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Supuesto retrato de Garcilaso de la Vega. Se encuentra en la Galería de Pinturas de Kassel (Alemania), y es de autor desconocido
Supuesto retrato de Garcilaso de la Vega. Se encuentra en la Galería de Pinturas de Kassel (Alemania), y es de autor desconocido

Claves del estilo literario de Garcilaso de la Vega. Fragmentos de la Égloga I

Se llama égloga a un género de poesía en que se trata de la vida campestre. Unos pastores entablan en ella un diálogo, generalmente de tipo amoroso, rodeados de un paisaje “ameno,” es decir, de una naturaleza siempre verde, siempre fresca, en eterna primavera.

En las Églogas, aparte del influjo de Petrarca, es decisivo el de la tradición bucóĺica grecolatrina, que parte de los Idilios de Teócrito de Siracusa (siglo III a. C.), cuadritos de la vida campestre, muchos de ellos dialogados, trazados con gran delicadeza y sencillez, con pastores que son lindas estilizaciones de la realidad; se perpetúa a través de Virgilio, con las Bucólicas, diez églogas dialogadas cuyos temas pastoriles se desarrollan en medio de una naturaleza deliciosamente convencional; y de Horacio, quien traza en el Beatus ille... -un épodo que fray Luis de León adaptará a la lengua castellana en su célebre oda Vida retirada-, una visión amable de lo que es la vida en la paz del el campo; y llega más tarde al italiano Jacobo Sannazaro, con La Arcadia, novela que contiene muchos fragmentos en verso, y de la que procede la invasión de novelas pastoriles que, de modo efímero, pero muy intenso, hallamos en todas las literaturas europeas.

Con las Églogas de Garcilaso entramos en un mundo poético muy grato al Renacimiento: el de la naturaleza, con sus “poetas-pastores”, que lanzan quejas amorosas en cultos versos de imitación clásica. Bajo el convencional disfraz de pastor se esconden seres reales que pueden decir así lo que sienten sin temor a comprometer a su dama. (Esta poesía recibe el nombre de “bucólica”).

De acuerdo con el tópico pastoril, las Églogas de Garcilaso nos presentan una naturaleza fuertemente idalizada, en la que todo tiende a producir una sensación de armonía y sosiego: el viento será “fresco, manso y amoroso”; el río, “dulce y claro”; el suelo, “verde prado de fresca sombra lleno”; la ribera, “verde y deleitosa”, etc. Este es el paisaje preparado para oír las quejas de los pastores; y así, naturaleza y sentimiento van al unísono.

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La página de Garcilaso en Internet.

https://www.garcilaso.org/

La Égloga I es, sin duda, la obra más popular de Garcilaso de la Vega. En ella, Salicio y Nemoroso se lamentan de sus infortunios amorosos: Salicio se queja de la esquivez de Galatea, y Nemoroso llora la muerte de Elisa. Ambos pastores reviven, así, la experiencia amorosa del propio Garcilaso, enmarcados en una naturaleza que refleja el desasosiego anímico del poeta, casado por convenciones cortesanas con Elena de Zúñiga, y enamorado de la dama portuguesa Isabel Freyre, que casó con Antonio de Fonseca y moría poco después en el tercero de sus partos.

Las estancias de la Égloga I de Garcilaso de la Vega pasan por ser las más bellas y perfectas que se han escrito en la literatura española; y constituyen un conjunto de 30 agrupaciones de 14 versos, que responden al siguiente esquema métrico:

Endecasílabos y rimas

Heptasílabos rimas

1 *

2 **

3 ***

4 **

5 *

6 ***

10 *****

11 *****

12 ******

14 ******

7 ***

8 ****

9 ****

13 *****

Los versos que riman en consonante se han marcado con el mismo número de asteriscos. Esta es, por tanto la distribución de rimas de los catorce versos de las estancias:

ABCBACcddEEFeF. Es decir: primero con quinto, segundo con cuarto, tercero con sexto y séptimo, octavo con noveno, décimo con undécimo y decimosegundo, y duodécimo con decimocuarto.

Y este es el esquema de las estancias:

11A-11B-11C-11B-11A-11C-7c-7d-7d-11E-11E-11F-7e-11F.

