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"Populus", de Guy de la Bédoyère

Ed. Pasado y Presente. 2024
viernes 10 de abril de 2026, 22:21h
Populus
Populus

Tenemos un nuevo libro, importante y esencial para la historiografía Antigua. Cuando Roma sea la capital del Imperio, será la ciudad más conspicua de Europa y, consiguientemente, la que posee el mayor número de habitantes, en número ingente de hasta un millón de habitantes. En este entorno tan paradójico se encontraban edificios de una riqueza fuera de toda duda, y además existían termas y templos.

Los plutócratas del tipo paradigmático de Marco Licinio Craso, este todavía en la época republicana, vivían en auténticos palacios, sensu stricto, junto a este tipo de vida y clase social de lo más opulenta, vivían los pobres o proletarios en los suburbios o transtévere, en unos abigarrados bloques de apartamentos, en calles muy estrechas y que ardían con cierta frecuencia. Por el río Tíber viajaban un número importante de barcazas, las cuales aportaban todos los alimentos, que desde todo el mundo conocido y dominado por el SPQR, se encargaban de la manutención de la urbe capitolina, se cuidaba de ello el denominado como Prefecto de la Annona. Por medio de ese tipo de transporte se eliminaban las víctimas humanas de ejecuciones políticas o de asesinatos.

En su mayor parte, las vidas de los romanos, fuera cual fuese su clase social, eran duras y breves. Los ánimos siempre estaban sobre la cuerda floja, lo que no es de extrañar teniendo en cuenta la cantidad de gente que vivía en la ciudad. No había ningún tipo de control de multitudes sofisticado ni vigilancia policial organizada y disciplinada. En una sociedad en la que las luchas a muerte eran parte integrante de los espectáculos públicos, los asaltos brutales eran endémicos, y teniendo en cuenta que los dueños podían apalizar a sus esclavos por capricho, no es sorprendente que las autoridades públicas usaran la violencia para mantener el control. El único ingrediente adicional necesario era un emperador inestable y arbitrario, que había descubierto que con una simple palabra cualquier persona que se le atravesara podía ser ejecutada, para quizá poco después ser él mismo asesinado”.

En Roma existían un número indeterminado de visitantes, inclusive para admirarse de lo maravillosa que era esa urbe. Otros llegaban buscando fortuna personal para medrar, también deseaban encontrar trabajo, y asimismo existían provinciales que visitaban las bibliotecas deseando conocer lo máximo del emporio cultural. Tantos extraños que llegaban, otorgaban una nueva idiosincrasia a la capital. Pero, sobre todo los funcionarios públicos aportaban sus numerosas y nuevas experiencias, destacando, además, los cultos religiosos exóticos. Marco Tulio Cicerón, con su habitual acidez e inteligencia escribiría: “…ciudad formada por reunión de naciones, en que pululan muchas insidias, muchas falacias, muchos vicios de toda especie, en que hay que soportar la arrogancia, la contumacia, la malevolencia, la soberbia, el odio y la impertinencia de tantos”.

Desde el año 753 a.C. hasta el año 509 a.C., Roma es gobernada por soberanos, aunque desgraciadamente estarían dominados por monarcas enemigos de los romanos, es decir los tirsenos o etruscos. Los romanos comenzaron a tener contactos amplios con los griegos, por lo que los romanos cultos hablaban, asimismo, la lengua de los griegos. Por fin, en los albores del siglo V a.C., los romanos per se consiguieron derrocar al último rey etrusco de Roma, llamado Tarquinio el Soberbio, y decidieron constituir un nuevo sistema político, al que denominarían República. La estructura política variaría, de forma substancial, ya que ahora se elegirían a dos magistrados por el periodo de un año, que serían nominados como cónsules, siendo los rectores de una serie de magistraturas de menor categoría. En los inicios, como era de rigor, los cónsules serían nombrados por el Senado, que era un consejo de aristócratas o patricios oligarcas, poseedores de bastantes propiedades. En un momento determinado de la historia, los plebeyos se rebelaron y exigieron los mismos derechos que, el patriciado, y no quedó más remedio que otorgárselos. Cuando sea asesinado Gayo Julio César, en las idus de marzo del año 44 a.C., la República estaba en su etapa final, y el empujón hipócrita definitivo se lo daría el sobrino-nieto del citado Dictador Perpetuo, y nacería con él un sistema diferente denominado como el Principado o el Imperio, el hacedor sería Gayo Julio César Octaviano, autodenominado como el Emperador César Augusto.

«Justo en el exterior de la puerta Maggiore de Roma nos encontramos con una imagen algo discordante: ante nosotros se alza una prominente tumba romana con la peculiar forma de una pila de recipientes para amasar el pan, rodeada por las calles actuales y los cables tendidos que cuelgan de poste a poste, silenciosa en medio del bullicio del tráfico que pasa sin cesar a su alrededor. Se trata del lugar de reposo de las cenizas de un exitoso liberto (libertus) llamado Eurisaces, que vivió en el siglo I a.C. Al parecer, tenía sentido del humor, pues la inscripción de la tumba anuncia: ‘Es evidente, esta es la tumba de Marco Virgilio Eurisaces, panadero, contratista’. La tumba es, pues, una sofisticada broma, y de ahí que se cambiaran las habituales urnas crematorias por cestas de amasado. En absoluto abatido por la idea de su muerte, Eurisaces había conseguido una pequeña fortuna gracias a su cercana empresa de panadería, con la que obtuvo un contrato público como suministrador del subsidio de pan de la ciudad, y quería que quedara constancia de ello para siempre y ante todo el mundo. La tumba estaba originalmente encajonada en un estrecho cruce de caminos y dominaba las incesantes idas y venidas de carros, animales y transeúntes que entraban y salían de la ciudad. Sin su tumba, no sabríamos nada de nada de Eurisaces ni de su esposa Atistia porque, como es de esperar, no aparece en ninguna de las fuentes escritas conservadas de la época. El monumento solo ha sobrevivido porque, tres siglos después, quedó incorporado en la torre de una puerta de las nuevas murallas de Roma, construidas por el emperador Aureliano (270-275)».

Este cenotafio es un perfecto ejemplo de que Roma era el hogar de muchas familias, y en la que esposa y esposo trabajaban codo con codo para tratar de salir adelante, y es obvio colegir que como este matrimonio habría miles similares. Sorprende, muy positivamente, que no existe por parte del fallecido el más mínimo desdoro en reconocer que fue un esclavo liberado, un liberto, lo que indica el enorme esfuerzo que debió realizar para poder tener un negocio y una tumba especialmente destacada. Sea como sea, los romanos de la Antigüedad se comportaban, ya en muchas ocasiones, como nosotros. Se puede resumir en que poseían, desde ambiciones hasta familias, pasando por creencias, esperanzas, temores, frustraciones y diversiones. Y, quizás como muchos de los actuales seres humanos, deseaban dejar algún tipo de recuerdo. ¡Obra esclarecedora! «Humanum fuit errare, diabolicum est per animositatem in errore manere».

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