Desde sus primeros poemas advertimos que nos encontramos ante una voz que ha alcanzado una notable madurez expresiva. Atrás quedan las urgencias de la confesión para dar paso a una palabra más serena, más abisal y más consciente de sus propias resonancias. Alicia Aza no describe el mundo: lo interpreta, lo transforma en una cartografía emocional donde el agua, los jardines, las flores, los árboles, las aves o los caminos acaban conformando un mismo territorio simbólico. “Hay dentro de mí varias geografías”, escribe en uno de los poemas iniciales. Y quizá no exista mejor definición para este libro. Porque todo él es una exploración de esas geografías interiores que conforman la identidad y que la autora recorre con una mezcla de lucidez, delicadeza y valentía, transustanciando la naturaleza en espejo de la conciencia: los ríos, las cascadas, las dunas o los bosques son también estados del alma, espacios donde el yo se contempla y se reconoce: “Hay dentro de mí varias geografías/ montañas, valles, ríos y mares/ ciudades oasis o apocalípticas/ reales o imaginarias …/… pero siempre hay un lugar/ donde la música permanece/ y alguien abre la ventana”, como en la mejor tradición de la poesía meditativa, donde el paisaje acaba siendo una prolongación del alma, vinculándose a la sensibilidad de María Zambrano, en su planteamiento sobre el paisaje y en su idea de que la contemplación de la naturaleza es un acto de creación, siguiendo los postulados de Henri-Frédéric Amiel: “todo paisaje es estado de alma”. En ese sentido, uno de los grandes hallazgos del libro reside en la manera en que Alicia Aza convierte la ausencia en un espacio fértil y la pérdida en una forma de conocimiento. La ausencia, el desarraigo o la herida nunca aparecen como lugares de derrota definitiva. Por el contrario, son espacios desde los que la conciencia aprende a mirar de otro modo. Hay en estos poemas una aceptación profunda de la fragilidad humana y, al mismo tiempo, una firme voluntad de transformación. En este sentido, resulta especialmente revelador el poema “Andenes”, donde encontramos unos versos que, a mi juicio, constituyen una de las claves de bóvedas de todo el libro: “Supe de la belleza del vacío/ de la presencia del territorio oculto”. La paradoja es reveladora. El vacío deja de ser carencia para convertirse en posibilidad; la ausencia se transforma en conocimiento; lo oculto adquiere un hálito más intenso que lo visible. Nos encontramos ante una escritura que entiende que la plenitud humana no nace de la posesión, sino de la conciencia. Solo quien ha atravesado determinadas pérdidas, materiales o emocionales, aprende a percibir la presencia de aquello que permanece oculto a la mirada ordinaria. Hay aquí una sabiduría cercana a la que perseguía José Ángel Valente cuando buscaba la palabra nacida del silencio, de la intemperie interior, lejos de los brillos del lenguaje complaciente, en ese descenso constante hacia las fuentes más hondas de la experiencia humana para hallar una expresión limpia, despojada y reveladora, capaz de dar nombre a lo que permanece. Esa misma reflexión alcanza uno de sus momentos más intensos en “Deseo”, donde la autora escribe: “El peligro no está fuera de mí/ está en lo que construye mi memoria”. El poema desplaza el conflicto desde el exterior hacia el interior. La memoria deja de ser un simple depósito de recuerdos para convertirse en una fuerza activa que modela nuestra percepción del mundo. Lo que duele no siempre es lo vivido, sino la forma en que seguimos habitándolo, y, entonces, la memoria aparece como una conquista, pero también como una responsabilidad. Sin embargo, sería injusto reducir este libro a una reflexión sobre la pérdida. Hay en sus páginas una constante afirmación de la vida. Una voluntad de reconciliación que atraviesa todo el texto. La autora parece recordarnos que incluso en los momentos de oscuridad existe una luz que persevera. De ahí que la espera pueda transformarse en aprendizaje: “He aprendido a que la espera/ sea una forma de besar” o que la identidad termine afirmándose desde una renovada conciencia de sí misma: “Ahora me siento yo”. La repetición de esta fórmula a lo largo del libro posee una fuerza casi ritual. Como si la escritura fuese también una forma de regreso a uno mismo. El cuerpo ocupa igualmente un lugar central en esta poética: manos, piel, labios, sangre o respiración aparecen una y otra vez como lugares de conocimiento. No existe aquí separación entre experiencia física y experiencia espiritual. La poeta comprende que toda revelación pasa necesariamente por la materia y que la conciencia habita en la carne. Ambas se entrelazan para construir una visión unitaria del ser humano donde el deseo, la memoria y el lenguaje forman parte de una misma realidad. Y todo ello, elevado y construido con un lenguaje de apariencia diáfana, sostenida por un verso libre de gran sobriedad expresiva, transparente, prescindiendo de todo énfasis innecesario para confiar en la capacidad reveladora de la palabra. Bajo la aparente serenidad del discurso se despliega una sutil red de símbolos, evocaciones y correspondencias que amplía los significados del poema y dota al conjunto de una apreciable hondura reflexiva. Al finalizar la lectura queda la impresión de haber acompañado a una conciencia en su proceso de despertar. Un despertar que no ignora la herida, pero que tampoco queda atrapado en ella. Porque si algo distingue a este hermoso libro es su capacidad para transformar la experiencia vivida en conocimiento, y el conocimiento en una forma de luz. Como ese instante preciso en el que, tras una larga noche, comienza lentamente a abrirse la aurora. Puedes comprar el poemario en:
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