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Teatro de la duda
Teatro de la duda

‘EL TEATRO DE LA DUDA’

sábado 18 de enero de 2020, 19:07h
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Tal vez por aquello de que a la fuerza ahorcan, nos hemos habituado a calificar nuestra actualidad mediática con términos teatrales que oscilan desde la tragicomedia al esperpento. Pero, en realidad, la prefiguración de este escenario de la temperatura nacional, donde la vida parece cualquier cosa menos un sueño, se estrenó hace cuatro siglos de la mano de un implacable clérigo, paladín de furia integrista de la Contrarreforma y sin embargo padre de un hijo ilegítimo, portavoz de una multinacional llamada Monarquía Hispánica y víctima de su propia ortodoxia.

El mismo que fue bien capaz de escribir las comedias de capa y espada más gozosas y mundanas, las mojigangas y entremeses más irreverentes, las parodias más sangrantes del absoluto de la honra. Y como corolario, la subversión de hacer estallar la condición humana en toda su angustia existencial, pues el delito mayor del hombre es haber nacido. Como nació él, complejo y contradictorio en pleno corazón de un Siglo de Oro que fue más bien, por la ambigüedad de sus rostros, el Siglo de Jano.

Desde sus primeras obras una de las caras de Calderón siempre miró atrás, hacia el mundo medieval de las razones dogmáticas y los autos sacramentales. Pero con la otra tuvo que enfrentarse al conflicto entre el orden oficial y el desorden usual de la España de la Decadencia, hacia esa colisión cotidiana entre la mística y la picaresca, hacia esa insurrección continua en que vivió el país durante el gobierno del rey libertino, Felipe IV, y de su hijo el Hechizado.

OH, NECIA RAZÓN DE ESTADO

Como en Fuenteovejuna, también aquí el pueblo soberano venga un abuso de poder. Pero Calderón da un paso más al cuestionar desde el poder mismo -ya era el dramaturgo oficial de la Corte-, tanto la corrupción urbi et orbe como la peligrosa Razón de Estado. "¡Oh, necia Razón de Estado! -hace decir a uno de sus personajes-, ¿Qué no harás, di, si hacer sabes del delito conveniencia?" En Argenis y Poliarco se responde a sí mismo por medio de los dioses griegos: "Pues el poder, tal vez siendo interesado, por el bien de su reino entero, con capa de justiciero, mata por razón de Estado". Y al cabo, en un auto sacramental, Las pruebas del Segundo Adán, hasta llama a "perseguir a Dios por Razón de Estado", mientras se atreve a poner en escena al mismo Cristo pasando las pruebas de limpieza de sangre y defendiéndose de los pecados originales de sus ascendientes.Por su extremada lectura del honor la Historia convirtió su apellido en adjetivo, y hoy llamamos calderoniana a toda infatuación llevada hasta sus últimas consecuencias. Voltaire, traductor de En la vida todo es verdad y mentira, calificó esta tragedia como una "democracia bárbara" que hacía merecedores de la Inquisición a todos los españoles. Sin embargo ya en vísperas de la Revolución Francesa, Collot D'Herbois no vaciló en adaptar El Alcalde de Zalamea, mientras la ejecución del capitán por orden de Pedro Crespo engrasaba la democrática cuchilla de la guillotina.

DE WAGNER A LA FURA DELS BAUS

Si tanto atrevimiento le costó un proceso inquisitorial, la condena de Calderón por parte de la posteridad fue unánime: demasiado dogmático, demasiado monolítico, demasiado antipático ante todos los prebostes de la corrección política que no supieron juzgar su obra desde el imaginario de su tiempo. Una vez más, como tantas sucede en nuestra Historia, tuvieron que llegar otras voces para rehabilitarla. Primero Goethe, quien justificó el estreno de El príncipe constante en Weimar alegando que "si toda la poesía del mundo desapareciera, se podría restaurar con esta pieza". Bien sabía lo que decía, porque al menos él restauró el mito de Fausto por medio de otra de las grandes comedias calderonianas, El mágico prodigioso. Un siglo después, Wagner se encierra a solas con Calderón para escribir su Parsifal. ¿Por qué? Porque otra de las grandes claves del Gran teatro del mundo calderoniano es hacer del teatro mismo una obra de arte total. Antes que Wagner, Calderón crea un orbe absoluto, una estética abarcativa, un colectivismo escénico donde funde todas las artes, pues comprendió con certero instinto que el teatro, como la vida misma, es fundamentalmente representación. Por medio de las más fastuosas escenografías virtualiza efectos especiales verdaderamente hollywoodienses, como el hundimiento de barcos o el vuelo de dioses y héroes. Es el otro Calderón, el vanguardista que ilustra su teatro con imágenes en vivo dignas de la Fura del Baus, por ejemplo, levantando sobre el tablado las mismas hogueras de la Inquisición. El que prefigura las actuales sit-com con sus comedias de enredo, como Casa de dos puertas. Un inusitado Calderón feminista que pone en boca de una reina -en Afectos de odio y amor-, las palabras con que justifica la igualdad de derechos entre hombres y mujeres. El mismo que desenmascara a los Donjuanes al uso, "que lo mismo inclinan a las angostas vizcaínas que a las anchas castellanas". En fin, hasta un Calderón gastronómico que enfrenta a la Francia del Carnero Verde con la España de la Olla Podrida.

Como podrida estaba aquella España de la Decadencia, con sus doscientos mil limosneros con cédula sobre una población de apenas nueve millones de habitantes, la de los validos que hacían y deshacían a su antojo. Y alzando el telón en el corral de comedias, un autor consciente del peligro de dar un paso más allá de tantos tribunales, un Calderón que escribe teatro áulico para los reyes y los comendadores, pero que no se priva de ejercer la sátira por medio de sus criados. Como el que escarnece los sermones del Paravicino en La dama duende. O como el genial Pasquín que justifica su estulticia diciendo: "si no digo lo que pienso, ¿de qué me sirve estar loco?

CONDENADOS A SOÑAR

Tal vez porque su angustia existencial es la nuestra, pero también porque anticipa la modernidad al entender el mundo como representación, y, en suma, porque al enfrentarse al destino inaugura la responsabilidad del hombre en la construcción de su propia historia. No es casual que su sueño fuese la fuente primordial de toda una genealogía de sueños teatrales que van desde Kleist a Strindberg y de Pirandello a Woody Allen. Mientras Edipo es condenado a actuar, Segismundo es condenado a soñar. Ésta es su realidad. ¿Pero qué clase de realidad es el sueño? Ni más ni menos que la que nos ocupa. Una realidad donde lo virtual se ha convertido ya en la forma preponderante de lo real, donde hemos reconvertido el honor en el prestigio mediático, donde la Razón de Estado bien puede invertirse en razón de locura.Es lo mismo que se pregunta, ya sin sombra de ironía, el Segismundo de La vida es sueño, posiblemente la más grande de todas las obras del Teatro español, y sin duda una de las más contemporáneas. ¿Por qué?

Más denso que Shakespeare, más complejo que Lope, Calderón convierte toda certeza en problema. Hace tres siglos, mientras Descartes escribía el Discurso del Método, el puso en escena el Teatro de la Duda. Por eso el mundo es hoy más calderoniano de lo que parece. Un conflicto que puede ser prisión de la cuna a la sepultura. Un gran teatro libre y abierto donde todo lo visible es mentira, menos esa verdad oscura que sustenta todas las tramoyas.

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