Su capital sería Qart-Hadash, la ‘Nueva Ciudad’, gobernada por dos sufetes epónimos, además de un Senado o Balanza y la Asamblea Popular más volcada hacia las clases de los comerciantes y mercaderes. Los nombres de sus ciudadanos eran teóforos, y sus mujeres tenían más libertad que las romanas. Su fundadora provendría de Tiro, en Fenicia, y se llamaba Dido/Elishat/La Errante, más o menos hacia la misma época que los mitológicos Rómulo y Remo en Alba Longa y en Roma. Aunque el creador de esa identidad latina sería el troyano Eneas. Tras la inesperada derrota en la Primera Guerra Púnica o entre Roma y Cartago, la metrópoli decidió firmar un pernicioso armisticio, en el que perdían, Sicilia, y Cerdeña, además de una cantidad ingente de dinero por indemnizaciones de guerra. La familia más paradigmática de la República, los Barca, con su patriarca Amílcar a la cabeza nunca lo entendió y lo aceptó; ya que consideraba que nunca había sido derrotado. Pero, mientras tanto llegaba la ortodoxa reivindicación, era preciso conseguir recuperar la maltrecha economía. Existía un lugar para ello, que era territorio de grandes posibilidades económicas y comerciales, y donde ya estaban los fenicios. Se llamaba Iberia y hacia allí se dirigirá Amílcar Barca y toda su familia. Este libro trata de todo eso, y de cómo se gestó el comienzo de la Segunda Guerra Púnica que pudo cambiar el devenir de la Europa mediterránea; con todas las vicisitudes ocurridas. En esta FIRMA INVITADA he realizado un análisis de este mi libro.
-Moneda con la efigie de Amílcar Barca representado como Melkart-Hércules-
II.-EL AÑO 237 A. C. EN CARTAGO- La Balanza o Senado de Cartago va a acusar a Amílcar Barca de realizar promesas irresponsables y sin ningún tipo de fundamento a sus soldados, en Sicilia, y sobre todo a los celtas, y de ser la llama que habría conseguido incendiar la revuelta. Amílcar comprendió que la peligrosa oligarquía del Tribunal de los Cien lo iba a acusar, formalmente, y tuvo que buscar aliados en otros estamentos o personalidades más proclives a su familia. Obviamente uno de ellos era Asdrúbal el Bello, convertido en su yerno recientemente, aunque la ignominia romana no va a dejar de atacarlos, y en este caso va a acusarlos de mantener relaciones homosexuales entre ambos, y que la boda del citado Asdrúbal Janto o “el Bello”, con la segunda hija de Amílcar, no habría sido más que una tapadera. «La muerte de Amílcar, muy oportuna, y la corta edad de Aníbal aplazaron la guerra. En el periodo intermedio entre el padre y el hijo, durante casi ocho años ocupó el mando Asdrúbal, que, en la flor de la edad, según cuentan, se ganó primero la voluntad de Amílcar, luego fue promocionado a yerno en atención sin duda a los otros rasgos de su carácter, y como era el yerno, fue puesto en el poder por influencia del partido de los Barca, más que mediana entre la tropa y la plebe, aunque claramente en contra de la voluntad de los nobles»[1]. Pero Cornelio Nepote explica, sin ambages, que las costumbres de los púnicos prohibían, taxativamente, que un suegro se separase de su yerno, e incluso va a encontrar justificación para las maledicencias en contra de ambos, “maledici tanto uiro de esse non poterant”. También las tradiciones antibárcidas son palmarias en otros historiadores prorromanos que no tienen ningún empacho en asegurar que entre los años 238 y 237 a. C., Amílcar Barca se habría asociado con los sectores de Cartago menos recomendables política y socialmente, y, por ello, más reivindicativos y, para ello, utilizaría su ingente fortuna, la cual la habría ido amasando por medios dudosos, por ejemplo con los botines de guerra, para hacer “la pelota” al pueblo de Cartago y, de esta forma, poder obtener el gobierno militar de Libia por un periodo de tiempo indeterminado. Detrás de este aserto tan peyorativo y malicioso está el hecho de que los historiadores que van a analizar estos periodos históricos están siempre volcados del lado de los romanos. Diodoro Sículo califica, no obstante, estos hechos de demagógicos, sobre todo porque colige que el gobierno de Cartago se está inclinando hacia el sentido de la democracia, lo que le repugna. «Además le acompañaba un joven famoso y elegante, Asdrúbal, del que se corría la voz que Amílcar sentía por él un amor más allá de lo conveniente, la maledicencia no podía dejar de hostigar a un hombre tan importante. Siguióse de esto que el prefecto de costumbres prohibió que Asdrúbal estuviera con él. Pero él le entregó a su hija en matrimonio pues, según las costumbres cartaginesas, no se podía impedir al suegro vivir con su yerno»[2].
