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Noelia Vicente Selma
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Noelia Vicente Selma

"Zona de grises", de Noelia Vicente Selfa.

Los libros del Mississippi (2026)
miércoles 06 de mayo de 2026, 12:11h

Noelia Vicente Selfa (Alicante, 1976), autora de Zona de grises, es licenciada en Filología Hispánica y graduada en Estudios Superiores de Danza. Como autora de ficción ha publicado, además del que hoy reseñamos para TODO LITERATURA, dos libros de relatos: En… (Diversidad Literaria, 2015) y Cuatro por cuatro (Olé libros, 2020). Es coautora de Danza contemporánea: técnica y creatividad (Universidad de Alicante, 2007) y ha participado en el proyecto de foto-relatos Tan cerca, tan lejos (2013). Ha publicado asimismo relatos breves en el Diario Información (2007), en Pluma, Tinta y Papel II (Diversidad Literaria, 2013), y en Carne para el perro nº 5 (Letras de Contestania, 2022). Noelia (que ha bailado en una compañía de danza contemporánea y trabajado como correctora de textos en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes) escribe artículos especializados en la revista Danza en escena y en el blog Danza, Literatura et Alli. Y desde 2007 es docente en la especialidad de Danza Clásica en conservatorios profesionales.

Zona de grises
Zona de grises

Julio Cortázar decía que los relatos «no son nunca, o casi nunca, problemáticos: para los problemas están las novelas, que los plantean y muchas veces intentan soluciones». El argentino resaltaba la potencialidad del relato; cómo «uno logrado tendrá una proyección que despierte una larga serie de aperturas mentales y psíquicas». Para sorprenderse luego con que algo bien alejado del juego abierto que supone cualquier novela (en la que entra y cabe todo), ese «orden cerrado» del cuento, genere el tipo de narración que, como pasa con algunas fotografías, nos deja un mayor poso. Y, precisamente, esas expansiones mentales y profundas huellas referidas por un maestro del género como Cortázar son las que regalan cada uno de los once cuentos que conforman esta inolvidable colección que hoy nos ocupa.

Tras reseñar en su día el primer –y prometedor– libro de ficción publicado por Vicente Selfa, En…, en los nuevos –y maduros– relatos de Zona de grises encontramos personajes que no están nunca, como plantados figurones, al servicio de la trama para que esta avance. Que el mecanismo del cuento, sus elementos estéticos y su combinatoria literaria, permanezcan subordinados a los personajes, como sucede aquí, nos resulta garantía de éxito y de goce lector. Hablamos, de ellos y ellas, siguiendo un criterio de género.

Un primer grupo de relatos de Zona de grises está protagonizado por mujeres.

Aquí tenemos a dos que, decididas a encontrar su lugar en el mundo, consiguen llevar a la práctica, al precio que sea, sus más deseados sueños:

En «El manuscrito» una novelista consagrada recuerda cómo el robo del manuscrito enviado a la vecina fue el inicio de su prolífica carrera literaria. Desde la sensación de culpa, el relato ilustra la premisa de que ante la posibilidad de materializar un sueño todo parece valer –y demuestra, también, cómo prestigio y fama siguen siendo para los perversos; cómo los justos se quedan sin lograr el éxito. «La fiesta» viene protagonizada por una escritora española de viaje por los Estados Unidos que, tras un accidente, socorre a una celebrity. Invitada por ella a una exclusiva fiesta en su mansión californiana, al modo de Gatsby, la dueña no aparece y la española deberá esforzarse para darse a conocer entre tanto ilustre desconocido.

«Qué increíble le resultaba sentir que era ella la que había escrito la novela, cada uno de sus capítulos, las imágenes, las expresiones; era suya, suya y de nadie más, repetía como un mantra en momentos de dudas y desconcierto, hasta alcanzar una exaltación próxima al delirio». (De «El manuscrito»).

La pasión lésbica sacude el corazón de dos parejas femeninas:

En «La mirada del deseo» dos actrices, una famosa, casada y con hijos, y otra menos conocida, soltera, coinciden en una serie para televisión. Janet, fiscal del Estado, es la protagonista y la otra, quien narra, es jefa de investigación en la policía. La serie exige escenas lésbicas. Siendo ambas heterosexuales, y sin haber tenido nunca intimidad amorosa con una mujer, ensayando esas tan comprometidas escenas descubren cómo se atraen cada vez más. «En la mesa reside la clave» Luna y Luisa trabajan dentro del mismo edificio. Aunque solo coincidan en el ascensor, por las anotaciones en sus diarios íntimos se descubre cómo están, la una de la otra, apasionadamente enamoradas. Sus tímidos acercamientos (Luna llega a seguir a Luisa hasta el Museo del Prado) no acaban de culminar en un encuentro.

