Confío en que en el futuro continúes por la clara senda que pareces haber escogido. Espero que no nos decepciones tomando atajos tortuosos, porque de esa manera tú serás todo lo feliz que cabe ser en este mundo –el cual tampoco es que dé demasiado de sí en ese terreno, como comprobarás- y yo no tendré que decapitarte, lo que representa sin duda un destino preferible para ambos. Sé, Yoel, cuánto aprecias mi clorhídrico sentido del humor. Por otra parte, es mucho lo que tú nos estás regalando a nosotros, ya que empiezas a ser portador de esa misma luz que tanto ansías, aunque todavía no lo sepas. Me estás ayudando, por ejemplo, a dejar atrás ciertos prejuicios muy extendidos y de los que yo (ahora lo veo) no me encontraba tan libre como suponía. Se dice que sois de cristal y que adolecéis de falta de “resiliencia”. Esta engolada palabra, ya lo habrás notado, les encanta a los pedagogos y psicólogos de mi generación. Les gusta casi tanto como “empatía”, que ha relegado al trastero de los cachivaches a la compasión, a la caridad y a la misericordia, términos odiosos que atufan a cristianismo y de los cuales nos hemos liberado gracias a la constante e inexorable vigilancia de esos expertos, nuestros ángeles custodios con diploma de Yale, ¡y hasta de la Complutense! En fin, Yoel… perdona mis divagaciones.
Vuelvo al tema de los prejuicios. Algunos insisten en que lo habéis tenido todo fácil, que os aprovecháis del sistema y luego votáis a Vox porque sois unos estúpidos y unos malcriados… ¡No hagas caso de esos insultos! Son generalizaciones injustas, en el mejor de los casos, cuando no calumnias y falacias interesadas. Igual que ese otro reproche colectivo que os atribuye una clamorosa falta de compromiso y responsabilidad en vuestro trabajo. Abusáis de las bajas laborales, dicen algunos empresarios. ¡Así que unos os acusan de fachas y otros de vagos! Pero yo puedo contarte una historia alternativa un poco más generosa con vosotros y bastante incómoda para quienes así os difaman. ¿Te gustaría oírla?
Dicen que sois blandos y que no valoráis la democracia, pero no os cuentan, esos que graznan, que ellos fueron cuidadosamente acomodados en un régimen constitucional que no habían (no habíamos) construido, ya que lo hicieron nuestros padres por nosotros durante la Transición, con ayuda previa del propio dictador y de algunos de sus colaboradores más cercanos. A diferencia de vosotros, contábamos con estructuras familiares duraderas y relativamente sólidas. Es cierto que muchas de esas carcasas escondían una podredumbre tremenda, claro, y es verdad también –lo denuncian, y con razón, las feministas- que la mujer fue la “pieza sacrificada” que mantenía en pie el hogar, con abnegación y altas dosis de sufrimiento. ¡Pero al menos el hogar existía! Aunque el nido podía estar lleno de gusanos, casi siempre había un nido al que regresar. Era raro entonces, y en cambio no es nada raro ahora, encontrar la clarísima inversión de los papeles que da como resultado que chavales de 19 años como tú tengan que hacer de padres de sus propias madres. Y no digo esto únicamente por tu caso. Conocemos muchos otros similares.
