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Crítica del poemario "Dónde está el fuego" de VV. AA.

Por Gregorio Muelas Bermúdez
lunes 20 de junio de 2016, 12:30h
Dónde está el fuego
Dónde está el fuego

Cuadernos de humo, la editorial que el escritor toledano Hilario Barrero, en calidad de garante, dirige desde Brooklyn, Nueva York, llega a su cuarta entrega con la primera de la serie “que ya dan mis ojos agua”, inspirada en un verso de Tirso de Molina.

El cuaderno lleva el sugerente título, Dónde está el fuego, que a día de hoy ya ha alcanzado su tercer número gracias a una cíclica publicación que se distingue por sus ilustres colaboradores.

De esta edición se han realizado tan sólo cuarenta y cinco ejemplares, lo que la convierte en una pieza de coleccionista, que además viene bellamente ilustrada por dieciocho dibujos del propio Hilario Barrero, que además de escritor es un magnífico ilustrador, con un estilo propio. El conjunto es un objeto artístico capaz de solidificar el humo para su uso y disfrute continuado.

Y ello gracias, sobre todo, a la llama de amor viva de los poetas que integran este preciado número, en realidad una antología donde cada autor ofrece un poema “recién hecho”, en total catorce voces con obra y consecuencia, que “nos dicen dónde está el fuego.”

Tras unas palabras preliminares de Hilario Barrero, que dan cuenta de su gratitud y amistad, inicia el pequeño volumen Joan Margarit con su poema “Monumento a los muertos en la Guerra de Corea”, donde evoca con nostalgia la figura del abuelo al tiempo que reflexiona sobre la historia. Le sigue Francisco Álvarez Velasco con “Adobes”, donde la paja se vuelve muro para albergar el amor y el reposo. A continuación Antonio Parra nos habla de “la efímera hermosura”. Y llegamos a una despedida, la que José Luis García Martín expresa con nostalgia y desencanto.

En “Acaso” a Uriel Martínez la duda (“regresará –quién sabe”) le hace guardar la llave –de la vida- “debajo del tapete, por si acaso”. Es el turno de Herme G. Donis, que dedica cinco haikus a la memoria del padre. En “De un viajero” Álvaro Valverde acepta “la nostalgia del límite” consciente de que al cabo es imposible “volver de donde no se vuelve”. Antonio Rivero Taravillo escribe en el jardín con aire de tanka. Y Beatriz Villacañas canta con pasión en “Atendiendo a razones”: “Te amo// Porque eres a la vez/ símbolo y carne”. En “No sentimos ninguna sacudida”, Alfredo Rodríguez nos habla del fin de una etapa, la juventud, y el inicio de otra que nos enfrenta al destino.

Una cita de Juan Eduardo Cirlot le sirve de inspiración a Marcos Matacana Martín para su “Viernes santo”, donde se mezclan el azahar y las colillas para reflexionar sobre la vida. Martín López-Vega nos muestra su extrañeza en “Diziani”. Le sigue otra despedida, la de Ballerina Vargas Tinajero a una situación ligada a la infancia. Culmina el volumen Pablo Núñez con “En este mismo lugar”, donde reflexiona sobre el destino paralelo.

Cierra el cuaderno una sucinta bio-bibliografía de los poetas colaboradores.

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