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Lanchas luchando contra el narcotráfico
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Lanchas luchando contra el narcotráfico (Foto: AI)

HONOR Y GLORIA A LA GUARDIA CIVIL

Acaban de fallecer dos guardias civiles en aguas de Huelva. El ministro del ramo ni ningún miembro del gobierno de la nación se han dignado a ir al funeral de las víctimas a presentar sus respetos a los familiares. Para la candidata del PSOE en las elecciones andaluces solo son muertos por accidente laboral, que no tienen derecho al reconocimiento de profesión de riesgo. Todo esto, nos lo cuenta Azucena del Valle en "Honor y gloria a la Guardia Civil". Sigue habiendo muertos de primera y segunda división y, después de la Benemérita. ¡Así nos va! Nuestro recuerdo para los servidores de la ley y nuestro pésame a sus familiares y compañeros.

Las rachas de viento helado se colaban por las rendijas de la puerta grande del viejo caserón solitario construido en lo alto del cerro, amenazando con acabar de desprender el canalón desvencijado pegado a las tejas, incapaz ya de engullir el caudal de agua que rebosaba por las paredes. Parecía como si las compuertas del cielo se hubieran abierto de repente soltando una catarata inmisericorde que lavara los pecados de toda la humanidad arrastrándolos al averno.

En la cocina, alumbrada por una botella de campin gaz, y una vela que la mujer ponía cuando había tormenta, crepitaban dos buenos troncos que encina que chisporroteaban alegres ignorando el vendaval que se había desencadenado fuera de la casa.

De repente, fuertes golpes en la puerta sobresaltaron a la pareja que se miró sorprendida. El hombre se levantó con premura y, sin preguntar siquiera, abrió la puerta y franqueó la entrada a aquellas dos sombras ateridas envueltas en capotes verdes de lana gruesa que costaba arrastrar, secos, y más ahora empapados por la lluvia. Los tricornios relucían, brillantes, como recién lustrados. Eran dos números de la benemérita que hacían la ronda nocturna por las dehesas desiertas de aquellos pueblos perdidos y sabían que, en aquella casa, siempre encontrarían el hogar encendido y un buen tazón de leche caliente con el que templar el cuerpo y descansar un rato de las inclemencias del tiempo.

Les gustaba charlar, contar anécdotas, y recuerdo que, uno de ellos, amante de la lectura, se sabía los nombres de todos los ministros del gobierno y me los dictó de memoria para un trabajo que había mandado la maestra. Entonces no había internet, sólo los periódicos censurados por el régimen. Siempre lo recordaré con cariño.

Pasaron los años y los malos tragos de hacer las rondas a pie, y a deshoras, cuando por aquellos lares tan solo había cazadores furtivos y algún quinqui famoso que detuvieron en aquellas tierras. Los land rover sustituyeron al coche de San Fernando y poco a poco los cuarteles de los pueblos pequeños se fueron abandonando para centralizarse en municipios con más habitantes.

Y aquellos guardias civiles de mi niñez tuvieron hijos que, como ellos, eligieron también servir al pueblo sin tener en cuenta los sacrificios y la entrega que requería el oficio. Ellos no tendrían que hacer, como sus padres, rondas por las dehesas cayendo chuzos de punta en noches heladas y negras. Lo suyo fue peor: llegaron los años de plomo. Una de las épocas más trágicas y duras que ha vivido nuestro país cuando una banda de asesinos defendía sus ideales con pistolas y explosivos destruyendo los sueños de cientos; segando la vida de jóvenes guardias civiles imberbes, y de muchos más, que eran destinados al norte arrastrando a sus familias al ostracismo, al silencio, al desasosiego, al miedo que no deja vivir, encerrados en cuarteles aislados del resto de habitantes como leprosos. Muchos pudieron volver a su tierra. En ataúdes, para descansar junto a sus sueños donde fueron felices, dejando viudas, huérfanos y padres desconsolados.

Todo aquel horror ha quedado atrás y el pasado se intenta borrar incluso de la memoria de los afectados. Como si no hubiera pasado. Como si la historia no se hubiera escrito con tanta sangre. ¡Qué más da! ¡Eran guardias civiles! ¡Gajes del oficio! ¡En todas las profesiones hay accidentes laborales!

Y siguen pasando los años. Años de bonanza económica, de modernidad. Ahora tienen ordenadores, drones, patrulleras veloces, chalecos blindados… ¡Todo un lujo para un simple guardia civil! ¿De qué se quejan si hasta tiene destino con playita cerca?

Muy fácil, señor ministro: se sienten desprotegidos e impotentes frente a organizaciones criminales cada vez más armadas y violentas. Sus chalecos antibalas no sirven para detener las balas asesinas que disparan las sofisticadas armas que utilizan los narcos. Les faltan medios y personal, sus patrulleras -si funcionan- no están adaptadas para frenar a las zodiacs que transportar la droga, no pueden utilizar material antidisturbios… No juegan en la misma liga que los narcotraficantes. David contra Goliat. Clanes criminales nacionales e internacionales campando a sus anchas, arrogantes, por nuestras costas.

Desmanteló el grupo operativo OCON Sur, que era el único grupo de élite especializado contra el tráfico de drogas y los ha dejado solos, abandonados a su suerte. Su fracaso es nuestro fracaso y nuestro dolor.

Pero no importa. Solo son guardias civiles. Daños colaterales. Muertos en acto de servicio. Otro accidente laboral.

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