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Raúl M. Mir
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Raúl M. Mir (Foto: cedida por el autor)

Entrevista a Raúl M. Mir: “La figura de Jesús es inagotable, como un manantial que nunca deja de brota”

Autor de “El pozo de la promesa”
lunes 30 de marzo de 2026, 12:11h

El escritor barcelonés Raúl M. Mir ha trabajado durante más de dos décadas en diversas editoriales; posteriormente, ha desarrollado su actividad profesional en el mundo de las nuevas tecnologías aplicadas al medio ambiente. Ha publicado diferentes ensayos y ahora la novela histórica “El pozo de la promesa” en Ediciones Mensajero.

El pozo de la promesa
El pozo de la promesa

"El pozo de la promesa", desde un enfoque histórico, revela una comprensión profunda del mundo palestino en el siglo I. Se abordan las tensiones existentes entre judíos y samaritanos, la importancia de la pureza ritual, el pozo como un espacio social y simbólico central, así como la división religiosa entre Jerusalén y el monte Garizim. El autor evita caer en anacronismos evidentes o en simplificaciones excesivas; en cambio, logra recrear de manera verosímil un entorno caracterizado por fronteras identitarias estrictas. En este contexto, el acto de Jesús al hablar con una mujer samaritana en público cobra un significado subversivo considerable. Este trasfondo histórico no es meramente decorativo, sino que resulta fundamental para entender por qué el encuentro descrito es tan radicalmente transformador. Un logro significativo de la novela radica en su capacidad para presentar el nacimiento del cristianismo primitivo como una experiencia vivida, más que como un simple sistema.

Es El pozo de la promesa” su primera incursión en la ficción histórica. ¿A qué se debe ese paso?

Durante años, la edición me enseñó a escuchar las voces de otros; sin embargo, había una historia que latía con insistencia en mi interior pues es un pasaje del evangelio que me toca de manera muy personal. La ficción histórica me ofrecía un cauce donde memoria, fe e imaginación podían entrelazarse. Era, de algún modo, una deuda íntima con los elementos que han sostenido mi cultura y mi espiritualidad, pero también mi vida personal.

Como profesional de la edición durante muchos años, ¿nos podría decir cómo ve el mundo editorial en estos momentos?

El mundo editorial, en esa encrucijada que lo define, no solo vive una tensión entre soportes, sino entre maneras de entender la propia literatura. El libro ha sido siempre un objeto de lenta gestación, casi ritual: pasaba por manos que lo pulían, lo discutían, lo cuestionaban. Hoy, en cambio, la inmediatez digital ha alterado ese ritmo, imponiendo una lógica de urgencia donde a veces la palabra no ha terminado de madurar y ya está expuesta al mundo.

Esta apertura tiene algo profundamente valioso: ha permitido que voces antes silenciadas encuentren cauce, que historias periféricas entren en el centro, que escribir deje de ser un privilegio restringido. Sin embargo, esa misma democratización encierra una paradoja inquietante: cuando todo puede publicarse, no todo necesariamente está listo para ser leído.

La autoedición, en este sentido, aparece como un territorio de libertad, pero también de riesgo. Al prescindir de la mirada editorial —esa figura paciente que acompaña, corrige, exige y a veces incluso incomoda—, muchos textos quedan huérfanos de ese proceso de depuración que convierte una intuición en obra. Se publica con facilidad, sí, pero a menudo sin el reposo que permite distinguir entre lo urgente y lo esencial.

Además, la autoedición puede generar una ilusión de llegada inmediata: el autor se convierte en editor, distribuidor y promotor, pero rara vez puede abarcar con la misma solvencia todas esas dimensiones. El resultado es, con frecuencia, una saturación de títulos que luchan por una visibilidad efímera, perdidos en un océano de novedades que se suceden sin descanso.

A ello se suma el cambio en los hábitos de lectura. La cultura de la inmediatez —impulsada por redes sociales y dispositivos móviles— ha modificado la relación con el texto: se lee más fragmentariamente, con menos continuidad y, a menudo, con menor profundidad. Esto no implica necesariamente que se lea menos, pero sí que se lee de otra manera, lo que impacta directamente en la recepción de obras más complejas o exigentes.

La cadena del libro también se ve tensionada. Librerías independientes luchan por sobrevivir frente a grandes plataformas de distribución, mientras que los márgenes económicos de autores, editores y libreros se estrechan. La autoedición y las plataformas digitales han abierto oportunidades, pero también han intensificado la competencia y difuminado los procesos de selección y calidad que tradicionalmente ofrecía la edición.

¿Cómo están afectando las nuevas tecnologías al campo de la edición?

Las nuevas tecnologías han democratizado la palabra, pero también la han fragmentado. Han abierto puertas a autores invisibles y han transformado los hábitos de lectura. El reto es preservar el silencio necesario para que la literatura siga siendo un espacio de encuentro y no solo de consumo inmediato.

Vivimos un tiempo de nostalgia y búsqueda de raíces

“El pozo de la promesa” la podemos circunscribir en el campo de la novela histórica. ¿Estamos en un buen momento para ese género?