Intervención de Salicio, que se queja de los desdenes de Galatea
(estancias 5-10)
¡O más dura que mármol a mis quexas 7
y al encendido fuego en que me quemo
más elada que nieve, Galatea!
Estoy muriendo, y aun la vida temo; 60 60
témola con razón, pues tú me dexas,
que no ay sin ti el bivir para qué sea.
Vergüença é que me vea
ninguno en tal estado,
de ti desamparado, 65
y de mí mismo yo me corro agora. [1]
¿D’un alma te desdeñas ser señora
donde siempre moraste, no pudiendo
della salir un ora? [2]
Salid sin duelo [3], lágrimas, corriendo. 70

[1] Salicio “se avergüenza” de su estado anímico, tan alejado del ideal renacentista del equilibrio y la moderación emocionales.

[2] La palabra hora admitía tanto el determinante masculino un como el femenino una.

[3] Sin reparo, en abundancia.

El sol tiende los rayos de su lumbre
por montes y por valles, despertando
las aves y animales [4] y la gente:
quál por el ayre claro va bolando,
quál por el verde valle o alta cumbre 75
paciendo va segura y libremente,
cuál con el sol presente
va de nuevo al oficio [5]
y al usado exercicio
do su natura o menester l’inclina; 80
siempre 'stá en llanto esta ánima mezquina, [6]
quando la sombra el mundo va cubriendo,
o la luz se avecina.
Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.

[4] El ganado.

[5] Los términos oficio y ejercicio son aquí prácticamente sinónimos: quehacer usual (usado)

[6] Alma desdichada.

Y tú, desta mi vida ya olvidada, 85 sin mostrar un pequeño sentimiento
de que por ti Salicio triste muera,
dexas llevar, desconocida [7], al viento
el amor y la fe que ser guardada
eternamente solo a mi deviera. 90 ¡O Dios!, ¿por qué siquiera,
pues ves desde tu altura
esta falsa perjura
causar la muerte d’un estrecho amigo [8],
no recibe del cielo algún castigo? [9] 95
Si en pago del amor yo estoy muriendo,
¿qué hará el enemigo? [10]
Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.

[7] Ingrata.

[8] El término amigo está usado en el sentido poético-tradicional de amante.

[9] Aun cuando los reproches a la dama son habituales en la poesía amorosa de la época, los exabruptos de Salicio rebasan, en su sinceridad, los límites convencionales.

[10] Entiéndase: ¿qué le ocurrirá a quien considere su enemigo?

Por ti el silencio de la selva umbrosa, [11]
por ti la esquividad y apartamiento 100
del solitario monte m’agradaba; [12]
por ti la verde yerva, el fresco viento,
el blanco lirio y colorada rosa
y dulce primavera deseava.
¡Ay, quánto m’engañaba! 105 ¡Ay, quán diferente era
y quán d´otra manera
lo que en tu falso pecho se escondía!
Bien claro con su boz me lo decía
la siniestra corneja, repitiendo 110
la desventura mía.
Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.

[11] Sombría.

[12] Los sustantivos esquividad y apartamiento son aquí prácticamente sinónimos en su evocación de un medio natural alejado de todo contacto humano, en donde el amante feliz goza de la plenitud de sus sentimientos.

Cuántas veces, durmiendo en la floresta, [13]
reputándolo yo por [14] desvarío,
vi mi mal entre sueños, desdichado! 115
Soñava que en el tiempo del estío
llevava, por passar allí la siesta, [15]
a abrevar en el Tajo mi ganado;
y después de llegado,
sin saber de quál arte, [16] 120 por desusada parte
y por nuevo camino el agua s’iva;
ardiendo yo con la calor estiva, [17]
el curso enagenado [18] yva siguiendo
del agua fugitiva. 125 Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.

[13] Arboleda.

[14] Considerándolo yo como.

[15] Espacio de tiempo, a partir del mediodía, en que el calor es más intenso.

[16] De qué manera.

[17] Estival, propia del verano.

[18] Fuera de su cauce.

