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EL CASI OLVIDADO "BENJAMÍN" DE LA GENERACIÓN DEL 50

Carlos Sahagún, en Roma, con Rafael Alberti. Años 70
Carlos Sahagún, en Roma, con Rafael Alberti. Años 70

La muerte, en septiembre de 2015, de Carlos Sahagún (Onil, 1938 - Madrid, 2015) supuso un aldabonazo para buena parte de los amantes de la poesía y de no pocos expertos sobre la marginación de uno de los poetas mayores de la segunda mitad del siglo XX

Las "Poesías completas" de Carlos Sahagún se cierran con una nota editorial que refleja, de manera sintética, la actitud del poeta en los últimos años. Tras aclarar que esas Poesías “fueron corregidas por el autor y preparadas para imprimir unas semanas antes de su fallecimiento” e informar de la obra incluida (la práctica totalidad de su producción poética, excluyendo una plaquette de 1955, constituida por sonetos), la nota afirma: “El poeta ha manifestado, en varias ocasiones, que no ha escrito poesía después del año 2000. Con esa fecha ha cerrado este libro”.

Poesías completas (1957-2000)
Poesías completas (1957-2000)

Compartí con Carlos Sahagún un par de diálogos, largos y recurrentes, a principios de la primera década del siglo. En ellos, defendió con vehemencia su apartamiento del mundo literario, su desdén hacia las intrigas propias del medio y su absoluto desinterés por su presencia en antologías y estudios, fueran de origen crítico o de origen académico y su negativa a la redición de sus libros. En aquellos días (los diálogos se desarrollaron en julio y en octubre de 2000) coleccionaba películas en video y deuvedé y parecía alejado de la lectura de los poetas últimos aunque asistía a algunos actos culturales en los que se mostraba con la visión del escéptico que lo ha vivido todo y con la distancia de quien se siente al margen. No sabía yo entonces que hasta muy pocos meses antes había seguido escribiendo poemas —con cuentagotas, sin duda, pero con un rigor extremo—. Esos poemas son los veintiocho que cierran la poesía completa, un conjunto trabajado entre 1978 y 2000, es decir, durante veintidós años.

No son poemas residuales, ni “material sobrante”, tan común en los complementos finales de la obra completa de tantos autores. Son, por el contrario, equiparables a los mejores del conjunto de su producción. Iban a formar parte de un libro de misterioso título, El lugar de los pájaros, que por alguna razón no quiso recuperar. La profundidad meditativa de esos veintiocho poemas, el sesgo existencial que los domina y la mirada volcada hacia la interioridad, hacia el dolor por las pérdidas acumuladas — la propia juventud, los seres queridos, el impulso amoroso—, y por la certeza de estar viviendo el último tramo de la vida, hacen de esos textos una suerte de testamento lírico, de afirmación del valor del poema como reflejo de un estado de ánimo, como misterio que nos habla, a la vez, del presente, del pasado y del futuro: “Logra el instante al fin su eternidad desnuda / y, desplegada en el espacio incierto, / el pasado al futuro, sombra a sombra, // la soledad ocupa el lugar de los pájaros”.

El poema del que proceden estos versos, “Sílabas”, es el que inicia el apartado de poemas inéditos de su poesía completa. Es toda una poética (“la palabra en el tiempo” machadiana se convierte aquí en motor de eternidad, en fijación del instante más allá de la temporalidad concreta) y una afirmación de la soledad/desnudez con que el hombre ocupa su lugar en el universo. Ahí está, como verdad despojada de artificio, su apuesta por una poesía del conocimiento. Es como si Sahagún hubiera decidido en los veintidós años en que fue creando los inéditos articular poéticamente una despedida no de la existencia, sí de la creación. Si tras el año 2000 no hubo nuevos poemas es, probablemente, porque ya daba por cerrada la obra justificando su fin último, el sentido de todo poema en esa suerte de colofón escrito durante dos décadas. La muerte en el horizonte, no ya la muerte recordada en vinculación con la posguerra de sus primeros libros, sino la que nos obsesiona en la intimidad, cuando nos miramos al espejo y hacemos recuento, en perspectiva, de cuanto dio de sí nuestra vida; El amor que ya no es pasión y en el que se busca la serenidad y el acogimiento: “Tú, en cuyos labios aprendí la vida, / ahora o nunca, ven a decirme / los nombres olvidados: / serenidad, espuma, luz indemne”; la memoria, esa potencia agridulce que nos invita y, a la vez, nos duele, asoma en poemas de una enorme fuerza perturbadora, poemas meditados, hechos durante mucho tiempo (o si la elaboración fue breve, lo que desconocemos, creados en “estado de gracia”) en los que el recuerdo se nutre de oscuridades y, a la vez, de una felicidad huidiza vinculada al amor: “Mordí ausencia en lo oscuro, quemé recuerdos, naves, / en la invisible hoguera de tu cuerpo abrazado”. En estos poemas, además, hay regresos (“Volver es no encontrar sino calles inciertas / y luces improbables”), hay reinterpretaciones de instantáneas vividas en las que la mirada del niño que el poeta fue se traslada a la de un niño imaginado y venidero, tal y como lo advertimos en “El Sur” (“Mañana, en la frontera lúcida de la infancia, / otro niño venido como yo del espanto / contemplará esta orilla que ahora se desvanece / y, asumiendo su propia fugacidad, de nuevo /descifrará el misterio del ser entre la arena”) y el recuerdo heredado de la guerra cobra una densidad mágica en la elegía “Palabras frente al mar”, un homenaje in memoriam a su amigo Manuel Molina: “tú y yo, supervivientes de un país que no existe, / apasionadamente seguimos conversando / mientras la espuma a rágfagas se deshace en la orilla”.

A la consistencia y unidad del conjunto de inéditos colabora el dominio que el poeta muestra de los metros clásicos logrando un verso flexible, envolvente, lleno de matices, de imágenes imprevistas que, sin embargo, jamás escapan al territorio de lo hermético pese a su propensión, en ciertos momentos, a la oscuridad. Equilibrio difícil que Sahagún logra de modo magistral y que hace de estos poemas una excelente prolongación de su Primer y último oficio, tal vez su mejor libo, calificación que comparto con Angel Luis Prieto de Paula, que motivaba ese juicio “por su densidad verbal, el abismamiento psíquico y su belleza atribulada”. El alejandrino, el endecasílabo y el eneasílabo (aprendido, según confesó el poeta en diversas ocasiones, en Juan Ramón a través de la lectura de José Hierro) aportan al conjunto un tono sostenido y una “homogeneidad musical” que hacen de su lectura un placer que parecía olvidado.

Sin duda, estos 28 inéditos conforman un libro: quizá el mejor y más inquietante poemario de entre todos los que vieron la luz en 2015, año de publicación de la poesía completa. Hoy es imposible saber las razones por las que Carlos Sahagún renunció a su edición y desechó El lugar de los pájaros como título, sobre todo si tenemos en cuenta que con él cierra el poema inicial “Sílabas” (“la soledad ocupa el lugar de los pájaros”), básico para entender y distfrutar el conjunto. Quizá no sea descabellado intentar algún día su edición como poemario exento. Contribuiría, con toda seguridad, a situar al poeta en el lugar que le corresponde en la poesía española del siglo XXI y no sólo de los años 50 a 70.

En breve, también en el blog de Manuel Rico La estantería.

Puedes comprar el libro en:

El libro inconcluso de Carlos Sahagún: los inéditos de sus 'Poesías completas'
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