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Khédija Gadhoum
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Khédija Gadhoum

DESPERTAR EN LAS RUINAS DE LA MEMORIA

Reseña del poemario "Cuando el hombre se despierta (instantáneas)", de Khédija Gadhoum. Publica El quirófano eEdiciones (Ecuador, 2025)
jueves 18 de junio de 2026, 21:44h

Escribía Georges Perec en Un hombre que duerme que llega un momento en que “algo se ha roto”. Ese instante de fractura, de conciencia súbita, de despertar doloroso frente a la realidad, constituye el núcleo simbólico sobre el que Khédija Gadhoum ha construido Cuando el hombre se despierta, probablemente el libro más complejo, maduro, desgarrado y reflexivo de toda su trayectoria poética.

Cuando el hombre se despierta
Cuando el hombre se despierta

Si en Celosías en celo la autora tunecina convertía la memoria en territorio de evocación y reconstrucción identitaria, y en Más allá del mar transformaba el tránsito migratorio en una posibilidad de reconciliación con la propia existencia, esta nueva entrega se sitúa en un lugar mucho más incómodo: el de quien decide abrir los ojos y enfrentarse a las heridas que han permanecido demasiado tiempo ocultas bajo el polvo de la costumbre.

No es casual que el libro se abra con las voces de Georges Perec, Fernando Pessoa, Hatif Janabi, Federico García Lorca o Walt Whitman. Todos ellos participan, de una u otra forma, de una misma búsqueda: la necesidad de comprender aquello que permanece oculto bajo las apariencias. “Buscar la quemadura que mantiene despiertas las cosas”, reclamaba Lorca, en Poeta en Nueva York. Y precisamente esa quemadura es el núcleo sobre el que se articula este poemario.

El hombre que despierta de Gadhoum no es un individuo concreto. Es una conciencia. Una figura simbólica que atraviesa sesenta y tres instantáneas poéticas para enfrentarse a la violencia, al exilio, a la memoria, al deseo, a la injusticia, al racismo, a la religión convertida en instrumento de dominación, a la fragilidad del cuerpo y a las múltiples máscaras con las que la sociedad intenta ocultar sus contradicciones. Estamos ante una obra coral en la que confluyen noticias de prensa, episodios históricos, referencias cinematográficas, canciones populares, experiencias autobiográficas y reflexiones existenciales que terminan componiendo una vasta cartografía del dolor contemporáneo.

La poesía de Khédija Gadhoum siempre ha estado vinculada a la experiencia transterrada. No podía ser de otra manera. Nacida en Túnez y residente desde hace décadas en los Estados Unidos, la autora pertenece a esa generación de escritores hispanomagrebíes que han convertido el desplazamiento geográfico y cultural en uno de los ejes fundamentales de su escritura. Sin embargo, en este libro el exilio ya no aparece como simple tránsito entre dos espacios. Lo que emerge es algo más profundo: la constatación de que las fronteras más difíciles de cruzar no son las físicas sino las interiores.

El lector encontrará aquí una mirada especialmente crítica hacia determinadas estructuras patriarcales heredadas de la tradición. Poemas como el dedicado a la “estación del hombre” muestran con extraordinaria intensidad el universo de expectativas, imposiciones y silencios que han condicionado durante siglos la vida de muchas mujeres. Pero sería un error reducir el libro a una mera denuncia cultural o social. La autora ejerce idéntica severidad sobre la sociedad de acogida, sobre el consumismo contemporáneo, sobre la memoria esclavista estadounidense, sobre la violencia armada o sobre las nuevas formas de alienación que produce el capitalismo tardío. La crítica se dirige siempre hacia una misma realidad: la incapacidad del ser humano para reconocer al otro como semejante.

Hay algo profundamente doloroso en estas páginas. Un dolor que no procede únicamente de la experiencia individual sino de la conciencia histórica. Gadhoum contempla los atentados de París y Orlando, las migraciones desesperadas de los harraga, las heridas de la esclavitud, los cuerpos borrados por la violencia o las infancias devastadas por la guerra. Su mirada se aproxima, en este sentido, a la posición de Mahmoud Darwish cuando sugiere que la poesía no elimina el sufrimiento histórico, pero sí preserva su memoria frente al olvido.

