• Diario Digital | Martes, 21 de Noviembre de 2017
  • Actualizado 17:56

Agricultura literal en La Huerta de Pilar

Parece que María Jesús Zapater escoge sitios inusuales para colocar sus libros. En Castellón las tierras de la agricultora Pilar, que vende al consumidor directamente, son lo más alejado a una librería. Sin embargo, ambas saben lo que hacen: «Pilar tiene buen gusto y yo buen ojo», apunta Zapater. «La cultura esta implícita en el trabajo de la tierra: la misma palabra, 'agricultura', lo dice. Por algo 'verso' significa 'surco que da la vuelta', entre otros misterios. No tenemos caminos paralelos, sino más bien continuos, encabalgados. En el fondo es algo muy natural: cuestión de raíces», explica esta escritora. Pilar, que se enorgullece de su «oído especial para la música» y de tener en su biblioteca todos los primeros premios Planeta, selecciona con tino los artículos que acompañan a sus frutas y verduras de temporada. Así, entre sus mandarinas, alcachofas, berenjenas, cacahuetes y tomates el visitante podrá catar la mejor de las mieles junto a mermeladas caseras exquisitas. «Ahora me he volcado en la fabricación de jabones», explica con entusiasmo.

M. J. Zapater, a la izquierda, junto a la agricultora Pilar
M. J. Zapater, a la izquierda, junto a la agricultora Pilar
Agricultura literal en La Huerta de Pilar

«Cuando oigo una canción por primera vez, enseguida sé si va a tener éxito o no. Aparte de eso, algo me dice si vale o no vale», dice Pilar. Bajo la vid y la penumbra del toldo el bodegón abierto al público denota el trasiego diario. Uvas «de la terreta», cítricos en su punto, sabrosas nueces, calabazas y hasta setas acompañan ahora a los hijos de Zapater, sus «vástagos de tinta», como esta periodista afincada en Castellón llama a sus libros. «Tengo fe en mis obras: si las relegan a la sombra, más brillarán», asegura.

La Huerta de Pilar, en el camino de L´Atall, es un no parar, y por ella pasan ciudadanos de toda España. Ciclistas, vecinos, residentes en cámpings, turistas, caminantes de paso y habituales de vacaciones van y vienen casi sin tregua. Abierta ahora los fines de semana, es en verano o en periodos festivos cuando goza de cierta continuidad. Una pizarra en la entrada de la alquería indica los horarios para mantener informado al personal. Junto a las bolsitas de laurel seco Felio, la novela negra y rural de M. J. Zapater, aguarda a otro lector. En la flor de la rambla, ramo de relatos fantásticos también salidos del bulbo de esta autora, hace juego con los manojos de acelgas. Corona el tríptico el poemario Sol de hastío, «florilegio que abarca de 1996 hasta 2014», y que luce junto a las granadas. En cualquier caso, alimento para la mente, el cuerpo y el espíritu.

«Cuando me dicen "es que no tengo tiempo de leer" o "yo no leo" intento reavivar mi lástima para no resignarme a la desidia común, que al menos esa emoción me revuelva para seguir creando, a la vez que me pregunto qué comprarán en el supermercado si no leen, qué de ingredientes se llevarán a casa sin saberlo», ironiza María Jesús. Zapater es como un bastión que resiste en medio del ajetreo insensible y generalizado. Sus columnas de opinión en prensa la convirtieron en 1998 en la articulista más joven de la historia de la redacción valenciana. Al respecto añade: «A veces me preguntan, a modo de consejo: "¿Por qué no intentas publicar con una editorial?", o "¿cómo es que no sigues en el periodismo, ocupando un buen puesto?". Cuando no me encojo de hombros respondo que no cuenta la obra, sino la cáscara que interesa crear y, sobre todo, el ruidito que haga en el mercado ya prefabricado. Cuenta hasta dónde estás dispuesto a someterte y a bailar las aguas, nada más. Las capillas literarias, donde no falta el pequeño editor de turno, tampoco ensilan trigo limpio. Si eclipsas es mejor que te alejes. Al poder no le va bien que se lea, sobre todo textos esmerados y jugosos, y esto me lleva a contestar la segunda pregunta: ¿periodismo? A mí sólo me dice lo que tengo que hacer un diccionario o un buen manual lingüístico; es más, si no me convence, consulto otro. En esas condiciones es lógico que vaya por libre».

La agricultura también tiene en los distribuidores su piedra de tropiezo. Por eso Pilar, veterana en el cultivo, ofrece directa su cosecha propia al particular. Zapater, como ella, va también más allá de Juan Palomo: «Es "yo me lo guiso, yo me lo como" y yo misma se lo doy de comer a los demás», afirma. Pilar es partidaria del precio justo. Ofrece lo mejor y no le gusta abaratar lo que se estropea. Tanto ella como María Jesús coinciden en que no hay que acostumbrar al cliente a lo gratis. «Una cosa es dar a probar unos cacahuetes y otra que los tomates estén siempre de oferta», advierte Pilar. Zapater no tiene el problema de lo perecedero, pero indica que «morirse de asco en la estantería de un establecimiento es similar». «Además, los intermediarios son la miseria del escritor», prosigue. «Es utópico vivir de esto, haría falta una revolución para ello, y si no se dio en tiempos de Miguel Hernández, mucho menos se va a dar hoy. Es de locos pretender vivir de esto, insisto, pero tampoco quiero que me tomen el pelo». «Lo peor son los que lloran porque no pueden gastarse 11 euros en un libro (pero sí en unas cervezas, que en dos horas acabarán en la alcantarilla) o los que, no sabiendo hacer una 'o' con un canuto te miran por encima del hombro por el monóculo del prejuicio. Y qué decir de quienes te encargan un ejemplar (o más) para luego ni verte ni acordarse. Sin embargo estos tropiezos los suplen el quehacer cotidiano, el apoyo de las musas de buhardilla y una sola palabra del receptor», añade.

«Es un espejismo que estemos mejor: no hace tantos años el analfabetismo era el impedimento; ahora no sabemos ni lo que decimos», apunta Zapater, que concluye: «Antes unos pocos privilegiados accedían a la cultura, mientras que ahora, que podría estar al alcance de cualquiera, una de dos: o la mayoría se queda inmóvil frente a la pantalla boba o, desconfiada y ajena, huye ante el bombardeo de obras, la mayoría anodinas y defectuosas. ¿Cómo hacer que brille así la aguja de oro en el pajar?».

Lo que sí podemos encontrar es la selección más fresca de hojas y frutas en el puesto que tiene Pilar, en el camino de L' Atall: hojas verdes o encuadernadas, fruto ambas del mimo más ferviente y tenaz. En este punto de encuentro es fácil acertar y volver.