«Luisa – 29 de octubre de 2020

Me miro en el espejo antes de salir de casa, con la mascarilla puesta. ¿Podría reconocerte si te viera por la calle? Repito tu nombre mientras me llevo la mano al corazón: es mi forma de abrazarte. No puedo olvidarte, me invade una nostalgia de lo que no fue». (De «En la mesa reside la clave»).

Ante los rigores en sus ocupaciones, otras dos damas dan con la forma de evadirse de tan desagradables realidades:

En «Violante» una sacristana vive, sola, en una austeridad que es casi pobreza. La mujer apila monedas desparramadas que recoge del suelo de la iglesia. A cada moneda sigue el rito de contabilizar la cada vez mayor cantidad espigada. Tras un sueño premonitorio decide devolver su botín, pero algo imprevisto sucede entonces. En «Matilde» la dueña de una tienda de comestibles, ante las agresiones de la vida cotidiana, imagina cómo respondería ante ellas si fuese la violenta mujer que no es. Al ir a denunciar un robo, intuye a qué pueden llevarla sus alocadas ensoñaciones.

«En ese momento, aprovecho el despiste de ambos, cojo el bate y le propino a la mujer un buen golpe en la espalda que la hace caer de rodillas. El hombre, sorprendido, se agacha para asistirla, y, en ese instante, le pego un batazo en la cara que le hace caer hacia atrás. Le debo haber roto la nariz, sangra muchísimo, el pasillo está todo salpicado». (De «Matilde»).

El breve segundo grupo de este libro muestra una pareja muy diferente de hombres:

«Road movie» cuenta, en clave tragicómica, la pesadilla vivida por un crítico literario a quien diagnostican un mal incurable. Solo le queda un año de vida. Angustiado porque el tiempo se le acaba, decide ponerse en la carretera para tratar de encajar el duro golpe y, de paso, descubrirse a sí mismo. Lo real y lo soñado pronto se entremezclan en su viaje. «El aliento» muestra a un alcohólico a quien su pareja acaba de dejar y que se consuela aumentando su dosis de gin-tonics. Harto de su casa, sale para seguir la juerga. La visión de un mendigo en las últimas con un cartón de vino acaba siendo un acicate para intentar arreglarlo con su pareja.

«El doctor ha intentado disimular la noticia con palabras vacías, con eufemismos baratos de Facultad de Medicina de tercera clase; pero la realidad es que te queda menos de un año de vida y que no sabes muy bien cómo va a ser el final, aparte de doloroso e indigno como ser humano». (De «Road movie»).

El tercer y último grupo de Zona de grises aglutina a parejas de ambos sexos que trabajan juntos, y a cuatro personas sacudidas por un escabroso suceso:

«La bailarina y el arpista» une a una bailarina de compañía y a un arpista de orquesta para actuar, ya solos. Debido al inopinado éxito logran un insuperable nivel de perfección técnica y artística. Unas puntualizaciones hechas desde un blog acarrean el inicio de una competitividad entre la pareja que acaba siendo encarnizada. «La curiosidad del gorrión» se ocupa de un matrimonio de científicos en el mismo laboratorio. Tras recibir él un importante premio (el mismo que ella ganó hace dos años) les llega la oportunidad de investigar en el extranjero, con todos los medios a su alcance. Pero enterarse de que será el subordinado de su mujer descoloca al marido. «Desenfocados» comienza con la felación que una prostituta fina practica a un político en su despacho. Analizada desde cuatro puntos de vista, el placer físico venal radiografía varias maneras de estar situado en esa jungla sin ley que es hoy el mundo laboral.

«Meticuloso a más no poder, un bloguero encontró minúsculos puntos negativos que apenas resaltó, tanto de él como de ella. Ambos se sintieron heridos en lo más profundo de su ser, y, aunque no quisieran confesarlo, aliviados de que la “culpa” de la imperfección fuera compartida». (De «La bailarina y el arpista»).