Tu dulce habla ¿en cúya [19] oreja suena?
Tus claros ojos ¿a quién los bolviste?
¿Por quién tan sin respeto me trocaste?
Tu quebrantada fe [20] ¿dó la pusiste? 130
¿Quál es el cuello que como en cadena
de tus hermosos braços añudaste?
No ay coraçón que baste, [21]
aunque fuesse de piedra,
viendo mi amada yedra 135 de mí arrancada, en otro muro asida,
y mi parra en otro olmo entretexida, [22]
que no s’esté con llanto deshaziendo
hasta acabar la vida.
Salid sin duelo, lágrimas, corriendo. 140

[19] De quién (en utilización interrogativa es actualmente inusual).

[20] Fidelidad.

[21] Resista.

[22] En la poesía pastoril, la hiedra y la vid (parra), colmo plantas trepadoras que se adhieren a una superficie (muro, olmo), solían ser símbolos de la unión amorosa.

Hemos seguido la edición en Castalia-EDHASA, de Elías Rivers.

Está presente en estos versos una de las características comunes a toda la poesía de Garcilaso de la Vega: el intimismo. El poeta, con un estilo natural, sencillo, equilibrado, sin retorcimientos, descubre sus sentimientos, su dolor frente a un amor imposible, buscando una tregua en su agitado vivir de caballero fiel a Carlos V. Realizando un prodigio de introspección desconocido en la poesía medieval, nos muestra su espiritualidad transida de unas grave y sentida melancolía, a la vez que nos presenta un paisaje estático, luminoso, claro, en consonancia con la ideología renacentista. Pocos poetas han logrado un equilibrio de fondo y forma como Garcilaso. La sencillez es su lema y su gran mérito; esa sencillez que hace que su poesía no amarillee con el paso del tiempo, y que Garcilaso sea un poeta de ayer y de hoy.

Comienza el poeta con una invocación dolorosa a la indiferencia de la pastora esquiva y la expresión de su despego por la vida. Luego su atención abandona un momento su mundo interior para tornar los ojos hacia los límites circundantes, hacia la vida que sigue su acostumbrado paso, y esto le sirve para aumentar su amargura, porque comprueba que, en tanto todos cumplen sus diarios oficios y costumbres, él sigue siempre lacerado por su dolor. Esta contemplación del mundo próximo y habitual suscita en él otro pensamiento: el de que todo aquello que antes le deleitaba y atría cuando se creía correspondido, no era más que un motivo engañoso, anunciado a veces por la corneja, ave de mal agüero. Por último, la nostalgia del bien perdido, el dolor de la ausencia amarga, estalla en una serie dse vanas interrogaciones, que el poeta dirige a la ingrata.

Algunas característricas estilísticas.

Existe en la estrofa V una doble oposición: la dureza del mármol, que es a la vez frío y a menudo blanco, encadena sin duda en la mente del poeta la imagen de la nieve, y ambas se oponen “al encendido fuego en que me quemo”. Tales límites le sirven a Garcilaso para representar la indiferencia frente al dolor del amor no correspondido. El epíteto subraya esta oposición: “encendido fuego-blanca nieve”. El famoso estribillo de un solo verso "Salid sin duelo, lágrimas, corriendo" se repite al final de las estrofas siguientes. El sentido tradicionalmente aceptado de "sin duelo" es el de "sin tasa".

La VI estrofa ofrece un marcado contraste entre los diez primeros versos, donde la naturaleza se muestra radiante, y los cuatro versos restantes, que expresan el dolor sin límite de Salicio ante los desdenes de Galatea; dolor que alcanza a la propia naturaleza, tal como puede comprobarse en el verso 82), en el que la especial sonoridad que origina la sucesión de nasales -"cuando la sombra el mundo va cubriendo"- acentúa aún más la densa oscuridad de la noche. Es, pues, muy vivo el sentimiento de la naturaleza, y se confunde con el propio estado de ánimo del poeta. La descripción campestre se anima con los elementos habituales: las aves volanderas, el ganado que pace en los valles y las cumbres, las gentes ocupadas en la rústica labor...

