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Inés Dozo Aragunde
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Inés Dozo Aragunde

Inés Dozo Aragunde: “Entrenar el miedo es aceptar nuestra vulnerabilidad sin rendirnos ante ella”

domingo 15 de febrero de 2026, 18:17h

Inés Dozo Aragunde es psicóloga desde hace más de dieciocho años y autora del libro "Miedo, tu sombra amiga". Licenciada en Psicología por la Universidad de Santiago de Compostela y especializada en el área clínica, su trabajo se centra en acompañar a personas que conviven con el miedo, la ansiedad y la inseguridad, ayudándoles a comprender lo que ocurre por dentro; a relacionarse con su mundo emocional de una manera más consciente y amable.

Miedo, tú sombra amiga
Miedo, tú sombra amiga

Pero su mirada no nace únicamente de la formación o de la consulta, sino también de una experiencia profundamente personal: Inés fue una niña —y más tarde una mujer— atravesada por miedos e inseguridades. Por eso, este libro no está escrito desde la teoría, sino desde lo vivido: noches sin dormir, nudos en la garganta, una ansiedad difícil de nombrar, duelos que rompieron el suelo y un cansancio invisible que pesaba más de lo que parecía.

Con el tiempo, y a través de su propio proceso terapéutico, pudo reconocer cuánto miedo había detrás de muchas de las cosas que le ocurrían y trabajarlo en profundidad. Esa experiencia no solo la transformó como persona, sino también como profesional. Hoy acompaña desde un enfoque cercano y práctico, una psicología del día a día que no juzga y que traduce lo complejo en herramientas reales. Desde ese cruce entre lo vivido y lo profesional nace su manera de entender el miedo: no como un enemigo, sino como una señal que, cuando se comprende, puede dejar de dirigir tu vida.

Algo que llama la atención de su obra es cómo Inés Dozo Aragunde incorpora la noción de “microvalentías” para nombrar esos gestos cotidianos —casi invisibles— que no eliminan el miedo, pero sí le quitan poder porque devuelven el mando a quien los realiza. Lejos de las grandes hazañas, la autora pone el foco en decisiones pequeñas y repetidas que, con el tiempo, transforman la relación con una misma: enviar un mensaje que se está evitando, poner un límite con una frase simple, llorar sin disculparse, sostener la incomodidad sin buscar alivio inmediato, hacer una llamada pendiente, ir a un plan aún con ansiedad, pedir ayuda, entrenar la vulnerabilidad o permitirse ser vista sin “maquillaje emocional”.

Eres psicóloga y escritora. ¿En qué momento sentiste que el miedo, más que un tema clínico, era también una experiencia vital que merecía convertirse en libro?

Desde muy pequeña fui una persona con muchos miedos e inseguridades. El miedo formó parte de mi mundo interno mucho antes de que pudiera ponerle nombre o entenderlo. Con el paso del tiempo y por distintas circunstancias personales, ese miedo dejó de ser solo una sensación difusa y se convirtió en una experiencia mucho más intensa, especialmente en algunos momentos de mi vida que marcaron un antes y un después, y que expongo (un ejemplo) en el prólogo del libro.

Fue entonces cuando comprendí que el miedo no era únicamente un concepto clínico que acompañaba en consulta, sino una vivencia real encarnada. Esto lo conseguí gracias a mi propio proceso terapéutico, cuando pude tomar verdadera conciencia de todo el miedo que había detrás de lo que me ocurría. La terapia me permitió mirar de frente, comprender y trabajar profundamente en mí.

De ahí nace este libro, de la necesidad de transformar lo vivido y lo aprendido en una herramienta útil. Es, en muchos sentidos, el libro que a mí me habría gustado encontrar en aquellos momentos, cuando el miedo ocupaba demasiado espacio y aún no sabía cómo relacionarme con él. Es por ello que decidí hacerlo realidad, con la intención de que pudiera servir de ayuda a otras personas.

Vivimos en una época que ensalza la valentía y el éxito, pero castiga la fragilidad. ¿Cuál dirías que es hoy el mayor miedo que sentimos como sociedad?

