían los obligatorios veinte años de alistamiento. “El primer emperador de Roma, Augusto, había considerado que esto casaba a sus tropas con sus legiones, pero los administradores romanos se habían dado cuenta de que muchos legionarios tomaban esposas de facto y engendraban hijos ilegítimos, y que era mejor para la moral del ejército que las tropas tuvieran cerca a sus seres queridos. Como consecuencia, se había convertido en costumbre que los familiares de los legionarios vivieran fuera de sus bases. Pero aquí, en la remota Masada, eso no era posible”. En la Judea del siglo I d.C., algunos legionarios de la Legión III Gallica tenían ya a sus familiares viviendo a las puertas de sus casas. No obstante, cinco de los diez batallones o cohortes de dicha Legión Gallica no estaban estacionadas en Masada, sino como era de rigor se hallaban en la capital romana de Judea, donde habitaba durante la mayor parte del año el Procurator Augusti, es decir en Cesarea Marítima, y solo se dirigía hasta Jerusalén durante la Pascua, ya que ese era el momento propicio buscado por los judíos para tratar de echar a los invasores romanos al Mar Mediterráneo, y las revueltas crecían. En este momento histórico que analizo, la ciudad romana citada estaba conformada por unos 125.000 habitantes, lo que ya era una población de calado para esa época. Dentro de ese número es preciso incluir ya a las familias de algunos de estos legionarios, en una ciudad romana que poseía todo tipo de diversiones y de lugares de esparcimiento para los legionarios y sus familias. “Mientras los legionarios, en su mayoría desarmados, se agolpaban alrededor de las mulas, el jefe de los arrieros, un hombre de mediana edad metió la mano en la carga de una mula y sacó subrepticiamente un puñal de donde lo había escondido. Este hombre, judío y oriundo de la ciudad de Gamala, en los Altos del Golán, era Menahem ben Judah. Su abuelo Ezequías se había opuesto al gobierno pro-romano del rey Herodes el Grande. Su padre, Judá el Galileo, había fundado el movimiento zelote, un grupo religioso que defendía el nacionalismo judío frente al control romano de Judea. Tras haber sido perseguido y detenido, Judá fue ejecutado por los romanos. Por si eso no fuera suficiente para engendrar el odio en Menahem hacia los romanos ocupantes, también había visto como ejecutaban a sus hermanos Simón y Jacob dos décadas atrás por actividades sediciosas”. Dentro del grupo de los zelotes, también denominados ‘cananeos’ (Cristo tuvo un apóstol denominado Simón el Cananeo o el Zelote o el Celador), estaban un grupo de mucha mayor acción y violencia llamados ‘sicarios’ u ‘hombres daga’, quienes se encargaban de eliminar con sangre incluida a funcionarios judíos colaboradores con Roma, y sobre todo a descuidados legionarios de los invasores de la ciudad del Tíber. Los apuñalaban y desaparecían entre la multitud. Terrorismo puro y duro, y sin ambages, que Roma castigaba con la pena de muerte en cruz. “En los últimos meses, el fervor antirromano había crecido en Jerusalén en respuesta al opresivo gobierno del procurador romano de Cesarea, Gesio Floro, un griego de Jonia. Este creciente espíritu revolucionario había dado a Menahem una idea”. Este libro presenta una exquisita forma de narrar, y nos va preparando para el momento inevitable de la concusión bélica entre romanos y judíos. «La primera guerra judeo-romana de 66-73 d.C. fue una lucha que tuvo enormes consecuencias, no solo para los judíos, sino para la civilización occidental en su conjunto. La conquista de Jerusalén fue una historia trepidante que puso de manifiesto, tanto las complejidades del combate, como las maniobras políticas y los aspectos religiosos que influyeron en el resultado de la lucha militar. Dando-Collins detalla el conflicto desde ambos lados de esta campaña de siete años. Su examen de la revuelta se basa en numerosos descubrimientos arqueológicos y forenses realizados en los últimos años para iluminar a las personas y los acontecimientos como nunca antes habían sido vistos. Ninguno de los dos bandos sale indemne del conflicto. Ambos fueron heroicos y bárbaros a partes iguales. Al final, los luchadores por la libertad de los judíos perdieron la guerra y Jerusalén, su ciudad santa, el centro de la campaña de ambos bandos. Sin embargo, hoy Jerusalén vuelve a ser el corazón de la fe judía, mientras que, gracias al cristianismo, el Imperio Romano y sus dioses han desaparecido». ¡Un libro apasionante, y rigurosamente necesario sobre la Guerra de los Judíos por su identidad contra Roma. Extraordinario! «Romani, Iuppiter Optimus Maximus resistere atque iterare pugnam iubet». Puedes comprar el libro en:
+ 0 comentarios
|
|
|