“Mira Toledo enamorando el Tajo” (JGN)El soneto de José García Nieto evoca la conexión entre Toledo y el Niño Jesús, simbolizando la luz y el amor que trae cada Navidad. A través de un diálogo íntimo, el poeta expresa su temor a perder la fe infantil, contrastando su niñez con la adultez y anhelando recuperar ese corazón lleno de amor.
TOLEDO
Toledo es una cuna estremecida
que mece el Tajo, sin cesar cantando,
y hay un Niño que sabe cómo y cuándo
llega la luz para encender la vida.
Tú naces cada día en la mañana;
altas torres levantas, abres puentes,
y amor nos das al paso de las fuentes
que van desde la Vega hasta Galiana.
Tú me dabas la fe cuando nacías
año tras año, y con amor ponías
tu portal en un pecho que era el mío.
Sabes, Niño, que fui niño en Toledo.
Quita del hombre que ahora soy el miedo
a darte en pago un corazón vacío.
José García Nieto: Versos para Navidad.[Navidad en cuatro ciudades, Ii].Madrid, Sial Pigmalión, 2018.
El soneto es la forma poética que García Nieto considera más idónea para acercarnos al Toledo que pintó El Greco y al Tajo que cantó Garcilaso del Vega en su Égloga III, aun cuando el sentimiento religioso estuviese ausente en los versos del poeta toledano; un soneto en el que se contrapone la fe del niño –entusiasmado, año tras año, con el nacimiento de aquel con quien «llega la luz para encender la vida» (verso 4)– y la preocupación –más bien el miedo– de ese niño que ya se ha convertido en persona adulta ante la sola posibilidad de que aquel fervor infantil se diluya para dejar paso a «un corazón vacío» (palabras finales del verso 14), como injusta correspondencia al amor que el «Niño del Portal» trae consigo. El soneto se sale, no obstante, desde una perspectiva métrica, del canon habitual, ya que los cuartetos no mantienen la misma rima (ABBA / CDDC); y esta es la de los tercetos: EEF / GGF. Y en cuanto a la rítmica, ocho de los catorce versos tienen la inicial tónica (los versos 3, 4, 5, 6, 9, 10, 12 y 13), lo que muestra el carácter retórico de unos endecasílabos fundamentalmente enfáticos, si bien los versos 4, 10 y 13 son de tipo sáfico (con acentos en las sílabas 4.ª y 8.ª), como también lo son los versos 2 y 14 (que tienen el mismo esquema rítmico: acentos en las sílabas 2.ª, 4.ª, 8.ª y 10.ª). Sin duda, este tipo de acentuación tiene sus consecuencias en los aspectos más significativos de los respectivos versos; sirva como ejemplo el hecho de que el pronombre «Tú», con el que el poeta interpela al Niño, figura al comienzo de los versos 5 y 9, con los que se inician el segundo cuarteto y el primer terceto, respectivamente. Aunque tal vez el verso 12 sea el de más sugestiva andadura rítmica: «Sabes, Niño, que fui niño en Toledo» (con acentos en las sílabas 1.ª, 3.ª, 6.ª, 7.ª y 10.ª; y sobre las palabras «Niño» –el Niño Dios– y «niño» –el propio poeta– recaen acentos extrarrítmico –sílaba 3.ª– y antirrítmico –sílaba 7.ª–, respectivamente). Pero desde el punto de vista de la organización estructural, el soneto sí responde al esquema clásico, con un eje central que lo que divide conceptualmente en dos partes: los cuartetos –que funcionan como motivos secundarios o «de apoyo»– y los tercetos, –en los que se presenta el tema, que llega a su máxima tensión climática en los dos versos que cierran el poema: «Quita del hombre que ahora soy el miedo / a darte en pago un corazón vacío» (versos 13-14)–. En el primer cuarteto, García Nieto presenta a Toledo como una cuna mecida por el Tajo, que arrulla sin cesar con su fluir al Niño; un río Tajo «cantarín» –de sonido suave y agradable al oído–, que nos recuerda los versos finales de la estrofa 8 de la Égloga III de Garcilaso de la Vega: «el agua baña el prado con sonido / alegrando la hierba y el oído»; y ese Niño es luz que llega para encender la vida, clara alusión metafórica a las palabras de Jesús transcritas por el evangelista Juan (8:12): «Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida». En el segundo cuarteto, el poeta se dirige directamente a ese Niño, usando verbos en segunda persona del singular del presente de indicativo, que adquiere así un valor intemporal, porque estas acciones se repiten siempre («cada día en la mañana»): «Tú naces..., levantas, abres..., nos das...»; y por toda la ciudad de Toledo («desde la Vega hasta Galiana»). El hipérbaton el verso 6 facilita el quiasmo «nombre-verbo/verbo-nombre»: «torres levantas, abres puentes». Y no son casuales las palabras elegidas por el poeta: «levantar torres» equivale a «construir fortalezas de carácter defensivo» –es decir, que en este Niño encuentra el hombre amparo–; y «abrir puentes» es tanto como decir que ese Niño está destinado a tender puentes (que es lo que etimológicamente significa «pontífice») entre Dios y los hombres. Y en el verso 7 se recurre de nuevo al hipérbaton («amor nos das»), un hipérbaton que, además de hacer más expresivo dicho verso, facilita tanto su esquema rítmico (endecasílabo heroico, con acentos –en este caso– en las sílabas 2.ª, 4.ª, 6.ª y 10.ª: «y amor nos das al paso de las fuentes»), como el encabalgamiento oracional («que van desde la Vega hasta Galiana»), todo lo cual le da al cuarteto un ritmo suave y sostenido. En el primer terceto se produce un «cambio de perspectiva» –llamémosle así–, pues aunque continúa el diálogo –más bien el monodiálogo– del poeta con el Niño, los verbos se emplean ahora en pasado imperfectivo: «Tú me dabas... cuando nacías... y con amor ponías». Es decir, que el poeta retrocede en el tiempo a épocas pasadas de niñez y juventud, en acciones que también se repetían siempre («año tras año»): eran los tiempos en que la Navidad –y el concepto de amor que lleva aparejada– anidaba en su corazón, convertido en un mimético «Portal de Belén»: «y con amor ponías / tu portal en un pecho que era el mío». Tampoco es casual que ciertos acentos rítmicos recaigan en las palabras «fe» (verso 9, sílaba 6.ª), «amor» (verso 10, sílaba 8.ª) y «pecho» (verso 11, sílaba 6.ª), palabras que resumen la situación emocional y espiritual en que el poeta se encontraba cada vez que el Niño nacía. De ahí que el segundo terceto comience con un verso hábilmente montado, tanto por el juego de tiempos verbales como por la repetición de las palabras Niño/niño –que sitúan, frente a frente, al Niño de Belén y al poeta–: «Sabes, Niño, que fui niño en Toledo» (pues, en efecto, en Toledo estuvo viviendo García Nieto cuando era pequeño). Y, convertido ya en hombre, viene la súplica a ese Niño, en presente de imperativo que inicia el verso 13, montado sobre un expresivo hipérbaton: «Quita del hombre que ahora soy el miedo»; verso que se proyecta mediante encabalgamiento sobre el 14: «miedo / a darte en pago un corazón vacío». El poema termina, pues, con la sincera expresión de los temores del poeta a perder esa fe de niño –que se exteriorizaba cada Navidad–, convencido de que en ese Niño encontrará la superación de sus inquietudes; todo lo cual se concentra en la fuerza de una sola forma verbal: «quita». Porque ese Niño «sabe cómo y cuándo / llega la luz para encender la vida» (versos 3-4).
Referencias contextuales.
Cf. blog de Eduardo Sánchez Butragueño: «Toledo olvidado».
Cf. MARTÍNEZ RUIZ, Florencio: «Galiana». ABC, 14 de febrero de 1987.
Cf. CALVO, Mariano: «José García Nieto, el poeta que fue niño en Toledo». ABC, 6 de diciembre de 2014. Puedes comprar el libro en:
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