La noche era muy calurosa y ni la cercanía del mar lograba que la brisa se despachara a gusto por el pueblo. Aun así, las terrazas estaban llenas de parroquianos que celebraban el gusto por la vida saboreando sidrina bien escanciada por foráneos que han aprendido a hacerlo con gracia, sin saber por qué sabe así más rica. No había más remedio que pasar dentro del restaurante si querías deleitarte con un buen pulpo a la brasa, unos mejillones en salsa marinera y una ventresca exquisita ahora que empieza la temporada del bonito.
Tres ventiladores movían el aire caliente de un sitio a otro sin lograr refrescar el local. Las mesas se iban llenando poco a poco y el ruido de las conversaciones hacía casi imposible escuchar lo que decían los amigos. No era fiesta, pero parecía un día de fiesta.
Los camareros, solícitos, atendían las comandas y llenaban los vasos con culines frescos y dorados de la sidra del lugar. Empezamos la cena con ganas. Es imposible visitar Asturias y no llenar la andorga hasta reventar. La culpa por el despropósito queda para la vuelta.
No había necesidad de centrarse en observar a los vecinos cuando las viandas todavía estaban calientes y la charla interesante. Pasó un buen rato hasta que alguien giró la cabeza y se fijó en la pareja que estaba a nuestro lado. Es curioso darte cuenta de las veces que miras sin ver, oyes sin escuchar y permaneces insensible a lo que ocurre a tu alrededor, aunque luego no puedas olvidarlo y te remueva. Se trataba de dos ancianos; la mujer, a pesar del calor, vestía una camiseta de manga larga con un chaleco acolchado encima. Tenía los hombros hundidos, la cabeza gacha y miraba al suelo. O tal vez contemplaba la nada. Como si el peso de los años y, tal vez las desdichas, las privaciones o incluso la felicidad, le hubiera caído de golpe como una losa. No había gestos que denotasen emoción alguna, ni sonrisas, ni palabras. No transmitía nada. Porque parecía no sentir nada.
El viejito, a su lado, la observaba también en silencio, con la mirada dulce de un niño cansado y con su mano rugosa acercaba, solícito, un poco de jamón a la boca de la mujer. En un momento dado, la vejiga debió darle un aviso y se levantó, pero antes de marcharse, se acercó a la mujer y le susurró: no te vayas niña. Espérame quieta.
Volvió tan rápido que olvidó subirse la pretina del pantalón. Cruzamos la mirada. La mía con tristeza. La suya denotaba resignación, aceptación, pena y prisa. Se llevó la mano a la bragueta con cara de culpabilidad, como un niño al que pillan en una travesura. Y volvió al lado de su niña que, obediente, no se había movido del asiento.
Parecía que el tiempo se había detenido para ellos tras una vida en común de amor y complicidad. Lo decía la actitud diligente y servicial de él no exenta de melancolía y nostalgia por la pérdida de la compañera, porque, ¿dónde se quedó enganchada ella? ¿Tal vez, en el pasado que tenemos por delante, según los aimara, se está mejor que en el futuro que tenemos por detrás?
La mujer niña no quiere despertar. Sabemos que la memoria inventa historias y yo quiero creer que se ha quedado atrapada en la más bonita que vivió. ¿Era joven y alegre? ¿Se estaba enamorando? ¿Olía a hierba recién segada? ¿Sonaba la música y quería bailar? No nos lo dirá, porque no quiere que le robemos ese instante. Por eso no vuelve.
- ¿Dónde quieres que vaya, viejo bobo? Si me gusta donde estoy…
La pena es que él no puede escucharla. Solo acompañarla en su silencio.