Desde su infancia, Juan Francisco ha experimentado una sensación de no pertenencia en su familia. La pérdida de su madre dará inicio a un proceso gradual en el que surgirá la necesidad de escapar de su pueblo, transformarse y construir una nueva identidad. Su éxodo nacerá de esa urgencia, primero dirigiéndose hacia Bogotá y posteriormente hacia Madrid. En esta última ciudad, el arte se transformará en su único refugio, su nueva patria y su espejo. En los talleres y galerías de Madrid, intentará recomponer los fragmentos de su historia personal, invitándonos a reflexionar sobre la pregunta que nos acompañará durante toda la lectura: ¿hasta qué punto son verídicos esos recuerdos que consideramos propios? ¿Qué tan confiable es, al final, nuestra memoria? Con una prosa impecable, María del Mar Ramón teje unas bellísimas imágenes en torno a la lenta caída de un hombre que se dejó llevar por la historia que él mismo creó sobre su vida y sobre las personas que lo amaron. ¿Que dificultad ha supuesto para la autora meterse en la piel de un hombre mayor, y explorar sus afectos? No sé si lo definiría en términos de dificultad, más bien de tiempo, atención y observación. Pero es bastante divertido. Martín Kohan dijo una vez algo con lo que me identifico plenamente: La literatura que a mí me interesa hacer se trata de construir un punto de vista, y cuanto más distinto sea al mío, más me interesa. Construir a personajes que piensan diferente a mí y que actúan distinto, es algo que me resulta muy estimulante. Y es muy interesante como ejercicio, porque poner la propia vida a disposición de un personaje que termina actuando de maneras diferentes, un poco termina por demostrarte que nadie es taaaan distinto, y que hacer cosas deleznables no es algo imposible, o al menos no es impensable. Esa frontera moral me interesa. ¿Y escribir en primera persona, utilizando la voz del personaje que narra, que supone una introspección aún mayor en sus pensamientos y sentimientos? La primera persona sí supuso un desafío técnico importante para mí en esta novela. Yo había empezado a escribirla en tercera (la voz narrativa de mis dos novelas anteriores), y cuando la memoria se presentó como el conflicto principal del personaje, entendí que tenía que estar en primera persona porque es uno quien recuerda, y ese recuerdo es sesgado y tramposo. Y, además, el personaje debía ser un narrador poco confiable. Fue muy interesante y difícil para mí construir esa voz narrativa, más que por los temas de verosimilitud de un hombre mayor, por los temas estructurales en los que la voz se mantuviera siempre del mismo lado y al mismo tiempo diera ciertos indicios. La primera persona es hermosa, te permite un juego que parece más limitado, pero cuya limitación dispara la creatividad de formas insólitas. Creo, con mucha emoción, que la literatura es eso: juego y desafío. Sólo hay un capítulo escrito en tercera persona, el 19, desgarrador, emotivo y hermoso. ¿También puede haber belleza en la muerte? Mi idea con esa parte era justamente esa: escribir algo que pudiera capturar la enorme belleza, sensibilidad, generosidad y amor que rodea algunas muertes. Creo que la muerte tiene la potencialidad de ser bella, y que eso no resta ni la tristeza, ni la nostalgia ni la falta. Tenemos mucho miedo de aceptar la belleza de algunas muertes, como si fueran sentimientos opuestos, y yo creo que todo convive ahí. La familia es el grupo primario de referencia, núcleo de amor, de transmisión de normas y valores, que da seguridad y confianza… Según Freud, es la intersección entre prohibición y satisfacción. ¿Las heridas producidas durante la infancia son las únicas que no sanan nunca? No estoy segura de esa afirmación. Justamente, no sé por qué hay heridas que no sanan nunca. Sé que las hay. Sé que las dimensiones del daño son muy arbitrarias. Hay personas sometidas a los mismos daños, que procesan el asunto de una manera totalmente distinta en la adultez. Por supuesto que hay decisiones y trabajo sobre eso: terapia, hacerse cargo, dar con una comunidad comprensiva, con buenos profesionales de la salud. Pero, aun así, hay cosas que zanjan una herida en algunas personas y en otras no; y ahí está la verdadera tragedia, que no podemos reaccionar de manera estandarizada ni siquiera cuando nos sucede lo mismo, creo que ese es el corazón del conflicto de la novela, y un tema que a mí me interesa muchísimo. Por la infancia, supongo que mi síntesis favorita es uno de los epígrafes de la novela de Louise Gluck: “Miramos al mundo una vez, en la infancia El resto es memoria”. El protagonista