Polibio considera que la Constitución única, tan loada por Aristoteles, se estaba degradando. «La constitución de los cartagineses me parece que originariamente tuvo una estructura acertada precisamente en sus aspectos más característicos. Entre los cartagineses había reyes, un consejo de ancianos dotado de potestad aristocrática, y el pueblo decidía en los asuntos que le afectaban; en conjunto se parecía mucho a la de los romanos y a la de los lacedemonios. Pero en la época de la guerra annibálica se mostró superior la constitución romana e inferior la cartaginesa. Tanto en un cuerpo como en una constitución, cuando hay un crecimiento natural de las actividades y sigue un período de culminación, tras el cual viene una decadencia, lo más importante de todo el ciclo es el período de culminación. Y concretamente en él se diferenciaron las constituciones de Cartago y de Roma. La constitución cartaginesa floreció antes que la romana, alcanzó antes que ésta su período culminante e inició su decadencia cuando la de Roma, y con ella la ciudad llegaba a un período de plenitud precisamente por su estructura. Por entonces era el pueblo quien en Cartago decidía en las deliberaciones; en Roma era el Senado el que detentaba la autoridad suprema. En Cartago, pues, era el pueblo el que deliberaba, y entre los romanos la aristocracia; en las disputas mutuas prevaleció esta última. En efecto: Roma sufrió un desastre militar total, pero acabó ganando la guerra a los cartagineses porque las deliberaciones del Senado romano fueron muy atinadas»[3]. Ya que la Asamblea Popular era preeminente, en estos momentos históricos, en las deliberaciones de los cartagineses, mientras que en Roma lo era el Senado o élite de los ciudadanos, pero la causa de esta transformación, en la urbe norteafricana, estribaba en la guerra contra los mercenarios y en la pérdida subsiguiente de Cerdeña, hechos que, junto a la pseudoderrota en la Primera Guerra Romana van a desequilibrar la ejemplar y precisa convivencia entre los ciudadanos de la gran urbe púnica. En lo que se refiere al viaje del gran caudillo cartaginés a Hispania, se van a contemplar dos posibilidades o causas: 1ª) Que fuese motu proprio, según sus intereses imperialistas de enaltecimiento de su República, de la que él se consideraba uno de sus más paradigmáticos dirigentes, ya que como es público y notorio nunca aceptó el armisticio tan denigrante, que dio fin a la Primera Guerra Romana, y que, en tan malas condiciones, dejó a su patria. Y, 2ª) con el oportuno aval de la Balanza de Cartago. «Los cartagineses, tan pronto como hubieron enderezado sus asuntos de África, alistaron tropas y enviaron inmediatamente a Amílcar a los parajes ibéricos. Amílcar recogió este ejército y a su hijo Aníbal, que entonces tenía nueve años, atravesó las columnas de Héracles y recobró para los cartagineses el dominio de Hispania»[4].
