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Fernando Villamía: "El sistema métrico del alma"

Trea, Gijón, 2019

viernes 27 de diciembre de 2019, 11:31h
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El sistema métrico del alma
El sistema métrico del alma
Siempre que me encuentro con un libro nuevo para mí resaltan cuando menos dos sensaciones: la una antigua y la otra inmediata, nueva. La antigua me remite a que, luego de algún tiempo como lector, tengo una idea aproximada no solo de los temas que suelen alimentar una narración, un cuento, sino que creo aproximarme a las claves que le identifican y definen; identificación y definición que hacen alusión a la literatura en sí y a quien ha perpetrado la hazaña, la escritura del cuento, el verdadero protagonista, al fin.

La otra, lo nuevo, son el tratar de percibir qué me llama la atención: si la trama, si el decir en ese secreto del juntar palabras con significación; qué pretende decir el autor y qué elementos utiliza para ello; en qué medida me implica (todo lector se habrá de dejar llevar por esta inmediatez).

De entre los relatos que aquí se recogen he querido reparar, por su elaborada originalidad, en ‘El síndrome de KandinskY. Kandisnky, su cuadro Composición VIII concretamente: la circunstancia y relevancia de su contemplación en compañía de una mujer, la introspección detallada en la historia y significación del cuadro me han parecido elementos muy literarios para justificar el relato, para aludir y transferir una historia en el lector, y creo que el resultado es ciertamente muy meritorio.

Diría que Villamía honra su dedicación profesoral en la literatura, y la sirve con consciencia. Su lenguaje es cuidado, introspectivo (a veces con un cierto tono ensayístico que le acrece y da valor) y los componentes del relato están bien traídos para lo que se cuenta.

Al fin, respondiendo a ese código universal que alimenta al escritor, el tema es el amor, sin alejarse de la muerte. Hombre y mujer. Circunstancia externa y reflexión. Él, el protagonista narrador, ha amado apasionadamente (y guarda todavía los rescoldos de ese amor) teniendo como referencia la visión de ese Kandinsky: “Creo que nunca olvidaré el percance que vivieron mis manos cuando tomé a Aurora por la cintura ante la Composición VIII. Y estoy seguro de que siempre llevaré en la memoria el olor que salía de su cuerpo, un olor fresco a juventud y a verdad. Me emborrachaba aquel olor. ¡Qué delicia aquellos años en que para emborracharse bastaba con vivir!”

En su amor se interpuso, no obstante, de un modo sordo, un instinto sombrío: no serían capaces, intuyeron, de mantener ese amor tan intenso si se entregaban de lleno, unívocamente, a ese deseo. De ahí que lo dejaron, sin olvidarse nunca el uno del otro.

Y ahora que él acude a su lecho de muerte, cuando el cuerpo de ella ha sido devorado por la enfermedad destructiva (y él, con el tiempo, ha debido entender la significación trágico del contenido y significado de aquel cuadro, hasta el punto de borrarle de su memoria) al desplegar el edredón –ilustrado gráficamente con el tema del cuadro- sobre el cuerpo aterido de su siempre amada, comprende el verdadero significado trágico, ‘en vivo’ del cuadro, y en ello la inevitable extinción del cuerpo yaciente que tanto amó.

No quiero desvelar en todo el secreto guardado del relato, solo quisiera resaltar el acierto de la colocación de las teselas que, en su conjunto, confeccionan un tapiz literario que nos adentra en una prístina razón de amor entre un hombre y una mujer.

Atrévete lector, merece la pena.

Desde luego, puede decirse que el tono meditado y sobrio de esta prosa, presente en el conjunto del libro, no desmerece como ejercicio literario, como testimonio de una escritura comprometida en el mejor sentido del contar con precisión, con implicación estética.

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