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Nuestro poema de cada día
Foto de Juan Ramón Jiménez, tomada por Marga Gil Roësset en 1932
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Foto de Juan Ramón Jiménez, tomada por Marga Gil Roësset en 1932 (Foto: Marga Gil Roësset)

“Platero y yo”: Una de las cumbres absolutas del poema en prosa y de la prosa lírica en lengua española. X

El paisaje de Moguer. I
lunes 07 de septiembre de 2026, 12:11h

Paisaje grana XIX. El paisaje de Moguer, en las alboradas en el los ocasos, ha sido desde siempre un elemento fundamental para trasladar a Juan Ramón Jiménez el equilibrio anímico del que tan necesitado estaba. Y si hay un capítulo en Platero y yo en el que el ocaso adquiere dimensiones que sobrepasan la pura contemplación física para adquirir un tono de eterna trascendencia, ese es el XIX, titulado “Paisaje grana”. Quienes hemos tenido la suerte de disfrutarlo -por ejemplo, en Fuentepiña, donde se encuentra la casa de verano y descanso del poeta- podemos dar fe de la grandeza de la prosa poética de Juan Ramón, que nos ha permitido descubrir sensaciones y emociones insospechadas.

Juan Ramón Jiménez: Platero y yo. Madrid, Espasa-Calpe, 1936
Juan Ramón Jiménez: Platero y yo. Madrid, Espasa-Calpe, 1936

Paisaje grana” es el título, y ya anticipa lo que va a ser el texto: el “ocaso” va a definir un momento muy particular del día en el paisaje; y es “grana”, es decir, adopta un color de tono rojo oscuro e intenso, muy vivo. No es de extrañar que en la selección léxica operada por el poeta se haya recurrido a palabras -de diferentes categorías gramaticales- que, entre sus rasgos más distintivos, poseen como característica el “color rojo”, o connotan ese colorido. Es necesario “teñir de grana” todo el texto, y Juan Ramón lo logra con su dominio del lenguaje y su sabia manera de combinar las palabras para obtener imágenes de gran plasticidad. Si describir es “pintar con palabras”, no olvidemos que estamos ante un pintor con una paleta cromática inigualable.

Paisaje grana

La cumbre. Ahí está el ocaso, todo empurpurado, herido por sus propios cristales, que le hacen sangre por doquiera. A su esplendor, el pinar verde se agria, vagamente enrojecido; y las hierbas y las florecillas, encendidas y transparentes, embalsaman el instante sereno de una esencia mojada, penetrante y luminosa.

Yo me quedo extasiado en el crepúsculo. Platero, granas de ocaso sus ojos negros, se va, manso, a un charquero de aguas de carmín, de rosa, de violeta; hunde suavemente su boca en los espejos, que parece que se hacen líquidos al tocarlos él; y hay por su enorme garganta como un pasar profuso de umbrías aguas de sangre.

El paraje es conocido, pero el momento lo trastorna y lo hace extraño, ruinoso y monumental. Se dijera, a cada instante, que vamos a descubrir un palacio abandonado... La tarde se prolonga más allá de sí misma, y la hora, contagiada de eternidad, es infinita, pacífica, insondable...

—Anda, Platero...

Juan Ramón Jiménez: Platero y yo, XIX. Madrid,
Espasa-Calpe, 1936.

En efecto, al margen de palabras que pertenecen a otros dominios sensoriales no cromáticos, el poeta ha acumulado adjetivos que la van a dar a la caída de la tarde (“ocaso/crepúsculo”) las tonalidades “de sangre” que requiere: “empurpurado” [el ocaso], “enrojecido” [el pinar], “encendidas” [las florecillas], “luminosa” [la esencia, por su brillantez granate], “granas [de ocaso los ojos de Platero], “carmín/rosa/violeta” [las aguas].

Por otra parte, las sinestesias (unión de dos imágenes o sensaciones procedentes de diferentes ámbitos sensoriales) aumentan el esteticismo del texto, en busca de la belleza absoluta: “el pinar verde se agria”, “las florecillas, encendidas y transparentes, embalsaman [perfuman, aromatizan] el instante sereno”, “esencia mojada, penetrante y luminosa”, “umbrías aguas de sangre”.

Los adjetivos se multiplican en el texto, con valores más connotativos que denotativos; a veces se recurre a la construcción bimembre (“florecillas, encendidas y transparentes”); y hasta en tres ocasiones a triadas en las que lo adjetivos pertenecen a diferentes campos semánticos y ayudan a crear la atmósfera lírica que en cada caso pretende el autor: “esencia mojada, penetrante y luminosa”, “paraje extraño, ruinoso y monumental”, “la tarde infinita, apacible, insondable…” (en este último caso los puntos suspensivos dejan abierta la enumeración, dándole al lector la posibilidad de “intervenir” en el texto e incluso trascenderlo). Con todo ello el ritmo narrativo del texto se dilata y el ocaso se puede disfrutar en toda su intensidad: belleza cromática, naturaleza espiritualizada, paz interior...

Y si Juan Ramón queda extasiado ante el ocaso, este también “se adueña” de Platero: sus ojos reflejan el color rojo del atardecer; cuando se acerca a un charquero [agua de lluvia acumulada en el suelo, formando un lodazal], sus aguas ya han adquirido una tonalidad granate y, al beber en ellas, y como si de un espejo se tratara, colorean su garganta del color rojo de la sangre (“hay por su enorme garganta como un pasar profuso de umbrías aguas de sangre”; en realidad, parece como si se estuviera bebiendo el atardecer). Y en esta ocasión el poeta ha recurrido al quiasmo (paralelismo invertido: “nombre-adjetivo/adjetivo.nombre”). Sea como fuere, el atardecer ha sido objeto de una extraordinaria estetización, por medio de metáforas tan audaces como esta, capaz de comunicar las emociones más intensas: “herido por sus propios cristales, que le hacen sangre por doquiera [por todas partes]” (si los rayos de sol del cielo en el ocaso son tan afilados como cristales, el hecho de cortarlo le hace sangrar, lo que justifica que el color rojo se asocie a la sangre).

El ocaso ha trastornado el paisaje, que se ha vuelto “extraño ruinoso y monumental”. Esta triada de adjetivos le permite a Juan Ramón acariciar la quimérica idea de que de un momento a otro se van a topar con “un palacio abandonado”. (Adviértase el empleo de la construcción impersonal “se dijera que…”, que adquiere un matiz hipotético, y no pasa de ser una impresión subjetiva que Juan Ramón no ha formulado de manera directa, dejando lo enunciado en el terreno de lo imaginario). Porque lo cierto es que no ha formado parte del entorno de Moguer un “palacio abandonado”, pero es tal la intensidad rojiza del crepúsculo que transforma la realidad para darle un aspecto majestuoso; y hasta “la hora”, en esos momentos sublimes, “contagiada de eternidad, es infinita, paíìfica, insondable...”. (La imagen quimérica de un palacio abandonado nos trae a la memoria el comienzo del capítulo CXVIII -El invierno: “Dios está en su palacio de cristal. Quiero decir que llueve, Platero. Llueve”. A fin de cuentas, Juan Ramón Jiménez no ha hecho ascender hasta la más pura belleza.

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