Se puede, por lo tanto, considerar que Amílcar Barca no tuvo el más mínimo problema en poder convencer al Senado Cartaginés de que era necesario, y positivo, buscar nuevas expectativas económicas, para la metrópoli, en Hispania; todo ello en contra de la opinión de Hannón el Grande, que consideraba prioritario el consolidar el dominio púnico en África; pero las minas de la Turdetania hispana eran sumamente atractivas y vitales para poder paliar la bancarrota subsiguiente a la pérdida de la Primera Guerra contra los romanos. En el primer semestre del año 237 a. C., Amílcar Barca va a abandonar su madre patria, para nunca más volver a ella. Le acompañarán su yerno Asdrúbal el Bello y sus tres hijos varones, el primogénito de ellos se llama Aníbal y cuenta nueve años de edad y, justo en este instante, se va a gestar el mito, la leyenda y la historia real de los Bárcidas. En el templo de Baal-Hammón de Cartago, Amílcar Barca, va a ofrecer un sacrificio para que los hados le sean favorables en ese periplo tan aventurado. Tras acabar la ceremonia el pequeño Aníbal va a ser interrogado por su padre sobre si desea acompañarle hasta Hispania y, entonces, Aníbal va a aceptar utilizando el vigor y el entusiasmo típico de un niño de esa edad, por lo que, Amílcar, va a acercarlo hasta el ara del sacrificio y le hará jurar que nunca será amigo de los romanos, pero que desdice el tópico manipulador del juramento, que nunca existió, del odio eterno a los romanos, “nunquam romani in amicitia fore”. «En la época en que Aníbal, derrotado por los romanos [año 195 a. C.], acabó por exiliarse de su patria y vivía en la corte de Antíoco, los romanos, que intuían ya las intenciones de los etolios, enviaron embajadores a Antíoco para no quedar en la ignorancia acerca de las intenciones del rey. Los embajadores, al ver que Antíoco se inclinaba a favor de los etolios y que pensaba declarar la guerra a los romanos, trataron con suma deferencia a Aníbal, con la intención de infundir sospechas a Antíoco, lo que terminó por suceder. A medida que pasaba el tiempo y el rey recelaba cada vez más de Aníbal, surgió la oportunidad de explicarse acerca de la desconfianza surgida entre ellos dos. En el diálogo Aníbal se defendió múltiplemente, y, al final, cuando ya agotaba los argumentos, explicó lo que sigue: cuando su padre iba a pasar a Hispania con sus tropas, Aníbal contaba nueve años y estaba junto a un altar en el que Amílcar ofrecía un sacrificio a Zeus [Baal-Hammón]. Una vez que obtuvo agüeros favorables, libó en honor de los dioses y cumplió los ritos prescritos, ordenó a los demás que asistían al sacrificio que se apartaran un poco, llamó junto a sí a Aníbal y le preguntó amablemente si quería acompañarle en la expedición. Aníbal asintió entusiasmado y aún se lo pidió como hacen los niños. Amílcar entonces le cogió por la mano derecha, le llevó hasta el altar y le hizo jurar, tocando las ofrendas, que jamás sería amigo de los romanos. Aníbal pidió entonces a Antíoco que, pues le había confiado su secreto, siempre que tramara algo nocivo a los romanos confiara en él, seguro de que tendría un colaborador leal. Pero en el momento en que llegara una tregua o amistad con los romanos, en tal caso, podía desconfiar de él sin necesidad de acusaciones, y precaverse; porque siempre intentaría todo lo posible contra los romanos»[5]. Aníbal Barca el Grande revelará, por consiguiente, este juramento, en el año 193 a. C., en el declinar de su vida, cuando trata de convencer de sus más íntimas convicciones políticas y personales a su patrono del momento, el poderoso rey Antíoco III el Grande de Siria [Antiochos Megas. C. 241-REY DEL IMPERIO SELÉUCIDA desde el año 223 hasta el 187 a. C.]