Diría que, como sociedad, uno de los mayores miedos es no ser suficiente: no estar a la altura, no encajar, fallar, no cumplir expectativas... Vamos por la vida como pollos sin cabeza, viviendo en una cultura que premia la productividad, la imagen y el rendimiento, y donde el error se vive como fracaso. En ese contexto, la fragilidad se vive casi como un fallo que hay que esconder, lo que provoca que muchas personas no solo tengan miedo, sino además sientan vergüenza por tenerlo, como si admitirlo significara “si no doy la talla, pierdo valor”. Las redes sociales son una herramienta que potencia y amplifica esta comparación social. Miramos vidas editadas, logros brillantes, cuerpos perfectos… y como consecuencia, aparece la sensación de insuficiencia. Esa dinámica, repetida día tras día, no solo genera inseguridad, sino que afecta a la autoestima, incrementa el malestar y refuerza la idea de que mostrarse vulnerable, resta valor.

A ese miedo se le suman otros muy ligados a nuestro tiempo: la incertidumbre constante, la sensación de no tener control, el miedo a equivocarnos, sentirnos juzgados y “quedarnos atrás”, así como el miedo a ser rechazados si mostramos lo que nos duele. En el fondo, el miedo más extendido es sentir que, si no funcionamos siempre, no valemos. Lo más delicado es que, a veces, ese miedo se disfraza de prisa, hiperexigencia, perfeccionismo, necesidad de demostrar o hipercontrol. En conclusión, miedo a no ser suficiente, miedo a ser juzgados, miedo a fallar y miedo a la incertidumbre. Por esta razón, muchas personas viven exigidas por dentro, aceleradas por fuera, intentando demostrar (sin descanso) que pueden con todo.

En el libro planteas una idea que rompe con muchos discursos habituales: el miedo no se vence, se entrena. ¿Por qué crees que nos cuesta tanto aceptar esta perspectiva?

Nos cuesta tanto aceptarlo porque nos han enseñado a mirar el miedo como una debilidad o un fallo personal en vez de verlo como una respuesta humana y natural. Culturalmente se premia la “superación” rápida (vencer, controlar, pasar página) o “fortaleza” entendida como ausencia de miedo, y eso hace que cuando aparece, lo interpretamos como debilidad, algo que hay que eliminar cuanto antes. Por esa razón buscamos vencerlo, eliminarlo, callarlo o correr más rápido que él. La cuestión es que el miedo no funciona así. Es una emoción primaria, ligada a la supervivencia, y aparece incluso cuando estamos haciendo algo importante para nosotros.

El hecho de aceptar que el miedo no se vence, sino que se entrena, implica algo incómodo, pues conlleva reconocer que el miedo probablemente volverá a aparecer. Eso choca con la idea tranquilizadora de que, si hacemos lo “correcto”, el miedo desaparecerá para siempre. Sin embargo, el miedo forma parte de nuestro sistema de supervivencia, no está ahí por error, sino porque cumple una función protectora y por ello, no se elimina.

También cuesta porque entrenar requiere tiempo, paciencia y práctica. No es un “clic” mental ni una frase motivadora. Es aprender a regular el cuerpo, a interpretar los pensamientos con más criterio, a exponerse poco a poco a lo que evitamos y a construir una relación distinta con esa emoción. Dicho de otro modo, entrenar el miedo implica exponerse a lo que evitamos, sostener la incomodidad y renunciar a la fantasía de control absoluto. Todo ello requiere paciencia, humildad y una relación más realista con el proceso, que es entender que avanzar no es hacerlo sin miedo, sino hacerlo con miedo, pero con criterio. Entrenar el miedo es aceptar nuestra vulnerabilidad sin rendirnos ante ella.

Hablas del miedo como una “sombra amiga” que intenta protegernos, aunque a veces lo haga mal. ¿Qué cambia cuando dejamos de tratarlo como un enemigo?