Hay un predominio del epíteto, un tipo de adjetivación usada mucho en la literatura renacentista. Pero en Garcilaso resulta original, porque fue uno de los primeros en emplearla. No hay estridencias cromáticas ni musicales en la descricpción de la narturaleza, embellecida por el certero empleo de epítetos: "quál por el ayre claro va bolando, / quál por el verde valle o alta cumbre" (versos 74-75).

El empleo correlativo de quál -palabra que figura en los versos 74, 75 y 77- le sirve a Garcilaso para formar oraciones de carácter distributivo: quál..., quál..., quál... equivale a unos..., otros..., otros...; palabras que hacen referencia, respectivamente, a los nombres aves, animales [era común antes llamar animales solo a los mamíferos] y gente, del verso 73. A estos tres sustantivos les corresponden, pues, y por el mismo orden, las actividades expresadas en los versos 74-80, en un claro ejemplo de "correlación".

En la estrofa VIII se establece un fuerte contraste entre amor y desamor. Cuando Salicio se cree correspondido por Galatea, el paisaje se contragia de esa plenitud amorosa, y de ahí esa naturaleza bellamente idealizada que se describe en los versos 99-104 -unos versos de suave musicalidad, en los que predominan los delicados epítetos-, y en la que todo tiende a producir una sensación de armonía y sosiego. Los restantes versos recogen, en patéticas exclamaciones, el dolor y desengaño de Salicio ante la insinceridad de su amada -que ya le auguraba, en nefasto presagio, el vuelo a la izquierda de la corneja-; un Salicio deshecho en lágrimas e incapaz de refrenar su sufrimiento más íntimo. Y es en los cuatro versos exclamativos de la estancia en donde expresa el poeta la situación de desamor en que se encuentra; versos en los que recurre a dos adverbios exclamativos con valor ponderativo: "¡Ay, quánto me engañava! / ¡Ay, quán diferente era / y quán de otra manera / lo que en su falso pecho se escondía! (versos 105-108).

Y continúa Garcilaso empleando epítetos: la verde hierba, el fresco viento, el blanco lirio, la colorada rosa, la dulce primavera (con resonancias sinestésicas)... Tal vez convendría recordar que el verde, el blanco y el oro son los colores preferidos por Garcilaso; y que el color aparece en forma pura, sin matizar: blanco, rojo, verde... Esta caracterìstrica acentúa la idealización del paisaje.

Repárese en el valor expresivo de la serie anafórica "por ti", con que se inician los versos 99, 100 y 102. En cuanto al adjetivo siniestra, aplicado a corneja, -versos 109-110: "Bien claro con su boz me lo decía / la siniestra corneja"-, téngase presente que la corneja ha sido considerada desde antiguo en la literatura como pájaro de mal agüero. Y así, por ejemplo, en el Poema de Mío Cid puede leerse: "A la exida de Bivar, ovieron la corneja diestra, / e entrando en Burgos oviéronla siniestra" (versos 11-12: cuando en el camino volaba la corneja de la derecha a la izquierda, era buen agüero; por lo que el agüero que observaba el Cid era adverso).

En la estrofa X, y tras dirigir vanas interrogaciones a la pastora infiel que subrayan la nostalgia del bien perdido -no se tiene constancia de que Isabel Freyre correspondiera alguna vez a Garcilaso-, Salicio da rienda suelta a su dolor sin la menor contención ("Salid sin duelo, lágrimas, corriendo"; verso 140). La hiedra asida a otro muro y la parra entretejida en el tronco de otro árbol simbolizan la separación del poeta y su amada, y ponen de manifiesto, además, la correspondencia entre la naturaleza y los estados de ánimo y situaciones reales del poeta. En definitiva, el paisaje ideal (el campo con su silencio propicio, esmaltado de verde hierba, de lirios y de rosas, de sonoro viento..., es una especie de refugio manso y sereno para el alma dolorida dsel poeta; pero también responde a su situación sentimental, de la que en ciertro modo viene a ser un una bellísima y emocionada proyección estética .