. «“Se cuenta, por otra parte, que Aníbal, cuando tenía nueve años, al pedir a su padre Amílcar, entre carantoñas infantiles, que lo llevase a Hispania, en el momento en que estaba ofreciendo un sacrificio con la intención de pasar allí a su ejército una vez finalizada la guerra de África, fue acercado al altar y con la mano puesta sobre la víctima obligado a jurar que tan pronto como pudiera se convertiría en enemigo del pueblo romano”. “Aníbal no fue llamado al consejo por haber suscitado los recelos del rey debido a sus contactos con Vilio y no gozar de ninguna consideración a partir de entonces. Al principio sobrellevó en silencio aquella humillación. Después, pensando que era mejor preguntar la razón de tan repentina relegación y justificarse, en el momento oportuno preguntó sin rodeos por el motivo del enfado. Oída la respuesta dijo: Siendo yo muy niño aún, Antíoco, cuando mi padre Amílcar estaba ofreciendo un sacrificio me acercó al altar y me hizo jurar que jamás sería amigo del pueblo romano. Bajo este juramento combatí durante treinta y seis años; este juramento me trajo hasta tu corte desterrado de mi patria; con él como guía, si tú defraudas mis esperanzas iré allí donde sepa que hay fuerzas, que hay armas, buscando algún enemigo de Roma por el universo entero. Por tanto, si a algunos de los tuyos les gusta hacer méritos ante ti con acusaciones contra mí, que busquen otro medio de medrar a mis expensas. Odio a los romanos y soy odiado por ellos. Mi padre Amílcar y los dioses son testigos de que digo la verdad. Por consiguiente, cuando pienses en una guerra contra Roma, cuenta con Aníbal entre tus amigos más cercanos; si alguna circunstancia te impulsa hacia la paz, busca a otro con quien discutir ese proyecto. Tales palabras no solo hicieron mella en el rey sino que lo reconciliaron con Aníbal. Del consejo se salió con la idea de que habría guerra”»[6]. No obstante, el debate sobre la veracidad del hecho siempre ha estado en discusión, ya que la cuestión habría sido manejada, hábilmente, por los historiadores prorromanos para justificar la moralidad de la política de agresión bélica, indubitable, de Roma contra Cartago y, de esta forma, convertir el genocidio de la Tercera Guerra Romana contra Cartago en un mal necesario y, por ende, poder llamar a la Segunda Guerra Romana como Guerra Púnica o, inclusive, como la Guerra de Aníbal. Polibio considera que la causa esencial de la Segunda Guerra Romana-Púnica sería, por consiguiente, el rencor y la animadversión de Amílcar Barca hacia los romanos, tras la derrota sufrida por su patria en la Primera Guerra Romana-Púnica, y ese odio se lo va a transmitir a sus descendientes. «La pérdida de Sicilia y Cerdeña traía a mal traer a aquel hombre de gran espíritu, pues en su opinión se había entregado Sicilia al dar por perdida la situación de forma demasiado precipitada, y en cuanto a Cerdeña, los romanos se habían apoderado de ella a traición durante la rebelión de África, imponiéndole encima un nuevo tributo»[7].
“Angebant ingentis spiritus uirum Sicilia Sardiniaque amissae”.
Más adelante el historiador romano va a realizar un juicio prístino de intenciones sobre cuáles van a ser las homónimas de Amílcar Barca. «Torturado por estos sentimientos, durante la guerra de África que tuvo lugar inmediatamente a continuación de la paz con Roma y duró cinco años, y luego en Hispania, durante nueve años, actuó de tal forma incrementando el poderío cartaginés que resultaba evidente que andaba dándole vueltas a la idea de una guerra de mayor alcance que la que estaba haciendo y que, si hubiese vivido más tiempo, conducidos por Amílcar los cartagineses habrían llevado a Italia la guerra que llevaron conducidos por Aníbal»[8]. Por todo ello, se puede subrayar que, para los historiadores prorromanos, que lo son, con diferentes grados, los conocidos y con textos ciertos, Amílcar Barca es el enlace indubitable entre las dos Guerras Romanas. Aunque la realidad palpable es que el gran general de los púnicos solo va a decidir, con toda nitidez, sobre la política cartaginesa que se debería seguir, en el año 237 a. C., ya citado y que conllevó su salida hacia Hispania. Lo único claro y palpable era la obvia necesidad de dinero que tenía Cartago, para poder pagar las indemnizaciones de guerra contraídas, de forma obligatoria, con la vengativa urbe del Lacio, tras la derrota cosechada en la Primera Guerra Romana-Púnica. Por todo lo que antecede, Amílcar Barca llegó a la convicción de que en Hispania podrían tener, los cartagineses, el futuro económico y político asegurado, ya que sus antepasados fenicios, para ello, habrían establecido cabezas de puente y factorías de explotación comercial, y descrito, de forma pormenorizada, las cuantiosas riquezas existentes en aquella Península, por otro lado, tan lejana.