de "La memoria es un animal esquivo" es un hombre derrotado, hundido, que nunca se ha sentido aceptado ni reconocido y que, permanentemente, busca ser amado. ¿El dolor que arrastra le impide reconocerlo y conservarlo cuando lo tiene cerca? Yo creo que esa pregunta depende de cada lector o lectora. A mí me gustó plantear el dilema, para nada original, de qué hacemos con lo que han hecho de nosotros. El personaje es producto de un montón de situaciones horribles, pero también tiene un temperamento y una agencia. Me gusta que cada persona saque conclusiones sobre lo que pudo o no pudo haber hecho con lo que le tocó, y que esas conclusiones sean distintas. Es lo que más me gusta de la literatura que busco hacer: que la decisión sobre la moralidad del personaje la termine tomando el lector. Su obra aborda temas importantes que toca de manera tangencial, como los abusos a menores o la muerte digna, ¿por qué no ha querido profundizar en ellos? Porque no es una novela sobre esos temas. Mi intención era escribir una especie de bildungsroman, donde el trauma sobrevolara la novela, pero que también pudiera contarnos la vida de un personaje y, en especial, su vínculo con su familia. Sabemos de la vida de él cada vez que aparece la familia, es esa relación lo que marca el paso del tiempo y es a través de ese vínculo que recorremos setenta años. Lo único en lo que se profundiza es en la visión que el protagonista tiene sobre su vínculo con sus hermanos y su papá, y desde su perspectiva. Creo que, justamente, al ser una novela sobre toda una vida, van pasando los temas y se van convirtiendo en narraciones o anécdotas que narra el personaje. Me interesa mucho la muerte digna y me aterran los abusos de menores, pero creo que esta es la manera en la que a mí me interesa abordarlos y es cómo afectan, de maneras muy distintas, las vidas de quienes los rodean. Habla del silencio, de las cosas no dichas en la familia, de los vínculos que se establecen entre los miembros, de la soledad, de la identidad que se construye en las interacciones… pero a nuestro protagonista ¿le puede pesar tanto lo no dicho? Bueno, creo que la decisión de que el protagonista y los personajes principales fueran hombres tiene que ver con eso: yo quería escribir una novela sobre el silencio de una familia. Como el silencio como algo que también se hereda, el vacío de relato como una forma de mitología familiar. Entonces me pareció que los personajes tenían que no poder hablar las cosas que duelen o avergüenzan, y por eso me interesaron varones de esa generación. En ellos, hablar de abuso sexual infantil, de orfandad, de bisexualidad, no parece una elección sino directamente un impedimento físico. Fíjate que en la novela nunca hablan del abuso sexual, apenas dicen “lo que nos pasó”. Hay una incapacidad para usar la palabra y asignarle lenguaje al trauma, el dolor o la vergüenza, que pienso que es muy característico de las masculinidades y sobre todo de hombres de esa generación de los sesenta y los setenta.
Yo soy mi memoria, afirma Juan Francisco. Pero la memoria no sirve solo para codificar, almacenar y recuperar información, sino que también es un proceso activo, reconstructivo y poco veraz. ¿Es capaz de destrozar la vida de una persona cuando esta se ancla, fundamentalmente, en los hechos negativos? Sin duda. La novela va un poco de eso. Al mismo tiempo, y acá está la otra tragedia que a mí me interesaba trabajar, yo no creo que uno pueda elegir lo que recuerda. No creo que sea un proceso voluntario y menos creo que uno pueda elegir cuáles de esos recuerdos que se han fijado en la mente son los que conforman la identidad. Qué se hace con eso es otra discusión, pero a mí me interesa pensar la identidad desde lo que no puede controlarse. Nació en Colombia, aunque vive en Argentina y también estuvo en Madrid. ¿Qué papel tiene su tierra en esta novela? Es curioso porque yo vivo en Buenos Aires hace muchos años. Amo Buenos Aires, disfruto de su modo de vida, de su cultura, de su idiosincrasia (a pesar de padecer este momento político, por supuesto). Sin embargo, las novelas que he escrito suelen situarse en Colombia. Mi país me obsesiona, me interesa describirlo a la distancia, investigar sobre territorios que no conozco a los que casi no fui, leer obsesivamente sobre política e historia colombiana. Hay, quizás, una pretensión migrante un poco ingenua en entender el país una vez una se va de él. No creo que sea posible, por supuesto, pero la distancia nos da la ilusión de que se puede observar y narrar más ordenadamente. Una persona que emigra, ¿siente siempre