Pues cambia casi todo. Cuando dejamos de tratar al miedo como un enemigo, dejamos de luchar contra una parte de nosotros. Esa guerra interna, silenciosa pero constante, es lo que muchas veces lo hace más grande. Gran parte del sufrimiento no viene solo del miedo, sino de esa pelea contra él y de la vergüenza por sentirlo. Por ello, en lugar de luchar con los “no debería sentir esto” o “tengo que poder”, debemos empezar a escuchar qué viene a indicarnos: qué amenaza percibe, qué herida toca o qué necesidad está pidiendo atención. Ese cambio reduce la vergüenza y la autoexigencia, y abre espacio para la comprensión y la regulación.

Al mirarlo como una “sombra amiga” entendemos algo esencial, y es que el miedo no suele aparecer para fastidiarnos, sino para protegernos. A veces se equivoca de estrategia, exagera o se adelanta, pero su intención de fondo es cuidarnos. Cuando lo comprendemos, pasamos de reaccionar con rechazo o control a relacionarnos con él con más calma y curiosidad, recuperamos la capacidad de elegir y, de ese modo, construimos una valentía real, no la de “no sentir”, sino la de seguir caminando sin dejar que el miedo marque el rumbo. Cuando tratamos el miedo como una “sombra amiga”, deja de ser un freno absoluto y comienza a convertirse en una brújula que nos da la capacidad de decidir con más libertad, aunque el miedo siga presente. No se trata de romantizarlo, sino de integrarlo, convirtiéndolo en una señal que se atiende y no en una orden que paraliza.

A lo largo del libro distingues entre miedo, preocupación y ansiedad, conceptos que a menudo se confunden. ¿Por qué es tan importante aprender a diferenciarlos?

Es fundamental diferenciarlos porque, aunque se parecen y a veces se mezclan, no son lo mismo. Cada uno tiene un origen, un funcionamiento y una forma diferente de abordarse, por eso nombrarlos bien es el primer paso para entender lo que nos pasa y responder de manera más adecuada. Poner nombre a lo que vivimos reduce confusión, baja la culpa y abre la puerta a herramientas más eficaces.

  • El miedo suele estar ligado a una amenaza concreta (real o percibida) y activa una respuesta inmediata de protección. Se activa en el presente, es automático, rápido y fisiológico, es decir, el cuerpo lo siente antes de que puedas pensarlo.
  • La preocupación es más mental que corporal. Aparece cuando la mente se engancha al futuro incierto: sobrepensando, anticipando e imaginando escenarios futuros de los cuales la mayoría son negativos. Se alimenta de los ¿y si…? constante, “Ysidoros” (como los denomino en el libro) e intenta buscar certezas.
  • La ansiedad es un estado de alerta sostenida, es decir, el cuerpo y la mente se quedan encendidos incluso cuando no hay un peligro claro. Se caracteriza por la sobreactivación corporal y mental sin causa evidente.

La segunda razón por la que es importante diferenciarlos es porque evita que apliquemos soluciones equivocadas, ya que no se trabaja igual una preocupación constante que un miedo puntual, o una ansiedad sostenida que un problema real que requiere acción. Distinguirlos es importante porque nos devuelve claridad y control real ya que saber qué está pasando por dentro, nos permite intervenir mejor.

Desde tu experiencia clínica, ¿qué errores solemos cometer cuando intentamos regular la ansiedad o “volver a la calma” demasiado rápido?

Confundir regular con apagar, y esa prisa convierte la ansiedad en un enemigo al que hay que eliminar cuanto antes. Queremos “volver a la calma” como quien apaga un interruptor. El problema es que cuanto más luchamos por no sentir la ansiedad, más fuerza toma. Entonces aparece la lucha que intenta buscar seguridad constante mediante la comprobación, pedir confirmación, revisar una y otra vez, evitar situaciones, distraerse sin parar… Son estrategias que alivian a corto plazo, pero refuerzan el mensaje interno de “esto es peligroso” y mantienen el sistema nervioso en alerta.