III.-LOS BARCAS EN IBERIA. LA SITUACIÓN DE IBERIA EN LA ÉPOCA DE LOS BARCAS- En estos momentos históricos, Hispania o Iberia es un territorio considerado marginal con relación a lo que se está cociendo en la Europa mediterránea. Polibio se admiraba de la evidente heterogeneidad y coexistencia de las culturas y los pueblos peninsulares, con un nivel de evolución política muy diverso entre el global de sus etnias. Desde el actual Alentejo portugués hasta las tierras del actual Aragón existían gran diversidad de pueblos denominados como celtas o celtíberos, frente a los que los Bárquidas se deberían enfrentar de continuo, mientras que los pueblos muy numerosos y fraccionados, que ocupaban desde el Sur de la actual Portugal y el Bajo Guadalquivir, pasando por el Levante, hasta llegar al Languedoc, eran denominados como íberos o iberos. En el valle del Bajo río Betis o Guadalquivir se encontraban los tartessos, que eran muy ricos en la agricultura y en la minería, pero cuyas riquezas ya habrían sido explotadas por los fenicios desde la Antigüedad, los cuales se habrían establecido en Gadir-Gades (Cádiz), y, por ello, la cultura del pueblo del mítico rey Argantonio se habría orientalizado con toda brillantez. En el territorio levantino existen indicios de una cultura ibérica mixta, con marcados rasgos autóctonos, el ejemplo patognomónico va a ser el de la denominada como Dama de Elche, donde se plasma el efecto final de un largo y proceloso proceso de aculturación, que imbrica la expresividad de los fenicios con el rigor de los griegos, elevando hasta límites insospechados la capacidad de creación artística de los iberos. También son admirables los bronces figurados de los santuarios de los susodichos pueblos ibéricos, ya desde el siglo VI a. C., cuando las influencias de los griegos del Asia Menor, es decir los jonios, avanzan desde las factorías levantinas hacia los poblados del interior, el metal requerido para las construcciones va a proceder de las cercanas minas de cobre y de plomo. Sus majestuosas damas, hieráticas, decoradas con unos barrocos enjoyados y suntuosos vestidos, son múltiples, destacando entre ellas la notable Dama de Baza, de la que emana una importante luz de la divinidad. En el año 600 a. C., los foceos, pueblos helénicos procedentes de Focea, en el Asia Menor, van a fundar Massalia (Marsella), la cual sería seguida posteriormente por Emporion (Ampurias), hacia los años 590-580 a. C., que va a enfatizar el nombre de emporia o mercados, política y comercialmente discretos, creados por los griegos. Los fenicios y los púnicos o cartagineses eran mercaderes pragmáticos, y no tenían el más mínimo inconveniente en vender y redistribuir artículos ajenos, pero siempre de gran calidad, su genio simpar se habría impuesto al de los griegos en el campo esencial de la escritura. En el año 237 a. C., Amílcar Barca va a llegar a Gadir (Cádiz), que es una isla en el estuario del río Guadalete, segura y acogedora. El gran comandante de los cartagineses va a encontrar pueblos amigos en toda la zona, ya que ese territorio del litoral meridional de la Península Ibérica, en la actual Baja Andalucía, estaba plagado de asentamientos fenicios primigenios, tales como los actuales Morro de Mezquitilla, Cerro del Mar, Malaca/Malaka (Málaga), Abdera (Adra), Sexi (Almuñécar), etc. Por otro lado, los indígenas del hinterland de la actual provincia de Málaga, llamados blastofenicios (del griego blástula-germen) por los griegos o bastulo-poeni por los romanos, ya habrían adoptado, como propia, la lengua semítica de los mercaderes fenicios. En Ebussus (Ibiza), Cartago poseía una plena y total soberanía secular y, desde esa base logística controlaba