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"Hernán Cortés", de Salvador de Madariaga

Ed. Espasa. 2008
viernes 02 de enero de 2026, 21:20h
Hernán Cortés
Hernán Cortés
Dentro del acercamiento historiográfico que se está dando al genial conquistador del Imperio Mexica, a lo que uno ha contribuido con su esfuerzo (Hernán Cortés. Su personalidad y su carácter en el Imperio Azteca. Lobo Sapiens/El Forastero, 2024), hoy he decidido aproximarme a una de las buenas biografías del extremeño metelinense, que todavía está en fase de adquisición y renovación, y es una versión de referencia.

La obra tiene un estilo narrativo casi novelístico. En el cuarto año de Casas de la Octava Gavilla, según era la forma de contar los años por parte de los mexicas, en ese instante histórico el Uei Tlatoani o emperador de los aztecas llamado Moteczuma “el Chico” recibió una noticia que le produjo auténtico pavor, según las noticias recibidas desde la costa y los extraños objetos vistos por sus espías. Estamos en el año 1509 d.C. El poder, la autoridad y el respeto que emanaba de la persona del emperador eran inconmensurables, hasta tal punto es así que cuando salía a la calle con su séquito, se barrían las calles antes de que pasase, aunque siempre iba en litera o caminaba sobre tapices. Los nobles cuando iban a visitarlo se vestían con ropajes de pobres, y no estaba permitido mirarle a la cara.

Escribe el cronista del Reino de Toledo, Francisco Cervantes de Salazar (ca. 1513, Toledo-Ciudad de México, 14 de noviembre de 1575), cronista contemporáneo, ordenado sacerdote en 1554, que llegó a ser rector de la Real y Pontificia Universidad de México, sobre el emperador de los mexicas: «Era hombre de mediana disposición, acompañada de cierta gravedad y majestad real, que parecía bien quien era aun a los que no lo conocían. Era delgado, de pocas carnes, la color baza, como de loro, de la manera que todos los de su nación; traía el cabello largo, muy negro y reluciente, casi hasta los hombros; tenía la barba muy rara, con pocos pelos negros y casi tan largos como un jeme; los ojos negros, el mirar grave, y en todo el rostro una cierta afabilidad, acompañada con majestad real, que mirándole convidaba a amarle y reverenciarle. Era hombre de buenas fuerzas, suelto y ligero; tiraba bien el arco, nadaba y hacía bien todos los ejercicios de guerra; era bien acondicionado, aunque muy justiciero, y esto hacía por ser amado y temido, ca es así de lo que sus pasados le habían dicho, como de la experiencia que él tenía, sabía que eran de tal condición sus vasallos que no podían ser bien gobernados y mantenidos en justicia sino con rigor y gravedad […]. Era bien hablado y gracioso cuando se ofrecía tiempo para ello; pero, junto con esto, muy cuerdo; era muy dado a mujeres y tomaba cosas con que se hacer más potente; tratábalas bien; regocijábase con ellas bien en secreto; era dado a fiestas y placeres, aunque por su gravedad lo usaba pocas veces. En la religión y adoración de sus vanos dioses era muy cuidadoso y devoto; en los sacrificios, muy solícito; mandaba que con gran rigor se guardasen las leyes y estatutos tocantes a la religión; ninguna cosa menos perdonaba que la ofensa, por liviana que fuese que se hacía contra el culto divino. En el castigar los hurtos y adulterios, a que especialmente veía ser los suyos inclinados, era tan severo que no bastaba privanza ni suplicación para que dejase de ejecutar la ley. Tenía con los suyos, por grandes señores que fuesen, tanta majestad que no los dejaba sentar delante dél, ni traer zapatos, ni mirarle a la cara, si no era con cuál y cuál, y este había de ser gran señor y de sangre real. Andaba siempre muy polido, y a su modo ricamente vestido; era limpio a maravilla, porque cada día se bañaba dos veces; salía pocas veces de la cámara, si no era a comer; no se dejaba visitar de muchos; los más negocios se trataban con los de su consejo, y ellos o alguno dellos venía a cierto tiempo a comunicarlos con él, y esto por dos o tres intérpretes, por quien él respondía, aunque toda era una lengua. Iba por su casa a los sacrificios que se hacían en el templo mayor de Uchilobos, donde apartado de todos los grandes de su reino, mostraba gran devoción; salía, la cabeza baja, pensativo, sin hablar con nadie…».

Un día un mazahual, que era un campesino de baja extracción, pidió, con cierto temor, audiencia al emperador, y le describió como había visto un extraño fenómeno en el mar, a la orilla de su pueblo, Mictlan Cuauhtla, que era como una sierra o cerro de gran tamaño, que andaba de una parte a otra del mar. El Uei Tlatoani no le creyó, y como estaba ya desorejado y con los dedos de los pies cortados, por algún delito ya cometido en el pasado, decidió enviarlo a prisión, por exagerado y fantasioso. Los enviados oficiales del monarca trajeron la misma información, indicando que las naves eran como cerros o torres que andaban por el mar. También le añadieron que salían personas de esos barcos, y andaban pescando con cañas y con red, y desde la costa se dirigían a esos barcos en canoas pequeñas.

Las gentes serían como quince personas, con unos como sacos colorados, y otros de azul y otros de pardo y verde, y de una color mugrienta como nuestro ychtilmatl tan feo, otros de encarnado, y en las cabezas traían algunos puestos unos paños colorados […] y las carnes de ellos muy blancas, más que las nuestras, excepto que todos los más tienen barba larga y el cabello hasta la oreja les da”. El emperador Moctezuma II se quedó perplejo y con cierta dosis de tristeza, parecía que el dios Quetzalcoatl ya había regresado, pero lo que el monarca no sabía era que tenía un nombre propio, y este era el de Hernán Cortés. El Celoso Extremeño había nacido en Medellín, en las tierras de Badajoz, que siempre habían pertenecido al Reino de León, y donde todavía se conservaban restos indelebles de la llingua llionesa. Según relatan tanto Gomara como Las Casas era de mayor alcurnia por parte de su madre, Doña Catalina Pizarro Altamirano, que de su padre Martín Cortés de Monroy, por lo tanto, era cristiano viejo e hidalgo.

Salvador de Madariaga (1886-1978), prototipo del humanista, hombre de inmensa cultura, de dominio magistral de idiomas, viajero y conocedor de las ciencias y de las humanidades, fue una atalaya sobre tres siglos: el XIX, el XX y el XXI entrevisto. Madariaga sintió la llamada de la Historia como tantos eminentes hombres de letras y pensamiento, porque en el pasado de los pueblos están las claves de su convivencia y de su futuro. A esta lúcida vertiente histórica pertenece su Hernán Cortés, pilar de hispanidad, practicante de las armas y de las letras, cuyas hazañas parecen aventuras quijotescas. En palabras de Madariaga, Hernán Cortés (1485-1547) fue ‘el español más grande y más capaz de su siglo, que realizó quizá la hazaña más grande de la Historia’. La persona, la época, los paisajes, los asuntos bélicos y políticos, su trascendencia y significado aparecen expuestos en Hernán Cortés, trabajo ejemplar de conocimiento, emoción y estilo narrativo”. Por consiguiente, estamos ante una biografía especialmente inteligente, esclarecedora y sobresaliente. Los textos son extraordinarios y las descripciones más. «Venari, lavari, ludere, ridere hoc est vivere».

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