Sin embargo, el libro no desemboca en el derrotismo. Muy al contrario. Como sucedía en la mejor poesía de Juan Gelman o de José Ángel Valente, la palabra termina convirtiéndose en un acto de resistencia. Una abisal voluntad de resistencia que atraviesa el libro y que encuentra una magnífica formulación en uno de los epígrafes incorporados por la poeta, de la mano de Alejandra Pizarnik cuando define la escritura como “un acto desesperado de permanencia en un mundo que se empeña en borrar”. En esa declaración se encuentra, probablemente, la clave de toda la obra.

Formalmente, Cuando el hombre se despierta representa también una evolución significativa dentro de la trayectoria de la autora. El lirismo evocador de sus primeros libros deja paso a una escritura más fragmentaria, más libre y experimental, construida mediante procedimientos de collage cultural, yuxtaposición de voces y superposición de registros lingüísticos. Conviven aquí el español, el francés, el inglés y el portugués; dialogan la alta cultura y la cultura popular; se cruzan Whitman, Camus, Kundera, Fairouz, Mercedes Sosa o Nicanor Parra. El resultado es un texto de gran riqueza polifónica que refleja con absoluta coherencia la complejidad identitaria de quien lo escribe.

Pero quizás lo más admirable del libro sea su capacidad para convertir la experiencia particular en reflexión universal. Bajo las múltiples historias que recorren estas páginas late siempre una misma pregunta: ¿qué significa despertar?, ¿despertar a qué?, ¿y para qué? La respuesta aparece dispersa en numerosos poemas, aunque adquiere una especial intensidad en el magnífico texto dedicado a Sísifo. Allí la autora parece asumir, desde una evidente filiación camusiana, que la plenitud no consiste en alcanzar una cima imposible sino en aceptar conscientemente el propio camino. No hay redención definitiva. No existe paraíso recuperado. Sólo la dignidad de quien decide seguir avanzando a pesar de las heridas.

Por ello, Cuando el hombre se despierta representa un punto de inflexión dentro de la trayectoria literaria de Khédija Gadhoum. Puede que sea un libro menos luminoso que sus predecesores, pero también es, sin duda, el más profundo, el más arriesgado y el de mayor densidad ética. Si Celosías en celo edificaba un altar para la memoria y Más allá del mar exploraba los múltiples tránsitos de la identidad transterrada, esta nueva entrega se adentra en el territorio de la conciencia y de la verdad. La poeta ya no contempla el pasado con la voluntad de recuperarlo ni el viaje con el propósito de reconciliar sus orillas; ahora los interroga. Los somete a juicio. Los confronta con las heridas de la historia, del género, de la familia, de la cultura y de la propia existencia. Es el momento en que la escritura abandona definitivamente la nostalgia para transformarse en conocimiento; el momento en que la autora deja de preguntarse quién fue para enfrentarse, con admirable lucidez, a la pregunta esencial de toda vida humana: quién desea ser después del despertar.

Khédija Gadhoum nos entrega así una obra exigente, incómoda y profundamente humana. Un libro escrito desde las cicatrices —“las grietas despiertan al hombre en busca de su primera sangre”— y desde la necesidad irrenunciable de interrogar cuanto parecía definitivamente resuelto. Porque, como intuía Pessoa y la autora nos recuerda desde las primeras páginas, vivir no consiste en permanecer aferrados a lo que fuimos, sino en atrevernos a ser otros cada vez que la conciencia nos obliga a abrir los ojos. Tal vez esa sea la lección última de este magnífico poemario: que el despertar nunca constituye una llegada, sino el comienzo de una búsqueda; un acto de lucidez mediante el cual el ser humano aprende a habitar sus propias contradicciones y a reconciliarse, no con las certezas, sino con la verdad siempre inacabada de su existencia.

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