al resto de las actuales islas Baleares. En el devenir de los tiempos esa base insular púnica se transformaría en vital para la propia existencia política de la gran metrópoli norteafricana; no obstante, en el territorio peninsular, los cartagineses van a realizar un auténtico protectorado de tipo político. Por ello el tratado del año 348 a. C., entre Roma y Cartago, solo va a tener una significación comercial. «Después de éste, los cartagineses establecen otro pacto (parece que es del año 348 a. C., y con su lectura, el autor griego, da a entender que los cartagineses dictan las condiciones por estar en una posición dominante), en el cual han incluido a los habitantes de Tiro y Útica. Al cabo Hermoso añaden Mastia y Tarseyo, más allá de cuyos lugares prohíben a los romanos coger botín y fundar ciudades. El pacto es como sigue: “Que haya amistad entre los romanos y los aliados de los romanos por una parte y el pueblo de los cartagineses, el de Tiro, el de Útica y sus aliados por la otra, bajo las siguientes condiciones: que los romanos no recojan botín más allá del cabo Hermoso, de Mastia ni de Tarseyo, que no comercien en tales regiones ni funden ciudades. Si los cartagineses conquistan en el Lacio una ciudad no sometida a los romanos, que se reserven el dinero y los hombres, pero que entreguen la ciudad. Si los cartagineses aprehenden a ciudadanos cuya ciudad haya firmado un tratado de paz con Roma, pero que sea súbdita romana, que los prisioneros no sean llevados a puertos romanos; pero si uno desembarca y un romano le da la mano, sea puesto en libertad. Que los romanos se comporten igualmente. Si un romano recoge agua o provisiones de un país dominado por los cartagineses, que este aprovisionamiento no sirva para perjudicar a nadie de aquellos que están en paz y amistad [con los cartagineses. Y que lo mismo] haga el cartaginés. Pero en caso contrario, que no haya venganza privada; si alguien se comporta así, que sea un crimen de derecho común. Que ningún romano comercie ni funde ciudad alguna, ni tan siquiera fondee en África o en Cerdeña, a no ser para recoger provisiones o para reparar una nave. Si un temporal le lleva hasta allí, que se marche al cabo de cinco días. En la parte de Sicilia dominada por los cartagineses y en Cartago, un romano puede hacer y vender todo lo que es lícito a un ciudadano cartaginés. Y que los cartagineses hagan lo mismo en Roma”. En este pacto los cartagineses aumentan sus exigencias con respecto a África y Cerdeña, y prohíben a los romanos todo acceso a estos territorios. Y por el contrario, en cuanto a Sicilia, aclaran que se trata de la parte que les está sometida. Lo mismo hacen los romanos en cuanto al Lacio: exigen a los cartagineses que no se dañe a los de Ardea, a los de Antio, a los de Circe ni a los de Terracina. Estas ciudades son costeras, y por ellas los romanos firmaron el pacto»[9]. Por todo lo que antecede, se colige que lo que se hace es fijar la frontera occidental o límite para la piratería, para el comercio y para la colonización de los romanos, en una ciudad del litoral levantino hispano a la que se denomina como Mastia Tarseyo. Esa cláusula traduce la habitual reserva política de la Balanza o Senado de Cartago con relación al creciente poderío de los romanos, quienes, junto a las diversas poleis griegas, iban a ser, en un futuro, los competidores de los púnicos en las facetas cultural y comercial, en la Península Ibérica. Pero lo que está claro es que Amílcar Barca tuvo que superar grandes dificultades en esa región hispana, ya citada, para poder obtener algún tipo de frutos positivos, con los que volver a elevar a su metrópoli en el ámbito del mundo mediterráneo del momento.
