Arthur Miller escribió para ella el guion de “Vidas rebeldes” y ella lo interpretó con una sensibilidad prodigiosa. Me asombra la expresividad callada de ciertas miradas, la soledad honda de sus ojos en ciertos momentos. Su aceptar la vida a pesar de todo y su luchar con la vida.
Nadie podría poner más expresividad, más lucidez, en un rostro hermoso y solitario. Como en aquella escena de “Bus Stop” en que inclina la cabeza sobre la barra de un bar y se sobrepone a todas las estupideces del mundo. Y se acompaña a sí misma y se rescata.
Ella misma escribió poemas que ya quisiera haber escrito tanto merluzo hinchado. La editorial Bamba publicó una selección de esos poemas.
En uno dice: “Me gustan los puentes, / especialmente el de Brooklyn, / tan tranquilo a pesar / del rugido de los automóviles”. No compara como Hart Crane al puente de Brooklyn con un arpa y un altar, pero ve el resistir solitario del puente. Da una visión original del puente de Brooklyn. Ella era lo que dice del puente: con las aguas alborotadas, pero resistiendo tranquila en su fondo.
En otro poema dice: “Siempre he estado sola / pero hoy / ni siquiera me tengo a mí misma/ para hacerme compañía”.
Siempre estuvo sola, esa es la verdad. En medio de tanta simplista y explotadora que no se entera de nada. Por eso se hizo la tonta y se burló de todo el mundo. Fue como esa mujer con sombrero curvo que aparece en un cuadro de Hopper. Tomando su café abrumada y solitaria. Nadie se enteró de quien era. Todo el mundo cacarea tan satisfecho de sí mismo y no se entera de nada.
Ella fue tan culta, leyó tanto. Leyó a Joyce y a Dylan Thomas. La lectura le dio cultura viva y un refugio contra la gilipollez. Fue tan inquieta y tan honda, sobre todo en algunas de sus interpretaciones. Estaba tan viva y los simplistas que aceptan el tópico de la rubia tonta y no se enteraron de su vida.
Ella fue la única, creo, además de mí, que leyó completo el “Ulises” de Joyce. Y también mi novia Consuelo lo leyó. Y para hacer eso tenía que ser intrépida interiormente. Intrépida y libre. Y resistía el simplismo de los simplistas. Y existía como los existencialistas que también leyó. Y nadie pudo evitarlo.
En la Antología de la editorial Bamba aparece un poema que se titula “Olvido”.
A mí me parece tan valioso como el poema de Rosalía de Castro sobre el clavo que tuvo en el corazón. Y cuando le arrancaron el claro creyó que le arrancaban el corazón. Antonio Machado hablaba de una espina. Cuando se la quitaron sintió nostalgia de ella, formaba parte de él.
El poema de Marilyn Monroe es más más matizado y más misterioso que los de Machado y Rosalía de Castro. Se escapa de la alegoría (adornar lo conocido) y va al símbolo (apuntar a lo desconocido y mostrarlo).
Marilyn Monroe dice:
“Como un buen cirujano
Has abierto una herida
En mi corazón
Y la has vuelto a cerrar.
Has arreglado
Como un buen relojero
Todo lo que no funcionaba bien.
Hasta aquí llega el racionalismo triunfante, el mecanicismo que nos encierra y los tópicos de los psicólogos. Somos como máquinas, nos dice la ideología dominante, la psicología mecanicista lo reduce todo a mecanismos y a pastillas. (Pero Proust y Dostoievski son mejores psicólogos).
Y Marilyn Monroe se burla:
Ahora mi corazón
Da siempre la hora en punto,
Me despierta a su hora.
Pero al final apunta:
Dime, amor mío,
Al cerrar la hendidura
Qué olvidaste allá dentro
Que yo no puedo olvidar.
Hay algo más que fórmulas y mecanismos en nosotros. Marilyn lo sabía porque era poeta. Y apunta al tema de la identidad. Ella es mucho más que un reloj averiado y arreglado. Ella es ese misterio que Rosalía apunta en su poema “Negra sombra”.
Detrás de los tópicos psicológicos de relojero está ella misma. Ella misma, sin nombre, más allá de las simplezas.
A mí el de Marilyn me parece el poema más sugestivo que los de Rosalía de Castro y de Antonio Machado. Porque al fin y al cabo un clavo es un clavo, y una espina es una espina, por mucho simbolismo que alberguen. Pero lo de Marilyn Monroe es un “qué”, es una pregunta.
Como la pregunta de Luis Cernuda cuando escribió: “No decía palabras, / acercaba tan solo un cuerpo interrogante”. O en otro poema: “El deseo es una pregunta/ cuya respuesta nadie sabe”.
Tampoco nadie sabe qué es eso que su psicólogo relojero olvidó pero que ella no podía olvidar. Y menos que nadie lo saben sus perseguidores mezquinos. Los que ni la miran en sus películas.
Nadie conoce ese “qué” que señala Marilyn en su poema. Ese “qué” que se manifestaba tímido y fuerte en algunas escenas. Que asomaba en un amanecer cuando su personaje se despierta en “Vidas rebeldes” o cuando inclina la cabeza abrumada de soledad en “Bus Stop”. Pero Marilyn indicaba ese “qué” como su misterio y su libertad. Y su soledad saudosa. Como la negra sombra de Rosalía de Castro.
ANTONIO COSTA GÓMEZ
CONSUELO DE ARCO: MARILYN EN UN BAR DE AVILÉS