Otro error muy frecuente es intentar “arreglar” la ansiedad deprisa buscando aire, como si faltara oxígeno. En algunos casos, lo que ocurre es justo lo contrario, la persona está hiperventilando. Sale a la ventana, inspira más y más fuerte, y sin querer intensifica síntomas como mareo, hormigueo o sensación de ahogo. No se trata de respirar más, sino de respirar mejor, es decir, ralentizar, alargar la exhalación y darle al cuerpo el mensaje de que no hay peligro inmediato.

También es habitual exigirnos estar bien para actuar, como si la vida tuviera que ponerse en pausa hasta que desaparezca el temblor. Como consecuencia posponemos decisiones, conversaciones o planes hasta sentirnos “preparados” cuando, en realidad, la calma muchas veces llega después de dar pasos, no antes. Y, por último, intentar resolverla solo con la cabeza mediante explicaciones, analizando o razonando sin parar, cuando la ansiedad también es corporal y a veces no necesita más pensamiento, sino presencia, tiempo y regulación. Regular no es correr, es aprender a sostener la ola sin asustarnos de ella, hasta que baja.

En Miedo, tu sombra amiga hay ciencia, pero también un recorrido personal marcado por pérdidas, duelos y vínculos importantes. ¿Qué lugar ocupa lo autobiográfico en este libro?

Lo autobiográfico ocupa un lugar honesto, pero medido. No escribí este libro para contar mi vida, sino para convertir una parte de lo vivido (pérdidas, duelos, vínculos) en comprensión y acompañamiento para otras personas. Aparece, sobre todo, como una base humana que sostiene el contenido, porque el miedo no es solo un concepto, es una experiencia encarnada. Me parecía relevante dejar claro que el ser psicóloga no me hace inmune al miedo. A veces se cree que quienes acompañamos emocionalmente a otras personas no sentimos lo mismo, pero no es así. Lo que cambia no es que el miedo no aparezca sino, la relación que construyes con él. Por esa razón, mi recorrido personal está presente como hilo de verdad, no como exposición. Lo utilizo cuando puede iluminar algo que a veces cuesta explicar desde la teoría como por ejemplo ¿Cómo se siente el miedo por dentro? ¿Cómo se transforma cuando lo miras de frente? ¿Qué cambia cuando aprendes a relacionarte con él de otra manera?

En ese sentido, lo autobiográfico no busca protagonismo sino servir de puente. Un puente entre la ciencia y la vida real, entre lo que se entiende y lo que se atraviesa. Porque cuando has vivido una experiencia, puedes explicarla de otra manera ya que sabes cómo se siente por dentro. Esa vivencia aporta un tipo de claridad y de verdad emocional que la teoría, por sí sola, no siempre alcanza, es decir, la complementa. Además, es una forma de decirle al lector “No estás solo”, porque este libro nace del cruce entre mi experiencia profesional y mi propio camino emocional.

Para alguien que siente que el miedo gobierna su vida y llega a este libro buscando ayuda, ¿qué te gustaría que se llevara al cerrar la última página?

Me gustaría que, al cerrar la última página, esa persona se llevase tres cosas: La primera: alivio y comprensión. Que sienta “tiene sentido lo que me pasa”, que no está roto ni es débil por sentir miedo, y que el miedo no es una señal de fracaso personal, sino una respuesta humana que se puede entender. La segunda: herramientas y dirección. No promesas mágicas, sino recursos concretos para empezar a entrenar su relación con el miedo: reconocerlo, regularlo, dejar de obedecerlo y recuperar poco a poco el mando de sus decisiones. Y la tercera, quizás la más importante: esperanza realista. Que no hace falta esperar a que el miedo desaparezca para vivir. Que se puede avanzar con miedo, pero con más libertad, y que su vida puede ensancharse otra vez, paso a paso, desde pequeñas microvalentías que devuelven la confianza. Si al cerrar el libro, esa persona siente que no necesita esperar a “no tener miedo” para vivir, se lleva un poco más de calma y de libertad, entonces habrá cumplido su propósito.

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