Gran fuerza expresiva encierran los versos 127-132, en los que Salicio, abrumado por los celos, le recrimina a Galatea, mediante cinco desgarradoras interrogaciones retóricas, su infidelidad; expresividad a la que, sin duda, contribuye la anáfora del determinante posesivo tu -en los versos 127, 128 y 130-. Por lo que a la adjetivación de estos versos se refiere, es evidente el valor metafórico del adjetivo dulce -con el sentido de grata, apacible- antepuesto al nombre habla, y que origina una sinestesia en la que el sentido del gusto se aplica al oído -"dulce habla"; verso 127-; y en cuanto a la combinación "claros ojos" -verso 128-, es una de las predilectas de Garcilaso. Y, desde un punto de vista rítmico, no deja de llamar la atención el verso 128, que lleva acento en la séptima sílaba, y no en la sexta: "Tus cláros ójos ¿a quién los bolvíste?". Terminadas las "celosas" interrogaciones retóricas con que se inicia la estrofa, y con imágenes muy gráficas, aunque no del todo originales -la hiedra asida a otro muro y la parra entretejida a otro árbol simbolizan, como antes señalábamos- a dos amantes-, expresa el pastor Salicio la separación de su amada. Y, de nuevo, es en el último verso de la estancia -verso 140, por lo demás, de gran musicalidad- donde el poeta manifiesta sin el menor recato su dolor, derritiendo en lágrimas -"deshaziendo"; verso 138- la profunda melancolía de su alma.

De las palabras interrogativas empleadas por Garcilaso en esta estrofa, resulta extraño a la lengua actual el determinante interrogativo cúyo, que figura en el verso 127: "¿en cúya oreja suena?"; construcción que hoy adoptaría la siguiente forma y expresión: "¿en los oídos de quién suena?" Las demás palabras interrogativas originan otras tantas oraciones interrogativas directas, y sobre ellas recae, igualmente, la máxima intensidad fónica: "¿a quién...?" -verso 128-, "¿por quién...?" -verso 129-, "¿[nde]...?" -verso 130-, "¿quál...?" -verso 131.

En cuanto al estribillo que se repite al final de cada estrofa -"Salid sin duelo, lágrimas, corriendo", aporta un tono nostálgico, y expresa mejor que nada el carácter dulce del poeta, su "ternura viril", que no increpa ni amenaza, sino que desahoga en lágfrimas su melancolía. El eficaz empleo del gerundio como elemento musical se refuerza precisamente con la repetición de este verso.

En suma, en las anteriores estancias podemos observar todas las características de la poesía de Garcilaso: musicalidad de los versos; sentido de grave y aristocrática elegancia; rica y delicada tonalidad de matices, sobre todo cromáticos y auditivos; suave cadencia de los versos, con predominio de endecasílabos terminados en palabra llana y acentuados en sexta sílaba; selección exquista de vocablos; mesura y sobriedad; ritmo señorial...

Intervención de Nemoroso, que llora la pérdida de Elisa
(estancias 21, 22, 24, 25, 29)
¿Quién me dixiera, Elissa, vida mía, 282
quando en aqueste valle al fresco viento
andávamos cogiendo tiernas flores,
que avía de ver, con largo apartamiento, 285
venir el triste y solitario día
que diesse amargo fin a mis amores?
El cielo en mis dolores
cargó la mano tanto
que a sempiterno [1] llanto 290
y a triste soledad m'a condenado;
y lo que siento más es verme atado
a la pesada vida y enojosa,
solo, desamparado,
ciego, sin lumbre en cárcel tenebrosa. [2] 295

[1] Perpetuo.

[2] La identificación de la vida con una cárcel del espíritu es un concepto platónico al que la literatura renacentista acudirá frecuentemente, aunque por razones menos profanas, por lo general, que las de Nemoroso.

Después que nos dexaste, nunca pace
en hartura el ganado ya, ni acude
el campo al labrador con mano llena;
no ay bien que’n mal no se convierta y mude.
La mala yerva al trigo ahoga, y nace 300
en lugar suyo la infelice avena;
la tierra, que de buena
gana nos producía
flores con que solía
quitar en solo vellas mil enojos, [3] 305
produce agora en cambio estos abrojos, [4]
ya de rigor d’espinas intratable. [5]
Yo hago con mis ojos
crecer, lloviendo [6], el fruto miserable. […]

[3] Pesares.

[4] Malas hierbas.

[5] Intransitable. Incide en tierra (verso 302).

