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"Trovadores del XII y gauchos cantores del XIX" por Edvardo Zeind Palafox

jueves 23 de octubre de 2014, 13:23h
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'Trovadores del XII y gauchos cantores del XIX' por Edvardo Zeind Palafox

La poco baciyélmica crítica literaria, que hoy por hoy prescinde de la filosofía y que por tal no distingue qué sea "organismo" y qué "identidad", cree que lo ha pensado todo porque esgrime palabras como "simbolismo", "estilo", "gusto" y "juicio"; tales términos, verá el erudito y culto lector, signan meras abstracciones, instrumentos inútiles para tratar finuras o materias estéticas. El arte no es bacía, pues no está sólo para recibir interpretaciones barbadas; no es yelmo, pues no es mera antigualla o mera reliquia digna de sólo contemplación: el arte es ideal plasmado con realismo, generalidad concretada en particularidad, universalidad andante.

Razonar asuntos tan imbricados nos obliga a literalizar, a hacer literatura, arte de hacer definiciones ficticias. Ya Santo Tomás de Aquino, en su `Suma contra los gentiles´, ha enseñado que la raíz del concepto es la diferencia, y que las tales son portentos de abstracción analítica o sintética, baciyélmica. El crítico serio, el que da importancia a su labor de policía, a decir de Leopoldo Alas, abstrae, encuentra similitudes entre obras alejadas, ya por las horas, ya por los kilómetros; luego, el crítico será un erudito.

Se es inteligente y sensible porque se es crítico, mas no por ser sensibles y algo listos podemos tenernos por críticos. El vano sensiblero déjase impresionar por bagatelas y engañar por pátinas, mientras que el simple hombre inteligente cree ver por doquier lo que nadie ve. La conjunción de intelecto crítico y de sensibilidad precavida hace el "gusto"; y éste, ejercitado, dice Kant, se hace "juicio", espada capaz de escindir "estilos", esto es, "simbolismos", que son meras diferencias, modos de ser de un mismo ente. Nuestro Castelar es ejemplo de hombre juicioso, afirman los revisteros del siglo XIX, pues antes recordaba pinturas que colores y rostros que aislados gestos: recordaba escenas, tenía una mentalidad teatral, la cual lleva en sí misma el arte del diálogo. Tan insigne historiador dialogaba con la historia, con el "organismo" social, así como todo gran historiador del arte platica con las obras de arte, que son "identidades" nacidas de "organismos".

El `Quijote´, piénsese, como la `La celestina´ es una "identidad" que nació de un "organismo" social, esto es, de la cultura judía, morisca y cristiana de los siete siglos anteriores al XVII, a decir de Américo Castro; la `Comedia´ del Dante, explican los lingüistas, fue posible gracias al léxico de la Toscana, léxico que se compuso merced al de Provenza, que en el siglo XII, por tratar mucho con españoles, que es decir mozárabes, o judíos, o godos, etcétera, dio a la luz el término "español", provenzalismo que en castellano sería "españuelo". Vemos que las tres obras clásicas, representantes del orgullo occidental, están hechas de madera oriental; tal hechura ha sido corroborada por Asín Palacios y por Riquer.

Si tales "identidades" estéticas europeas, llamémosles así, nacieron de un "organismo" social o sociedad, también las de América habrán nacido así, muy a pesar de los esencialistas latinoamericanos. Mucho tomó Cervantes, juglaresco, de Garcilaso, quien bebió de las trovadorescas fuentes italianas, que se alimentaron del subsuelo de la Edad Media, de la traducción al latín de Homero que hizo, según refiere Ezra Pound, Andreas Divo Justinopolitano, quien a buen seguro llevaba en el magín la hierática escolástica cristiana, filosofía recia que se forjó en las árabes cátedras de Aristóteles, pensador que mucho debía a egipcios y babilonios… y así hasta el Génesis.