Vivimos un tiempo de nostalgia y búsqueda de raíces. La novela histórica responde a ese anhelo de comprender quiénes fuimos para entender quiénes somos. Es, por tanto, un momento fértil, siempre que el pasado no se convierta en simple decorado, sino en espejo.

¿Todavía la vida de Jesús de Nazaret puede depararnos muchas sorpresas?

Sin duda. La figura de Jesús es inagotable, como un manantial que nunca deja de brotar. Cada mirada, cada época, descubre matices nuevos en su mensaje, porque interpela a lo más profundo del ser humano. Y el mensaje de la samaritana de Sicar que es el personaje de la novela nos interpela a todas las personas, sean creyentes o no porque todos tenemos heridas, anhelos, búsquedas y necesidad de amar y ser amados.

La protagonista es una samaritana que se encuentra con Jesús en el pozo de Jacob de Sicar. ¿Una casualidad como esa puede cambiar la vida de cualquier persona?

Hay encuentros que parecen casuales, pero que contienen una dimensión casi reveladora. Basta una palabra, una mirada, para que la existencia se desvíe hacia un horizonte inesperado. La vida, a veces, se transforma en un instante. Y eso es lo que ocurre con esta mujer que tiene un encuentro casual, pero transforma su vida por completo.

¿Qué significado tiene que el encuentro que se produzca entre ellos en un pozo?

El pozo es símbolo de profundidad, de búsqueda, de sed. Allí donde el agua brota de lo oculto, también el alma se abre. No es un lugar cualquiera: es el espacio donde lo cotidiano se vuelve sagrado.

Desde ese momento se convierte en una discípula de Jesús. ¿Por qué a las mujeres, en su situación, el cristianismo las dejó en un segundo plano?

Más que el cristianismo en su esencia, fueron las estructuras sociales y culturales las que relegaron a la mujer. Sin embargo, los evangelios están llenos de gestos que rompen esa lógica. Recuperar esas voces es también un acto de justicia.

El ejemplo de la samaritana en el pozo, pero también está María Magdalena, la primera en presenciar la resurrección. En una sociedad donde el testimonio femenino carecía de valor jurídico, el relato evangélico la sitúa en el centro del acontecimiento fundacional del cristianismo, confiándole el anuncio a los demás discípulos.

Otro gesto significativo es el de la mujer sorprendida en adulterio: mientras la ley la condenaba sin apelación, Jesús no solo la defiende, sino que desenmascara la hipocresía colectiva y le devuelve su dignidad.

Y no menos importante es la figura de Marta y María, en cuyo hogar Jesús se deja acoger. María, sentada a sus pies —una postura propia del discípulo—, rompe los esquemas tradicionales que reservaban ese lugar a los hombres, y Jesús valida su elección frente a las críticas.

Todos estos episodios, entre otros, revelan una actitud que desafía las normas de su tiempo. Son destellos de una igualdad radical que, aunque luego no siempre se tradujera en las estructuras históricas, permanece en el corazón del mensaje evangélico como una llamada pendiente de plenitud.

A la hora de escribir la novela, ¿a qué ha dado más importancia?, ¿a los hechos bíblicos o a la ficción?

He tratado de mantener un delicado equilibrio. Los hechos bíblicos son el cimiento, pero la ficción es el aliento que les da vida, que permite habitar los silencios del texto sagrado.

La novela está escrita en primera persona de femenino. ¿Por qué ha escogido esa forma para escribir la novela?

Quería que la voz de la samaritana no fuera observada desde fuera, sino vivida desde dentro. La primera persona permite una cercanía casi confesional, donde el lector se convierte en testigo íntimo.

¿Le ha resultado difícil ponerse en la piel de una mujer?

Ha sido un ejercicio de escucha y humildad. No se trata de suplantar, sino de aproximarse con respeto, de intuir más que de afirmar. La literatura, en ese sentido, es un puente.

La narración adopta un estilo epistolar entre la samaritana y su hijo. ¿Ese estilo es más íntimo para reflejar los sentimientos?

La carta siempre abre a la intimidad de un susurro y la transparencia de una verdad sin artificios. En ella caen las máscaras y solo permanece la urgencia de decir lo esencial. Por eso la elegí como la forma más sincera y humana de narrar esta historia porque de esta manera la mujer protagonista podría abrir sus sentimientos de una manera más profunda.

¿Cuál sería la moraleja de la novela?

Que nadie está definitivamente perdido, que incluso en la herida más profunda puede brotar una fuente de vida, una savia nueva que te transforme desde dentro. Y que el encuentro con el otro —con lo trascendente— puede transformarlo todo.

Para finalizar, ¿cuál es la vigencia de la vida de Jesús en estos tiempos de guerra y enfrentamiento?

En tiempos de fractura, su mensaje adquiere una densidad espiritual y, al mismo tiempo, una hondura política que interpela directamente a nuestra forma de vivir en comunidad. La llamada a la reconciliación no es una idea abstracta, sino una exigencia concreta de justicia, de encuentro y de reparación de las heridas que dividen a los pueblos. Su amor radical desborda lo íntimo para convertirse en una ética que cuestiona estructuras de exclusión, que denuncia la indiferencia y que reclama dignidad para los más vulnerables.

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