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Tamara Echegoyen y su tripulación femenina sonríen en la cubierta de un maxitrimarán al atardecer.
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Tamara Echegoyen y su tripulación femenina sonríen en la cubierta de un maxitrimarán al atardecer. (Foto: Imagen generada por inteligencia artificial - Cibeles AI)

“EL MAR EN LAS VENAS”

Por Álvaro Bermejo
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beralvatelefonicanet/7/7/18
sábado 21 de febrero de 2026, 08:07h
¡Eh, Petrel!, ese saludo y el libro que cuenta todo lo demás fue uno de los mitos de mi generación. Lo escribió el donostiarra Julio Villar en 1972, después de completar su primera vuelta al mundo en solitario a bordo del ‘Mistral’, una embarcación de fibra, tan ligera como una pluma. Cuatro años de navegación, treinta y dos mil millas náuticas.

Hoy es noticia la gesta lograda por la orensana Tamara Echegoyen, una más en una tripulación integrada por ocho mujeres de siete nacionalidades. La primera que consigue coronar una vuelta al mundo sin escalas, ellas a bordo de un maxitrimarán, tras cubrir una ruta de cincuenta y siete días dentro de la regata Ocean Race.

Estaba en juego el trofeo Julio Verne, reservado para la tripulación que consiguiera rebajar el anterior récord de velocidad. Se lo llevó Thomas Coville, con un registro de cuarenta días. Pero, en el fondo y a mar abierto, quienes coronan gestas de esta naturaleza saben muy bien que esto no va de marcas, sino de magnitudes.

Hace cuatro años fondeó en San Sebastián una réplica de la nao ‘Victoria’ con la que Elcano firmó la primera circunnavegación planetaria. Estremecía. ¿Qué? Su mínima dimensión, su fragilidad. Un cascarón de mala madera surcando la inmensidad del Pacífico, en su caso, sin mapas ciertos, sin más referentes que las estrellas y su tenacidad, su desesperación, o su locura.

Dar la vuelta al mundo a vela. Un territorio entre la épica y la lírica donde prevalece una dimensión difícil de gestionar, porque no tiene nombre. Digerimos mejor la primera, la épica de Echegoyen. Enfrentar calmas ecuatoriales, o las tremendas condiciones del océano austral, con olas de diez metros, hielo en el mástil y vientos de cincuenta nudos. A mil millas de su meta en Bretaña, la rotura de la vela mayor, con la borrasca Ingrid azotando sin tregua. Sumemos las condiciones a bordo: las necesidades, en un cubo. Dormir por turnos, en guardias de tres horas tendidas en un catre inestable, y arriba, a seguir faenando. Tres duchas de agua salada en cuarenta días. Sólo comida liofilizada.

Y, sin embargo, ¿qué tienen estas experiencias extremas? ¿Qué tiene el mar y quienes lo convierten en su elemento, hasta llevarlo en sus venas? Los medios han destacado lo previsible: lo que supone este hito para el deporte femenino y su lectura como manual de autoayuda. Superación personal o colectiva. Lírica de baja calidad. ¿Qué nos queda por contar?

Precisamente eso que hizo de Julio Villar un mito. Entonces definía su filosofía en dos palabras: “vivo marchándome”. ¿Hacia dónde? La respuesta se cifra en un horizonte infinito, en sus silencios, en su plenitud. No se trata de ir más rápido. Basta con ser mar, para aprender a no estar.

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