Sinceramente, creo que la nuestra fue –y es- una generación afortunada. Disfrutamos de una prolongada juventud y hoy la mayoría somos propietarios de nuestra vivienda, cosa que para vosotros empieza a parecer pura quimera. Cada cual atravesó sus dificultades, desde luego, porque en toda época el hombre es el mismo “ángel con grandes alas de cadenas” al que se refiere Blas de Otero, pero la mayoría de nosotros no tuvimos que atravesar el páramo emocional, el desamparo terrible, esa soledad reflectante y alucinada como el desierto de Atacama que habéis recorrido muchos de vosotros desde la pandemia. Además, no existía la angustia de las redes sociales. Todavía brillaba en la noche más oscura el faro de una vida con sentido en la que el esfuerzo conducía, si no al paraíso, al menos a un relativo confort y a un empleo estable en un mundo lleno de diversiones al alcance de la mano. Porque la verdad, Yoel, es que nosotros nos divertimos mucho, ¿sabes? Éramos los hermanos menores de “la movida”, y en aquellos tiempos la droga y el alcohol tenían buena prensa, ya que se asociaban con la libertad recién lograda. Muchos cayeron en esa trampa y dejaron allí sus huesos, es verdad, pero en general, salimos de aquello con bastante buena fortuna. Prosperamos gracias a Europa y al turismo, esa baza solar que no nos falla desde hace más de medio siglo. Por eso los jubilados de hoy cobran pensiones que casi duplican vuestros salarios.
Las chicas y chicos Z habéis nacido en un mundo hedonista, hipersexualizado y vacío, que es el que os han legado vuestros meningíticos padres, en lugar de creencias y valores duraderos y profundos. Yo quiero que sepáis que –os digan lo que os digan- ellos nunca tuvieron que luchar muy heroicamente por sus comodidades. Se limitaron a asumir, diluir y edulcorar el nihilismo de sus mayores. Han vivido (hemos vivido) con la mezquina convicción de que no valía la pena creer mucho en nada o tomarse algo demasiado en serio. Ni siquiera a los hijos. Y sin embargo, prestamos atención desmedida a la política y a los políticos: a la muñeca Pimpinela del ático, al muñeco Pimpinela de la Moncloa. Y por eso vosotros, claro, desconfiáis de los relatos que tratan de endosaros, llegando al extremo (porque es un extremo, Yoel, indeseable, como casi todos los extremos) de desconfiar de los principios democráticos y liberales.
No quiero ser demasiado duro con esos degenerados padres que os abandonaron, o con esas madres patéticas, plagadas de adicciones, que os mal alimentan. Porque si lo fuera y diera rienda suelta a mi rabia, os animaría a llevarlos a campos de exterminio en trenes sellados. O incluso a quemar con lanzallamas los vagones directamente, igual que se incinera sin más protocolo la basura. Pero no debo hablarte así, discúlpame. Seamos clementes, Yoel, y pensemos que sólo Dios –ese Dios al que algunos de vosotros parecéis dispuestos a ir a buscar más allá del vertedero- sabe en qué medida es cada hombre y cada mujer responsable del mal que produce o perpetúa.
También se dice –no todo va a ser malo- que bebéis menos y tomáis menos drogas que los jóvenes de otras épocas, que habéis aprendido a hacer la compra y a cocinar bien pronto, que estudiáis y trabajáis al mismo tiempo. Algunos buscáis razones para vivir más allá de un vídeo en TikTok. Veo, casi con incredulidad, que muchos (¡y es tu caso, claramente!) empezáis a ser lectores compulsivos. Incluso podría haber algo de verdad en esa vuelta a la mística de la que tanto se habla. Y visto lo visto… no me parece un mal camino. ¿Te acuerdas de aquella tarde en que hablamos de Simone Weil? Ella, harta de la política, llegó a esa misma conclusión pocos años antes de morir en Ashford. Desde luego, no debes conformarte con mi portentosa intuición –la cual, como sabes, sólo guarda proporción con mi humildad- ya que tienes que emprender la búsqueda tú mismo, y leer incluso lo que más te repugne o te duela. Porque hace falta atravesar mucha oscuridad, Yoel, para alcanzar luz verdadera. Pero esa luz existe, no permitas que te convenzan de lo contrario. Yo, que tengo un hijo de tu misma edad al que conoces bien, prefiero veros como futuros héroes. A diferencia de nosotros, todavía estáis a tiempo de serlo.
Rafael Balanzá
Recuerdo a mis lectores que pueden suscribirse gratuitamente a mi Substack:
https://bitacoradelkraken.substack.com/archive