[6] Metafóricamente, llorando.

Qual suele 'l ruyseñor con triste canto 324
quexarse, entre las hojas escondido, 325
del duro labrador que cautamente
le despojó su charo y dulce nido
de los tiernos hijuelos entretanto
que del amado ramo estava ausente, [7]
y aquel dolor que siente, 330
con differencia [8] tanta
por la dulce garganta
despide que a su canto el ayre suena,
y la callada noche no refrena
su lamentable officio [9] y sus querellas, 335
trayendo de su pena
el cielo por testigo y las estrellas:

[7] El tópico del ave despojada de su nido, con diferentes significaciones, pero relacionada a menudo con la temática amorosa, fue tomado de los autores clásicos.

[8] Variedad de canto.

[9] Ocupación de lamentarse.

desta manera suelto yo la rienda
a mi dolor y anssí me quexo en vano
de la dureza de la muerte ayrada; 340
ella en mi coraçón metió la mano
y d’allí me llevó mi dulçe prenda,
que aquél era su nido y su morada. [10]
¡Ay, muerte arrebatada, [11]
por ti m’estoy quexando 345
al cielo y enojando
con importuno llanto al mundo todo!
El desigual dolor no suffre modo; [12]
no me podrán quitar el dolorido
sentir si ya del todo 350
primero no me quitan el sentido. […] [13]

[10] Aquí acaba la larga comparación, de procedencia clásica, cuyo término imaginado abarca toda la estrofa anterior.

[11] Impetuosa, violenta.

[12] Entiéndase: “el dolor sin igual no puede verse sujeto a la moderación”.

[13] Nadie podrá remediar su sentimiento de dolor si no le quitan su capacidad de sentir; esto es: solo la muerte puede poner fin a su sufrimiento.

Divina Elissa, pues agora el cielo 394
con inmortales pies pisas y mides, 395
y su mudanza ves, estando queda, [14]
¿por qué de mí te olvidas y no pides
que se apressure el tiempo en que este velo
rompa del cuerpo y verme libre pueda,
y en la tercera rueda, [15] 400
contigo mano a mano,
busquemos otro llano,
busquemos otros montes y otros ríos,
otros valles floridos y sombríos
donde descanse y siempre pueda verte 405
ante los ojos míos,
sin miedo y sobresalto de perderte?

[14] Mientras los cielos continúan girando, Elisa habrá alcanzado el más alto grado de perfección, cuya condición indispensable, según Aristóteles, es la inmovilidad absoluta.

[15] Se refiere al cielo de Venus, lugar de reencuentro de los enamorados, en el cual el espíritu conserva todavía su revestimiento corporal. Ello explica que el paraje se imagine como un trasunto terrenal embellecido. Se trata, pues, de un más allá puramente poético y, como tal, carente de toda base religiosa.

Anticlímax final de la Égloga
(estancia 30)
Nunca pusieran fin al triste lloro
los pastores, ni fueran acabadas
las canciones que solo el monte oýa, 410
si mirando las nuves coloradas,
al tramontar del sol bordadas d’oro,
no vieran que era ya passado el día; [16]
la sombra se veýa
venir corriendo apriessa 415
ya por la falda espessa
del altísimo monte, y recordando [17]
ambos como de sueño, y acabando
el fugitivo sol, de luz escaso,
su ganado llevando, 420
se fueron recogiendo passo a passo.

[16] El canto de los pastores, que se ha iniciado con el amanecer, acaba con la puesta de sol. La égloga se desarrolla, pues, dentro de unas coordenadas temporales precisas que apuntan en favor de su evidente simetría estructural.

[17] Despertando, volviendo a la conciencia.

Algunas notas recopiladas para ayudar a la comprensión.

El influjo de Petrarca. Esa curioso el contraste que presentan estos versos de Garcilaso. Por un lado sentimos la agradable presencia de una naturaleza dulce y fresca; por otro, el atormentado dolor del pastor que evoca a su amada, llorando en soledad entre los verdes prados que tantas horas felices le recuerdan. La lírica de Garcilaso es así una fiel continuación de la de Petrarca, que presenta una visión idealizada de la naturaleza y, a la vez, un fino análisis del sentimiento amoroso.