Pero cual tracistas militares avancemos hacia América, tierra de pícaros. ¿Es el arte americano resultado del "organismo" europeo? ¿Tendrá ya identidad? Sarmiento, que mucho gustaba de España, insinúa que es resultado y no brote mineral o vegetal; en sus `Viajes´, para denostar la carestía hispana, ha escrito: "Como ustedes no tienen hoy autores, ni escritores, ni sabios, ni economistas, ni políticos, ni historiadores, ni cosa que lo valga; como ustedes aquí y nosotros allá, traducimos". Él mismo traducía lo que acaecía en Argentina echando mano de sabidurías orientales y europeas; él, más sensible que inteligente, más potencia que armonía, comparaba al argentino con el árabe y al "joglar" o "juglar", "trovador" medieval del siglo XII, con el "gaucho cantor" del XIX.

El "viejo aire", "canzoni", que decían los trovadores, cantaba el clima, el viento, la tierra, mas siempre teniendo en cuenta el cristianismo; los "cantores" argentinos, me parece, no se entonaban bajo las mismas inspiraciones. Los "viejos aires", refiere Pound en un texto de 1913, posiblemente estaban influenciados por el sufismo, doctrina ascética y mística que se jactaba de crear iluminados que poco comían y bebían; los versos del "gaucho cantor", según declaran las obras de Estanislao del Campo, de Ascasubi y de José Hernández, no son ni ascéticas ni místicas, aunque sí buscan las revelaciones que la rima y el canto traen a la mente. A guisa de ejemplo citemos lo que se lee al inicio del `Martín Fierro´:

"Es verdad que muchas veces
la ingrata rima cohorta
pensamientos grandiosos".

Un francés moderno, Paul Valéry, sostenía que la rima antes genera ideas que las ideas rimas. Mas sigo con mi análisis. Los "juglares" enamoraban con amor caballeresco, eran Quijotes que por sus Micomiconas luchaban, sin necesidad, contra Pandafilandos; o mejor dicho, eran poetas movidos de una como "prognosis", que es conocimiento anticipado de los sucesos, también llamado "certeza", y que bien ejemplifica el Capítulo XXXI del `Quijote´: "Mira, Sancho –respondió don Quijote–, si el consejo que me das de que me case es porque sea luego rey en matando al gigante y tenga cómodo para hacerte mercedes y darte lo prometido, hágote saber que sin casarme podré cumplir tu deseo muy fácilmente, porque yo sacaré de adahala, antes de entrar en la batalla, que saliendo vencedor de ella, ya que no me case, me han de dar una parte del reino, para que la pueda dar a quien yo quisiere"; los "gauchos cantores", en parangón, aunque pregonaban sus cuchilladas no remediaban cuitas, como los juglares Guillaume, Cavalcanti, Ademar de Gauvedan, Faidit y compañía, ni socorrían necesidades, ni amparaban doncellas, ni consolaban viudas.

¿En qué se parece el "joglar" medieval al "gaucho cantor"? En lo satírico, en lo pastoral, en el amor por natura, en la libertad de expresión, y no se busque más. ¿Por qué Sarmiento, entonces, sin "juicio" pero mostrando su buen "gusto" los compara? Porque estaba embelesado por el "simbolismo" europeo, por su ciencia, por su política y por su filosofía; porque sentía nostalgia, porque sentía a Argentina en francés y en español, sensibilidad que lo hacía ver, según dejó escrito en su `Facundo´, "dos civilizaciones distintas en un mismo suelo: una naciente, que, sin conocimiento de lo que tiene sobre su cabeza, está remedando los esfuerzos ingenuos y populares de la Edad Media; otra que, sin cuidarse de lo que tiene a sus pies, intenta realizar los últimos resultados de la civilización europea". Prestos aprendamos que el gusto por la rima, por la prosodia y por la elocuencia, puede obliterarnos y adocenarnos el "juicio", sin el cual nos hacemos almas-bacías, hijos de nada que afanan manejar la espada sin antes saber escamotear las barbas.

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