«El lenguaje habla a través / del poeta. Es su instrumento. / En la gruta feroz de las palabras / no hay otra verdad que el verso. / El verso trasciende porque transmuta. / El verso es verso porque ama ser. (…) Para ser, el poeta es una / metáfora incompletea / cuyo sujeto se ha perdido. / He ahí lo infinito / de lo finito. / Todo es posible. Solo es amar…Belleza / perecedera / del instante», escribe el poeta y crítico Enrique Villagrasa en su último libro En la esquina del verso. Me quedo con: «Todo es posible. Solo es amar…Belleza / perecedera / del instante», que viene a conformar una sabia manera de entender el mundo, la poesía, la vida, al fin y al cabo. En este caminar por la palabra siempre existen hallazgos asombrosos, que hacen que el itinerario iniciado permita ser instante y corazón, mágica palabra en el tiempo. En este viaje interminable la poesía es imprescindible, aunque muchos crean en su inutilidad y la ignoren. “La belleza imperecedera del instante” acoge toda la savia de la palabra que nace de la emoción para transformarse en verdad, la verdad del poeta y eso es incontestable, porque el hecho poético, el preciso momento de la creación es tan misterioso como indescriptible y único. A veces la poesía se torna recuerdo, memoria de otro tiempo, de tal manera que el poeta trata de incorporar lo vivido a su presente más inmediato. Y eso exactamente es lo que viene a proponernos José Luis García Herrera (Esplugues de Llobretat, 1964) en su nuevo libro Motril blues, al cuidado editorial del sello granadino ‘Alhulia’. García Herrera es uno de los poetas españoles más fecundos, tanto en lo que respecta a publicaciones –más de 40 poemarios–, como por galardones obtenidos. Motril blues es, como se ha dicho con anterioridad, un viaje en el tiempo, un regreso a la tierra, a los orígenes de la luz sureña de Motril, lugar de reencuentros con la historia familiar en la voz de los padres, al recuerdo que fue tras un itinerario de amor y vida: «La distancia tenía el color azul del mar / atrapado en la vena rígida del bolígrafo (…) ¡Qué largos caminos, interminables, por tierras granadinas! / Por Huéscar y Galera (donde mi padre lloró su infancia / entre las paredes oscuras de sus cuevas) / temíamos que íbamos a perder el turno y la partida, / que nunca llegaríamos a los reinos de Baza. / Pero a partir de Guadix el corazón latía con la furia / del caballo que huele la cercanía de la meta. (…) Y caracoleando la sangre en los últimos metros, / venciendo túneles y pinedas –con la distancia / clavada en los párpados rojos de cansancio–, / llegábamos al sur del sur, a la orilla del mar, / al corazón de todos estos viajes: a Santa Adela». Motril blues nos cuenta la historia de un origen familiar y vital, donde los progenitores toman la palabra y la luz del sur para contagiarnos de un tiempo gris, de carencias y exilios, también para el amor: «Un hombre regresa a Motril con la amplia sonrisa / de quien es feliz por haber llegado, nuevamente, / al lugar que siempre amó, y donde fue amado (…) Ese hombre, el que regresa a su tierra, es mi padre». De la otra orilla, de ese mirar continuo al pasado llegará también la sonrisa del aire en la mañana, y ella, la madre: «Sonrío al verla. En sus pasos descubro / la vida que le debe, las noches de custodia, / los abrazo que no recuerdo, los besos / frente a la puerta del colegio, la luz / de una sonrisa que nada pide a cambio, / el hilo de sangre que nos une y nos acerca». En ese devenir de la historia personal serán los mitos, la magia de la cal, aquellas novelas del oeste de Marcial Lafuente Estefanía o las aventuras de El Coyote, todo en esa espiral del tiempo que nos devuelve al lugar de la infancia, a su recuerdo indeleble del hogar de los padres. Granada en sus montes y ríos, en la mar que en Motril impregna al poeta de azules luminiscencias o allá en la alta Alpujarra, todo convertido en vivencias inolvidables que García Herrera recrea con su mirada humilde, con el saber sereno de las cosas sencillas: «Persigues con un hilo de sangre la historia / que te une a las raíces de esta tierra: ese hilo / que no podrá cortarse con cualquier tijera / porque una fuerza invisible lo mantiene firme / entre la rigidez del hueso y el dolor de la carne; / porque un río de azúcar lo mantiene unido / a la piel quemada por el son del hambre». Regresar a la tierra, sí, a la tierra de los ancestros, a la invisibilidad del tiempo que aflora en las calles y plazas, en las aguas salobres y encendidas de estrellas; reconquistar el pasado para sentirse libre y presente entre todas las muertes, entre todos los vivos: «El tiempo, como el mar, abarca los regresos / de crespúsculos perdidos. / Pero nosotros, los de entonces, / somos –y ya no somos– los mismos». Volver a las noches de estío, a la luz de una farola que alumbra los sueños y querer vivir para siempre entre sus brazos, esa emoción de sentirse vivo entre las aguas marinas y los recuerdos: «El filo de mis labios recuerda, emocionado, / cada verso leído en el silencio de mi cuarto, / cada palabra tatuada bajo la luz nocturna / de un verano que sigue vivo en mi memoria». La voz de la memoria, exactamente eso, nos deja García Herrera en este hermoso poemario de luz y mar de azúcar. Puedes comprar el libro en:
Noticias relacionadas+ 0 comentarios
|
|
|