Los cantos amorosos dedicados a una dama, llenos de una exaltada admiración por la mujer, habían aparecido hacia el siglo XII con los trovadores. Pero un tiempo después, Petrarca añadió a la amorosa devoción trovadoresca la expresión del auténtico dolor sentido por la pérdida del ser amado. A partir de entonces, todos los poetas del amor cantaron esa complicada pasión en la que se encuentran mezclados los goces más plenos y la más angustiosa desazón. Y ninguno con la honda melancolía y delicada ternura de Garcilaso, cuya situación sentimental viene a coincidir con la de Petrarca: amor no correspondido, muerte de la amada, insatisfecho afán de paz espiritual. Nunca antes de Garcilaso se había cantado el amor en nuestra lengua con tal autenticidad de sentimiento, con semejante sinceridad, con elementos poéticos tan puros, tan equilibrados, tan perfectos y, al mismo tiempo, tan conmovedores. Pese a la belleza del paisaje y al ritmo pausado, lleno de elegancia, que encontramos en estos versos, una impresión de melancolía indecible nos invade al leerlos.

Clímax-anticlímax. Es de notar el tono de la lamentación de Nemoroso, que va siempre in crescendo, hasta llegar a un punto en que el pastor pide para sí la muerte. (Cuando una obra de arte literaria o musical aumenta progresivamente la tensión emotiva hasta llegar al punto máximo, se dice que ha alcanzado el “clímax”. En el clímax, o se acaba la obra -y este es el caso de las tragedias en las que mueren al final todos los personajes importantes-, o tras él ha de venir necesariamente una distensión, un “anticlímax”, algo que aplaque nuestros nervios y nos devuelva una deliciosa sensación de equilibrio, de armonía, de mundo ordenado, de paz, en fin. La estructura con clímax-anticlímax es propia de la estética renacentista).

En la última estrofa de la Égloga encontramos el anticlímax, con una descripción del paisaje sosegada y tranquila, que contrasta fuertemente con la expresión desbordada del sufrimiento amoroso de Garcilaso ante el infortunio de la muerte de Isabel Freyre, la mujer real que encendió en el corazón del poeta un fuego devorador, solo extinguido con la muerte.

Ritmo en el terreno léxico. Los nombres vienen con remansada pausa, acompañados siempre de un adjetivo epíteto que los colorea y les da realce plástico: el “verde prado”, la “fresca sombra”, etc. La lista de nombres con epíteto es interminable. Todo ello traduce un arte refinado y minoritario, alejado de lo popular. Y así, con el encanto del epíteto, el escenario obligado para los enamorados pastores de Garcilaso lo constituyen el “fresco viento”, las “tiernas flores”, los “valles floridos y sombríos”, las “nubes coloradas”, etc. Ante nuestros ojos aparece una naturaleza convencional, artificiosa, poéticamente estilizada, en la que todo tiende a producir una sensación de armonía, serenidad y sosiego, según el concepto renacentista de que la naturaleza es el modelo de toda perfección. La naturaleza se nos presenta como un oasis de belleza absoluta y como un adecuado fondo sobre el que destacan los sentimientos del autor. Y los epítetos contribuyen a realzar los valores sensoriales y a crear un clima de extraordinario lirismo (el “triste canto” del ruiseñor que se destaca en la “callada noche”, etc.).

Ritmo fónico. Si contamos las sílabas y hacemos un análisis completo del reparto de los acentos de cada verso, veremos que los acentos nunca caen en palabras triviales o secundarias. Estos versos están constituidos con gran maestría, y el realce de la intensidad de la voz dirige nuestra atención hacia palabras relevantes.

Estructura métrica. Tal vez no se hayan vuelto a escribir en castellano estancias tan perfectas como las de esta égloga. Es de destacar la musicalidad de los endecasílabos de Garcilaso: una dulce y reposada melodía que armoniza maravillosamente con la ternura de sus sentimientos y con la plácida belleza de los paisajes. Poesía intimista la suya, que nos muestra en estilo natural y sin retorcimientos su espiritualidad transida de una grave y sentida melancolía.

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