«Jamás se le ocurrió que tendría relaciones con una mujer de esa forma, pagando, tratándola como un objeto de placer, como un consolador sin sentimientos; en este instante se considera un ser rastrero, el peor de los humanos, se avergüenza de sí mismo». (De «Desenfocados»).

«El cuento es una narración breve de contenido expectante que se intensifica y aclara en el desenlace». Sobre esta canónica definición, el sabio quehacer de la autora alicantina va de la mano… hasta sus palabras finales. Así es: eludiendo revelaciones imprevistas, más aún, cualquier golpe bajo de efecto, Zona de grises deja a lo esencial, como dice Eduardo Boix, «a menudo fuera de foco». Los interrogantes suscitados por el destino de cada protagonista, o el que queden sin resolver conflictos graves, es lo que ilumina a este grupo de asombrosas y bellísimas historias. Cómo encaran estos seres de ficción sus presentes duros, inciertos, perdura tras la lectura. Les recomendamos sin duda once relatos narrados en estado de gracia… ¡No se pierdan Zona de grises!

ENTREVISTA CON NOELIA VICENTE SELFA

JOSÉ MANUEL LÓPEZ MARAÑÓN: Desconocemos el tiempo invertido en terminar esta Zona de grises que usted acaba de publicar con Los Libros del Mississippi. Pero estamos ante unos relatos conseguidísimos que, suponemos, han debido costarte trabajo sacar adelante dada la casi invisibilidad de los hilos que sustentan su delicadísimo armazón narrativo.

Díganos, ¿ha sido un libro especialmente complicado de planear y escribir?

NOELIA VICENTE SELFA: Creo que fueron varios los puntos de partida de los relatos: mi visita en reiteradas ocasiones al Prado, a contemplar El jardín de las delicias, y la Mesa de los pecados capitales, también la necesidad de dar rienda suelta a la escritura después del libro anterior, en el que la extensión estaba muy controlada. Pero no nació este libro como un proyecto en sí, sino que fui escribiendo, soltando la pluma con algunos relatos que fueron inspirados por lo que una ve o escucha o contempla. También el gusto por experimentar, por atreverme a probar nuevas formas de escribir cambiando las perspectivas con diferentes visiones dentro de un mismo relato o simplemente por atreverme a decir o contar sin cortapisas morales.

Poco a poco me di cuenta de que un hilo podía unir todas estas historias independientes; de forma inconsciente, había estado poniendo de relieve los pecados capitales: la ira, la gula (alcoholismo), la envidia, los celos, la pereza (el relajo en la búsqueda de la espiritualidad), la soberbia, la lujuria. Completar este «listado» me pareció interesante, divertido y todo un reto.

Hay tiempo dedicado en ellos, por supuesto, aunque no podría decir cuánto exactamente, pues no me exijo plazos en la escritura. Sí que es cierto que, en ocasiones, rumio las ideas antes de escribirlas durante varios días. Dejé dormir los relatos durante bastante tiempo (más de un año), y, después, volví a ellos con una mirada extraña, como alejada de mí misma. Supongo que eso me ayudó a perfilar algunos detalles; he de decir que poco cambié, tan solo algunos detalles, como, por ejemplo, los finales de «La bailarina y el arpista» y también de «Violante».

J.M.L.M.: Sus relatos son frescos y ágiles algo que, salvo algún «genio» esporádico, pretendidamente barojiano, solo se consigue volviendo sobre los textos una y otra vez.

¿Puede confirmar que es una perfeccionista en lo referente a las cuestiones del estilo y, también, a las correcciones de erratas?

N.V.S.: Por lo general, soy bastante perfeccionista, sí, y, como le he comentado, necesito comprobar que la idea que tenía sobre cómo expresar algo queda tal y como yo lo imaginaba. También es cierto que, a veces, dejo que las manos vayan por delante de la mente, es decir, continúo la historia dejándome llevar por la idea que surge con fluidez sin parar la «inspiración». Eso sí, después vienen las vueltas sobre lo escrito, las correcciones y las lecturas en voz alta, una forma de aprehender el texto desde otro punto de vista, como si se lo leyera o explicara a alguien. En los momentos de duda o de estancamiento, dejo el relato y lo pienso.

