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"La situación de la clase obrera en Inglaterra", de Friedrich Engels

Editorial Akal
martes 06 de abril de 2021, 18:00h
La situación de la clase obrera en Inglaterra
La situación de la clase obrera en Inglaterra
Estamos ante una obra estupenda de uno de los fundadores del marxismo, con mayor ética y enjundia, que el que se llevó la lana cardada, es decir Karl Marx. La obra es del 15 de marzo de 1845, y en esos momentos realizó un prefacio dentro de la primera edición, a la clase trabajadora de la Gran Bretaña.

En 1887 pergeñó otro acercamiento introductorio a la clase obrera norteamericana; donde el filósofo alemán todavía tenía esperanzas de que esos obreros reivindicaran su idiosincrasia frente al capitalismo explotador en el que vivían. En 1892 compuso otro para esa segunda edición. La clase obrera inglesa o proletariado empieza a escribir el drama de su historia, en el siglo XIX, en el momento en que se descubre la máquina de vapor y las máquinas para la elaboración del algodón. Es lo que se define como la Revolución industrial, que transformó a aquella sociedad burguesa; la cual se había rebelado en el siglo XII frente al poder de los magnates y los altos eclesiásticos, dejando clara su personalidad en las urbes y poblaciones; pero el poder corrompe absolutamente y pasaron, aliándose con la pequeña nobleza ciudadana, de explotados a explotadores; hubo, no obstante, un momento en que todo pudo mutar, pero que terminó en agua de borrajas cuando los Comuneros de León y de Castilla se enfrentaron a la clase directiva flamenco-borgoñona y perdieron. La venganza de ese incipiente capitalismo fue terrible.

En Inglaterra la revolución fue más potente y silenciosa. “Solo en Inglaterra el proletariado puede ser estudiado en todas sus vinculaciones y sus diferentes aspectos”. En el pasado la materia prima se tejía y se hilaba en casa del obrero. Las féminas del hogar extendían el hilo y el esposo lo tejía o lo vendía, si no lo trabajaba. Estos tejedores eran agricultores, su salario les servía para vivir con desahogo, ya que la demanda era importante y el mercado se regulaba de esta forma. La competencia extranjera era mínima. “Con esto se tuvo, en el mercado local, un continuo aumento de la demanda, que fue proporcional al gradual crecimiento de la población y, por lo tanto, pudo ocupar a todos los trabajadores; agréguese a esto la imposibilidad de una activa competencia de unos obreros con otros, a causa de la dispersión de las viviendas rurales”.

En esta situación el tejedor podía realizar algún tipo de inversión, poniendo sus ahorros al servicio del arrendamiento de una nueva parcela, la cual trabajaba en sus horas de asueto, así podía tejer cuanto quisiera, y tuviera ganas de hacerlo. Lo paradójico es que si alguien era un mal agricultor, y aunque cultivaba sus campos con desidia, con el producto obtenido las cosechas eran pobres, pero el sujeto no era un proletario, en ninguna circunstancia. “Tenía, como dicen los ingleses, clavada una estaca en la tierra de su patria, tenía domicilio y ocupaba, en la sociedad, un escaloncito más alto que el del obrero inglés de hoy”. Este tipo de trabajadores se puede decir que vegetaban, la existencia era plena, estaban imbuidos por sus creencias religiosas, no se excedían en sus esfuerzos laborales, y ganaban lo necesario como para subvenir a todas sus necesidades; podían trabajar de asueto en su propio huerto, se divertían con sus vecinos, los pasatiempos les servían para conservar la salud y el fortalecimiento de su cuerpo. Sus vástagos se desarrollaban al aire libre y, si se terciaba, podían ayudar laboralmente a sus progenitores. Su capacidad intelectual los excluía de las urbes, a las que jamás llegaban. Pero, serán privados de sus ganancias cuando aparezcan las máquinas, y en este momento deberán buscar trabajo en las ciudades, de esta forma pasarán a ocupar el lugar del proletariado. El más grande propietario terrateniente será considerado como su señor natural-squire; ante él llevaban sus pleitos para que jurídicamente decidiese, “y le tributaban todos los honores que van unidos a estos hábitos patriarcales”. Raramente sabían leer y mucho menos escribir, iban regularmente a la presencia eclesiástica de Dios; nunca participaban en la política, no pensaban casi nunca, no conspiraban, se comportaban con una gran limpieza de espíritu, y su existencia vegetativamente muelle no se hubiese visto alterada, sino hubiese aparecido la Revolución industrial, que colocó a los obreros como meras máquinas.

En esta situación comenzaron a exigir sus derechos, y a pensar en que deberían tener un estatuto pleno de dignidad. “Si en Francia fue la política, en Inglaterra fue la industria y el consiguiente movimiento de la sociedad civil lo que atrajo al torbellino de la historia a las clase más desfavorecidas, que estaban sumidas en una apática indiferencia respecto al interés general de la humanidad”. Esta Revolución industrial generó una necesidad esencial, y de ella surgiría un nuevo proletariado, que fueron, como es público y notorio, los trabajadores de las minas de carbón y de las minas de metales. Los trabajadores industriales mayoritariamente, los mineros en menor cuantía y los labradores casi nada, tienen una relación directa con tener una clara consciencia de cuál es su identidad y de que intereses deben defender. Los trabajadores de las fábricas, serán desde el principio el alma del movimiento obrero. “…comprenderemos, por el ejemplo de Inglaterra, por la concordancia entre la marcha del movimiento obrero y la del movimiento industrial, la importancia histórica de la industria”. Creo que esto ya es suficiente para invitarles a acercarse a esta obra de actualidad siempre, ya que el capitalismo sigue en su explotación.Vanitas vanitatum et omnia vanitas”.

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