el desarraigo? ¿se cura alguna vez la sensación de no pertenencia? ¿se sentirá permanentemente en el grupo de los otros? Es una pregunta que me es muy difícil responder. Realmente no lo sé. Yo creo que, en los casos más afortunados, uno aprende a hacer de sus afectos una patria. Y volvamos a esos casos afortunados, donde es una migración elegida, en buenas condiciones, donde no se sufre de xenofobia, aporofobia o formas mezcladas de racismo y xenofobia, donde tienes acceso a salud y educación, donde te has armado de una red de afectos, familia y amigues que pueden darte una mano siempre que lo necesites, donde has podido hacer buenos trabajos, tener acceso a crédito, a beneficios bancarios, por qué no, imaginemos a este migrante suertudo que incluso tiene acceso a un fondo de jubilación en el país en el que ahora reside: aun así, hay una forma de ese desarraigo que a mí me gusta imaginar como una especie de distancia, siempre hay unos centímetros entre lo que se sabe y lo que se siente que aprender, siempre hay una distancia que falta para comprender del todo el contexto, el humor, la infancia que todos comparten y un migrante no. Y esa distancia existe y está ahí, como esa marca permanente de la alteridad. Por supuesto, no diría ni que es un problema y hay muchos asuntos mucho más urgentes de los que ocuparse en una vida, pero es cierto que hay un estado nostálgico, una sensación de estar incompleto en todos lados que acompaña a la mayoría de migrantes que voluntariamente y sin una situación de exilio o urgencia económica se van de sus países de origen. A mí, en lo personal, esa incomodidad me parece un lugar fértil para crear. Me gusta preguntar desde esa inconformidad permanente, me gusta observar desde ahí. La autora explora la fragilidad de los recuerdos, pero ¿qué papel tiene la culpa en el personaje que ha creado? Creo que Juan Francisco es un personaje muy culpógeno, pero la forma que tiene su culpa solo opera en función de su ego. Yo creo que una forma de culpa, para mí entendida como el remordimiento que nos da lastimar a otros y otras, es fundamental para motivarnos a hacer mejores acciones, o hacer cosas que no querríamos pero que hacen bien a los demás. A mí me interesa ese sentimiento (más que la culpa como mandato, que existe, pero no es el caso de este personaje), sin embargo, creo que él nunca actúa fuera de su deseo. Entiende, se mortifica, pero hace exactamente lo que quiere hacer. De manera que es una culpa que solo satisface su obsesión con su inferioridad, que no deja de ser una forma de estar siempre pensando en él mismo. Resentimiento, culpa, miedo, búsqueda de identidad, soledad, familia… ¿le ha pasado también a usted una factura emocional trabajar todo esto? ¿cómo se ha sentido durante el proceso creativo? Tengo la suerte de disfrutar enormemente los procesos creativos y los procesos de escritura de mis novelas. Escribirlas, pensarlas, obsesionarme con ellas, comprometerme a largo plazo con su idea y su trabajo, que cada minuto de mi vida, cada conversación, cada observación, cada sentimiento, cada imagen que se me cruza por la calle esté a disposición de la historia que estoy escribiendo; todo eso es tan estimulante y fascinante como totalizante. Lo disfruto tanto, que quedo un poco agotada cuando termino, y necesito un tiempo de escribir otras cosas más breves, o no ficción, o dedicar mis ratos libres a explorar otras formas narrativas. Todas las novelas que he escrito son protagonizadas por hombres falibles, humanos y mezquinos. Esta, quizás, es la que lleva eso más al extremo, y es extremadamente divertido y desafiante crear personajes así, que piensen diferente a mí, que tengan un universo y unos comportamientos que yo no tendría. Por lo general quedo un poco extenuada, pero no por lo emocional (o no lo siento así), sino por lo obsesivo del trabajo. Pero de inmediato me pongo a pensar en otro proyecto. Creo que la ilusión de escribir otra novela, la idea, la imagen, pensarla, imaginarla, caminar mucho con ella en la mente, leer para ver a qué podría parecerse, todo eso es mi idea del futuro. Solo puedo planificar a largo plazo si se trata de las novelas que me gustaría escribir. ¿Qué ha aprendido y con qué mensaje le gustaría que se quedaran sus lectores? No me gusta escribir pensando en qué quiero que sientan los lectores. Me gusta sorprenderme con lo que, de hecho, sienten. Mi trabajo está más completo cuando no puedo predecir las emociones que va a generar lo que he escrito, es más emocionante así. Puedes comprar el libro en:
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