La revisión del texto es importantísima y debe hacerse con cuidado, aunque, en ocasiones, con las lecturas reiteradas, se pierda la visión real de lo que está escrito y se trabaje con la memoria. Por eso es importante que otros ojos puedan verificar el trabajo.

Más de la mitad de los once relatos de "Zona de grises", concretamente seis, están protagonizados por mujeres de todo tipo, desde novelistas de éxito y viajeras pudientes a famosas actrices, pasando por otras sin demasiada suerte en la vida como una sacristana o la dueña de una pequeña tienda de comestibles. Solo dos relatos tienen como protagonistas a hombres...

J.M.L.M.: ¿Ha sido quizá por comodidad el preferir que las mujeres protagonicen mayoritariamente su libro?

N.V.S.: La verdad es que no me he planteado la cuestión de género a la hora de escribir los relatos. Quizás, de una manera inconsciente, me resulte más cómodo expresarme en determinadas ocasiones como mujer, sobre todo en relatos donde la sexualidad tiene un papel importante. En el relato «La curiosidad del gorrión» sí que fue deliberada la decisión, pues juego con la envidia, el qué dirán de una sociedad todavía poco abierta a que las mujeres estén por encima no solo en inteligencia, sino en éxitos en cuanto a la carrera profesional y a la concesión de premios. En «Desenfocados» expongo la misma situación vista desde puntos de vista distintos, dos hombres y dos mujeres, pues cada uno aporta una visión parcial de la realidad que el lector debe recuperar, en forma de puzle.

J.M.L.M.: Ya en su libro de microrrelatos En… que leímos, y también reseñamos, mostraba usted tendencia a dejar abiertos los asuntos para que el lector se implicara y participase en sus resoluciones. Los finales sin cerrar, los interrogantes suscitados ante cada última palabra en sus relatos de Zona de grises, como dijimos en la reseña, los iluminan de muy personal manera.

Ante este tipo de finales usted como autora, obvio, dispone de más claves para una «correcta» interpretación de cada uno.

Díganos ahora: ¿no le entra algún tipo de desazón al imaginar las conclusiones a las que puedan llegar lectores de todo tipo que se acerquen a su tercera obra de ficción?

N.V.S.: Como he comentado antes me propuse, al escribir estos relatos, no preocuparme tanto del qué dirán. En todo caso el lector siempre interpreta; una vez que el texto está en sus manos, deja de pertenecernos y forma parte de un universo personal que es desconocido para nosotros. El lector imagina más allá de nuestras historias, o no, y las vive adaptándolas a sus conocimientos, a su imaginación y a su sensibilidad.

Es cierto que me gusta dejar, en ocasiones, los finales abiertos o ambiguos, no dar por concluida la historia y permitir al lector que la concluya según su propia interpretación de los personajes. Yo sé cómo termina para mí el o los personajes, sin embargo, me resulta muy gratificante poder compartir la visión particular que el lector ha tenido del relato y cuál piensa que es «su» final.

J.M.L.M.: Varios finales, no todos, son poco dados al optimismo. De ellos se infiere una mirada escéptica ante la vida, una escasa confianza ante el ser humano…

¿Encuentra la vida tan dura e inhóspita como aparece servida en relatos crudos como «El manuscrito» nuestro favorito del libro, «Matilde» o «Desenfocados»? ¿Será la literatura una forma de catarsis para sobrevivir?

N.V.S.: Lamentablemente sí: la vida es compleja, dura y las situaciones diarias nos ponen a prueba constantemente. En algunas situaciones, por muy firmes que sean nuestras convicciones, acabamos fallando, siendo vulnerables. Muchos de los personajes de los relatos saben que están actuando mal, que sus acciones recaerán negativamente sobre los demás, y, aun así, no pueden controlar sus impulsos, sus instintos.

En estos relatos juega un papel crucial el azar; confieso que pienso que la vida es cruel a veces: no siempre el bondadoso recibe el premio, no siempre el más preparado llega al lugar que le corresponde, no siempre el deshonesto recibe su merecido. Quizás sea una visión un tanto desalentadora, pero, hoy en día, y por lo visto, hace un tiempo, cuando escribí los relatos, es un pensamiento del que estoy totalmente convencida.

También creo que es importante el perdón, la disculpa, el arrepentimiento, no desde el punto de vista católico sino desde el punto de vista de la moral.

