www.todoliteratura.es
Manifestantes en una plaza latinoamericana exigen autodeterminación y democracia al atardecer, unidos en paz.
Ampliar
Manifestantes en una plaza latinoamericana exigen autodeterminación y democracia al atardecer, unidos en paz. (Foto: Imagen generada por inteligencia artificial - Cibeles AI)

Venezuela: petróleo --el oro negro--, bendición y maldición de un pueblo

domingo 04 de enero de 2026, 17:16h
El 3 de enero amanecimos con la noticia de que los Estados Unidos capturaron a Nicolás Maduro. Gustavo Gac-Artigas, poeta y dramaturgo chileno residente en USA, nos da su equilibrada opinión sobre un hecho que no se ajusta a derecho. Estamos a favor del regreso a la democracia en Venezuela y en todos los países de América, incluída USA.

¿Con qué derecho?

Con qué derecho, me pregunto, el gobierno de los Estados Unidos se arroga el derecho a intervenir militarmente en otro país, secuestrar al gobernante e imponer un cambio de gobierno.

Cierto, existe el precedente: República Dominicana en 1965, Granada en 1983, Panamá en 1989.

Las intervenciones militares no fueron un caso aislado, fueron una práctica reiterada, fue una doctrina: América para los americanos, entendiéndose por América todo el continente, y por americanos y dueños, los estadounidenses.

Pero hoy se va más lejos. No se trata de un simple regreso al pasado; la nueva doctrina es: intervengo, me apropio y gobierno—el tiempo que sea necesario—, gobierno hasta poder nombrar un gobierno de transición.

Las justificaciones no faltan: se trata de un gobernante que llegó con elecciones fraudulentas o donde no existen elecciones confiables. (Ojo no es uno, y no se encuentran solamente en Latinoamérica).

O, ese país produce y trafica drogas, es un peligro para la juventud norteamericana.

Y así, se dará vuelta en redondo tratando de excusar lo inexcusable, Estados Unidos se arroga el derecho a intervenir en lo que considera su propiedad, su patio trasero: Latinoamérica y sus riquezas.

Y la justificación aparece, y en boca de su presidente: “se apoderaron de nuestro petróleo, nuestra riqueza”. Esa declaración fue la sentencia de muerte para el régimen de Maduro.

“Nuestro petróleo”, ese que yace en el subsuelo de Venezuela. “Gobernaremos Venezuela hasta que nos pague lo que nos debe por explotar” ese petróleo que consideraban suyo; ese oro negro, la maldición de Venezuela.

Ayer fue ese cobre, la maldición de Chile.

“Necesitamos garantizar nuestra energía, clama el presidente norteamericano, necesitamos garantizar nuestra riqueza”, esa que yace en Latinoamérica. Y si mañana necesitamos el agua, intervendremos para saciar la sed de nuestras empresas. La ley internacional no existe cuando existen nuestros intereses.

Esas frases, o su significado emergían de las pantallas en el discurso en que las autoridades se vanagloriaban de la precisión, no pedían perdón, se vanagloriaban de su fuerza.

Lo habíamos visto venir, como tantas tragedias la vimos venir y callamos, se aisló el país, y nada dijimos, en un acto de magia barata y destructiva se volaron lanchas de narcos, y nos dejamos cegar, no vimos cómo los barcos de guerra cercaban a un país, listos para actuar una primera vez, una segunda vez si fuera necesario.

Se atacó y secuestraron a un autócrata y a su señora, personajes que no despiertan simpatía, pero no se trata de simpatía, se trata del derecho internacional.

La operación fue calculada, ensayada y puesta en marcha de manera milimétrica; el después, en cambio, es impredecible, sobre todo si el círculo de hierro que rodea a Maduro no se deshace y logra mantener el control del país, lo que podría desembocar en un enfrentamiento militar de gran envergadura.

Las violaciones a los derechos humanos ya cometidas, el temor a represalias, el entramado del narcotráfico y los millones que este genera, así como la posible pérdida de privilegios y prebendas, jugarían un papel decisivo para que ese círculo no se rompa —no por Maduro, sino por el dinero.

Esta acción de los Estados Unidos puede sentar un precedente y servir de justificación para que otros poderes, fuera del continente, actúen de manera similar.

No soy, ni fui, partidario de Maduro, no soy, ni fui, ni seré, partidario de ningún gobierno que viole los derechos humanos.

No soy, ni fui, ni seré partidario de autócratas, de gobernantes que, vestidos de la piel que sea, destruyen el derecho a la autodeterminación de sus pueblos.

No soy ni seré partidario de genocidas y autócratas, sátrapas que aplastan y destruyen a sus pueblos empujados por la codicia, por la avaricia, para, borrando la sonrisa de una niña apoderarse de un amanecer al borde del mar o para condenar a morir de hambre a un niño robándole el pan de su boca. El hambre, arma mortal que hiere la conciencia de la humanidad.

No soy ni seré partidario de regresar a la política del “hermano mayor” o del “padrecito de los pueblos”: aceptar que el mundo se gobierne de acuerdo con las leyes e intereses de un gobernante, que se divida al gusto de quien tiene el poder, que se saquen y se impongan gobiernos a imagen y semejanza del matón de barrio.

No soy partidario de que se destruya para construir.

No soy partidario de las dictaduras, sean del color que sean, mi cuerpo conoce las dictaduras y el poder militar.

No soy partidario de negar la tierra que lo vio nacer

al hombre

a la mujer

al niño

al político

al hacedor de versos

y condenarlos al exilio

–Ovidio–

o a la muerte

–Sócrates –

o peor aún

al campesino iletrado que araba la tierra, mi amigo, el huaso Segundo en Chile, enviado a París bajo la dictadura de Pinochet.

Estamos regresando a desplegar el manto del horror: atacaron mis intereses, actúo, nadie que no tenga mi bendición estará a salvo.

Golpearé y gobernaré, el mundo me pertenece, dice el nuevo emperador.

Hoy levanto nuevamente mi voz, una sola vez guardé silencio, y fue bajo la tortura, y por buenas razones. Ayer canté a la esperanza, hoy canto por la libertad de los pueblos, por la autodeterminación de los pueblos, para que sus derechos humanos sean respetados.

Canto por el ser humano y sus derechos, no por los sátrapas, por el ser humano.

Canto a la democracia y ese canto comienza por el respeto a la democracia y a los que luchan por ella.

Para mí las bombas, la intervención extranjera no son, ni serán jamás la solución.

La democracia debe regresar en Venezuela en manos de los demócratas venezolanos y no en manos de un gobernador designado por el imperio.

Debe regresar en el voto y no en las bombas de una unidad de elite, en alas alimentadas por la sombra del oro negro, la maldición de Venezuela.

Canto por el futuro, no por el regreso al pasado, canto en español, en wayú en warao, en pemón, canto con Doña Bárbara, canto con aquellos forzados al exilio, canto esperando, soñando que la riqueza de nuestros países pertenezcan a nuestros pueblos, para el bien de todos, para que podamos construir nuestra democracia sin los grilletes impuestos por un hermano mayor, venga de donde venga.

Canto, mientras lleno de gasolina el estanque de mi auto.

*Gustavo Gac-Artigas. Poeta laureado, novelista, dramaturgo y hombre de teatro chileno. Miembro de la Sociedad de Escritores de Chile (SECH), del PEN Chile y del PEN América. Es miembro correspondiente de la Academia Norteamericana de la Lengua Española (ANLE) y académico de la Academia Tomitana y de la Academia Universalis Poetarum.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (0)    No(0)

+
0 comentarios