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Casanova, el posmoderno
Casanova, el posmoderno

"Casanova, el posmoderno"

viernes 30 de agosto de 2019, 08:00h
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"El primer día en que al abrirse los teatros comienzan las máscaras, subí a mi embarcación y fui a la isla de Murano a recoger a MM". Así se inicia uno de los capítulos cruciales en la biografía de un personaje bien particular, el veneciano Giovanni Giaccomo Girolamo Casanova, escritor, aventurero, diplomático, y hasta agente secreto al servicio de la Serenísima República de Venecia.

En la capital del Carnaval, su vida fue un baile de máscaras permanente donde se le adjudicó el disfraz del seductor insaciable. Pero si él se definía como "libertino de nacimiento", pues vino al mundo fruto de una relación extraconyugal de su madre, su trayectoria fue también la de un librepensador ecléctico que incursionó tanto en la poesía, la comedia o la música, como en la medicina, la filosofía e incluso en las ciencias ocultas. De hecho, hastiado de ejercer como violinista teatral, fue su proclividad a lo esotérico lo que le ganó, primero el favor del senador Bragadin, y después la prisión en la Cárcel de los Plomos. Entonces Venecia aborreció de él, tal vez porque sabía demasiado acerca de sus más respetables dignatarios. Hoy lo rehabilita como hijo predilecto, un adelantado de la Posmodernidad entendida como una gran mascarada, bajo la música galante del relativismo absoluto.

Contemporáneo del Marqués de Sade, hizo suya de una manera explícita la dedicatoria -"A los libertinos"-, con que se inicia "La Filosofía en el boudoir": "Sólo cuando se sacrifica todo a la voluptuosidad, el desdichado individuo llamado hombre, arrojado a este triste universo a su pesar, puede llegar a sembrar algunas rosas sobre las espinas de la vida".

Sade acabó sus días en el manicomio de Charenton, y Casanova en un desolado castillo de Bohemia añorando aquellos tiempos en que las rosas no tenían espinas.

Sin embargo, tanto como la que guiaba sus incursiones en los gabinetes del amor, esa otra voluptuosidad, la de pensar libremente, iluminó sus días hasta en la cárcel, donde se habituó a escribir a oscuras, utilizando como pluma la uña del dedo meñique, y como tinta jugo de moras. De este modo, y aun en las condiciones más extremas, incluso nos admoniza para que no perdamos la compostura: "Querido lector, le ruego que me siga; si me planta, es usted un maleducado". Y así, plantado en sus grilletes, nos invita a compartir su alegría de vivir, sus conquistas y sus enseñanzas, como si él siguiera en medio de la fiesta. De un capítulo a otro podemos verlo siempre en movimiento, como asaltaconventos o como espía, entregado a gimnásticas amatorias que rozaban la acrobacia, a veces enmascarado, otras cubriéndose la cabeza con un turbante a la manera del Gran Turco, y tan rendido a sus conquistas como implacable con sus contemporáneos: "los venecianos de antaño, tan misteriosos en galantería como en política, han sido borrados por los modernos, cuyo gusto predominante es no dejar nada en el misterio". Más allá de esa ronda de bellezas pálidas y ardientes a las que rinde sin desmayo -la misma madame Pompadour, la desangrada Barbarina, la omnipotente Catalina de Rusia-, Casanova es un inconformista que se rebela contra el tiempo que le ha tocado vivir, que desenmascara buena parte de las hipocresías de la modernidad burguesa, comenzando por su culto a la ostentación, y que hace de su imagen como dilettante todo un emblema de Posmodernidad.

Así como el corrosivo Valmont de "Las amistades peligrosas", o como el "Don Giovanni" de Mozart –con quien coincidió en Praga, según reza la leyenda, para inspirarle con su propia biografía-, este otro don Giovanni dieciochesco y librepensador articula sus éxtasis amatorios con los esplendores de la Siglo de las Luces, y da un paso más allá hacia las penumbras del Romanticismo. No deja de ser curioso, sin embargo, que Rousseau le parezca un visionario, y que anteponga a su "Contrato Social", la "Sabiduría" de Charron. Pero se entiende mejor iluminando su figura con el "Don Juan" de Molière para el cual, tanto como privarse de las mujeres, "quien vive sin tabaco, no es digno de vivir". De hecho, el hedonismo de Casanova es integral, y no admite otra ética que la de Epicuro o, todo lo más, la de los humanistas del Renacimiento. De este modo, su Posmodernidad, como la nuestra, comienza con un salto atrás, para conjurar todos los demonios del pasado inmediato, antes de lanzarse a una apasionada fuga hacia adelante contra el destino.

Eso es también lo que le diferencia del Gran Burlador de Tirso, porque Casanova nunca pide perdón, ni se arrepiente ante la estatua del Comendador. Tal vez se comporta así porque, a diferencia del avasallador Miguel de Mañara, él nunca se burló de las mujeres. "Si todas las mujeres tuvieran la misma fisonomía y carácter, la economía de nuestro mundo sería distinta". Claro, porque desaparecería el deseo, que para Casanova es el motor del mundo. Los inconformistas de su tiempo buscaban en la Naturaleza las raíces de una nueva moral. Más experimentado, Casanova recupera el tema barroco de la inconstancia del hombre y, sin pedantería alguna, identifica sus aventuras eróticas con su insaciable apetito de ser. Así como interpreta cada conquista como un paso más dentro de una personalidad en perpetua evolución, incapaz de detenerse ante un decálogo definido ni ante una mujer concreta: "sería un juego demasiado peligroso, podría verme abocado a un matrimonio, que temo más que a la muerte".

Como jugador empedernido, ganó y perdió fortunas en una noche, pero en su bancarrota perpetua implantó en Francia la primera Lotería Pública, mientras reemprendía una nueva apuesta en la Rueda de la Fortuna bajo el título de Chevalier de Seignalt. Una vez más la Vida como Juego, riéndose de todo lo solemne y solemnizando su frivolidad como ese Dolmancé sadiano que relegaba la defensa de la moral a su criado.

En gran medida, el escenario natural de este librepensador es la Comedia del Arte, un infinito minué donde su leyenda amorosa acabaría superando la inmortalidad del conde de Saint-Germain. No obstante, en su larga andadura como seductor, nada le sedujo más que conocerse a sí mismo, por encima de todas las convenciones de su época. Doscientos años después, la apuesta del libertino veneciano mantiene la calidad de un desafío.

Conviene recordar que él no aceptaba el placer sin riesgo ni el conocimiento sin transgresión, pues ya no quedan pensadores que transgredan, ni más placeres prohibidos que los de la pura autocomplacencia. Si entonces hubo unos príncipes del siglo encastillados en lo políticamente correcto, hoy también los hay. Pero Casanova, el pecador impecable, siempre estuvo un paso más allá, incluso de su condescendencia: Mientras ellos montan guardia en la puerta principal, él ya ha entrado por la ventana de la alcoba, buscando nuevos principios para experimentar las más viejas pasiones.

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