¿Es la literatura un espacio de salvación? Sin lugar a dudas.

J.M.L.M.: Al tanto de su vida por la información que la editorial suministra a los compradores de Zona de grises, a nadie que lea relatos protagonizados por escritoras («El manuscrito» y «La fiesta; pero también el del crítico literario de «Road movie») o por una bailarina («La bailarina y el arpista») puede achacarse el identificar a tales seres ficticios con su autora.

¿Hasta qué punto las profesiones suyas propician un fondo autobiográfico a esos relatos?

N.V.S.: Las vivencias de cada persona forman parte de ella, y siempre es más fácil hablar desde la perspectiva de lo conocido. Tengo experiencia en el escenario, sé lo que es ensayar con otras personas, con músicos y otros bailarines; conozco las diferentes emociones que se experimentan tanto en la sala de ensayo como en las tablas. Esto me permite describir algunas escenas con mayor conocimiento de causa, sí. De igual modo me he inmiscuido en el mundo literario; también puedo explicar el proceso creativo desde mi punto de vista. Pero más allá de eso, las historias son totalmente inventadas, no tengo puntos en común más allá de la profesión que describo, al menos, en los relatos de este libro: no he estado nunca en una fiesta con personas relevantes del cine ni me he lanzado a la carretera sin rumbo fijo, apenada por una mala noticia..

J.M.L.M.: Libro a libro consigue usted hacerse un nombre en el dificilísimo arte (solo superado por la poesía) del relato. En España este género vive una época gloriosa que, por motivos exclusivamente comerciales y de visibilización, hoy no vamos a insistir en ellos, no goza de los seguidores que debiera.

La pregunta es tan poco original como, por desgracia, obligada: ¿No se plantea continuar su carrera literaria con una novela (viniendo de usted estamos seguros de que no se trataría ni de una investigación criminal, ni, muchísimo menos, de un thriller)?

N.V.S.: Pues he de decirle que tengo una novela escrita, y por supuesto, no es un thriller ni una novela romántica, ni histórica; pero habrá que esperar para que, con suerte, vea la luz. Los tiempos para los escritores poco conocidos son diferentes a los de renombre. Tenía escrito Zona de grises casi por completo cuando salió Cuatro por cuatro, pero al estar recién publicado el primero, decidí esperar, pues el recorrido que tiene un trabajo depende casi en exclusiva del propio autor. Después tuve mucho problema para encontrar editorial por el motivo al que usted alude: los relatos no son, salvo algunas excepciones, muy comerciales, y los argumentos que desarrollo, tampoco. He seguido escribiendo, sí, incluso algunos relatos más para otro proyecto y también me he atrevido con la poesía. Sin embargo, he tenido una época que yo califico de «desierto», algo desanimada por el trabajo que cuesta encontrar, en un mercado saturado, un pequeño espacio.

Sin alardear de mis escritos, nada más lejos de la realidad, soy consciente de que no escribo literatura comercial o sobre los temas que más venden: y eso tiene un precio. Es por eso que estoy agradecida a Libros del Mississippi, con Antonio Benicio Huerga, por la oportunidad que me ha brindado al sacar a la luz estos relatos.

J.M.L.M.: Para terminar… ¿Puede nombrar algunos autores de cuentos que le gusten e influyan en su obra, y, también, cuáles serían sus escritores preferidos?

N.V.S.: Puedo comentarle los autores de relatos que leo, sin embargo no sé si influyen en mi obra o no, quizás sean otros los que deban emitir un juicio sobre mis influencias. Últimamente he leído bastante a Stephan Zweig, pero he de decir que soy una lectora curiosa y me gusta acercarme a autores de diferentes países. Por supuesto que he leído a Cervantes, Valle-Inclán, Cortázar, Borges, Javier Marías, Nabokov, Munro, Murakami… No todos me han llegado igual, aunque creo que cada uno aporta algo diferente, un mundo particular y asombroso al que vale la pena acercarse o, incluso, sumergirse. También soy una gran lectora de novelas (Saramago, Javier Marías, Nabokov, Iris Murdoch, O’Farrell, Nickolas Butler...); de poesía, algo menos. Hay grandes escritores hoy en día, pero no todos son famosos, por desgracia, pues no se ciñen a los temas comerciales o no tienen ese punto de suerte para brillar en las listas de los más vendidos.

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