IV.-EL ANÁLISIS POLÍTICO DE ALGUNOS DE LOS HISTORIADORES PRORROMANOS SOBRE EL PROYECTO IBÉRICO DE LOS BARCA-
1º) POLIBIO DE MEGALÓPOLIS- Nacido hacia el final del siglo III a. C., en Megalópolis, en la región del Peloponeso griego, en el seno de un rico clan familiar procedente de la Arcadia, que era aliado del último caudillo de los griegos de la Antigüedad, Filopemén. Fue hiparca o jefe de la caballería de la denominada como Confederación de los Aqueos en su guerra frente a Roma, en el año 170 a. C. Al ser derrotado el rey Perseo de Macedonia, en la batalla de Pidna (año 168 a. C.), y la subsiguiente caída militar del Estado fundado por Filipo II de Macedonia [382 a. C.-REY DE MACEDONIA, desde 359 a. C., hasta Egas octubre de 336 a. C. Y HEGEMÓN DE GRECIA desde 337 hasta 336 a. C.]; el progenitor de Alejandro III el Grande [Pela, 20 o 21 de julio de 356 a. C.-REY DE MACEDONIA desde 336, hasta, Babilonia, junio de 323 a. C.], va a conllevar purgas terribles en la región de la Acaya; Roma se va a llevar, a la urbe capitolina, alrededor de mil rehenes y, uno de ellos será Polibio. Su valía intelectual y personal va a impresionar a Publio Cornelio Escipión Emiliano y con treinta y cinco años de edad, se va a convertir en uno de sus más íntimos amigos y, además, en su consejero áulico. Viajará, precisamente por sus relaciones sociales con la aristocracia de Roma, a Hispania, a la Galia Comata o Melenuda y al Norte del África Cartaginesa, aquí conocerá al rey Masinisa de Numidia (año 151 a. C.) y, se hallará frente a las murallas de Cartago, con ocasión del inexplicable genocidio perpetrado, por Publio Cornelio Escipión Emiliano Africano Menor Numantino [Publius Cornelius Scipio Aemilianus Africanus minor Numantinus. 185 a. C.-129 a. C.], contra la urbe púnica, en el final de la Tercera Guerra entre Roma y Cartago, hacia los años 147-146 a. C. Todo este bagaje de conocimientos, le va a permitir acumular una experiencia de primera magnitud para poder escribir su magnificente obra titulada “Historias”; y va a conseguir interrogar a los supervivientes de todo el drama desarrollado, durante un siglo, entre Roma y Cartago. «Pero Aníbal desarrolló sus planes no como éstos escriben, sino con un alto sentido práctico: había averiguado de modo concluyente la fertilidad del país al que se proponía acudir, la aversión de sus habitantes contra los romanos, y para el paso de los lugares intermedios difíciles se había servido de guías y de unos jefes indígenas que iban a participar de sus mismas esperanzas. Hacemos estas afirmaciones con una seguridad total, por habernos documentado sobre las operaciones a través de personas que tomaron parte directamente en aquellos sucesos, y por haber visitado personalmente los lugares y haber hecho la ruta de los Alpes para tener una visión y un conocimiento exactos» [10]. También pudo contemplar, con admiración, la tabla o mesa de bronce del cabo Lacinión, en la Italia meridional, donde analizó los datos escritos por Aníbal Barca el Grande, cuando abandonó la Península italiana, con relación a los hechos y al número de sus ejércitos. «Nadie debe extrañarse de la exactitud de esta enumeración acerca de las disposiciones de Aníbal en España [Hispania], aunque apenas la usaría uno que hubiera dispuesto personalmente las acciones en todas sus partes. Que nadie nos condene precipitadamente si hemos procedido de modo semejante a algunos historiadores que pretenden dar visos de verdad a sus falsedades. Pues nosotros hemos encontrado en el cabo Lacinio [situado a diez kilómetros de Crotona, en la costa italiana meridional] esta enumeración grabada por orden de Aníbal en una tablilla de bronce en la época en que él se paseaba por Italia; hemos creído que, al menos en esta materia, la tablilla es totalmente fiable, y por esto hemos decidido dar crédito a la inscripción»[11]. Además, pudo consultar los documentos de los romanos sobre los tratados: «El primer pacto entre romanos y cartagineses se concluye en tiempos de Lucio Junio Bruto y Marco Horacio, los primeros cónsules romanos nombrados después del derrocamiento de la monarquía. Bajo su consulado se consagró el templo de Júpiter capitolino. Esto ocurrió veintiocho años antes del paso de Jerjes [el Gran Rey de los persas] a Grecia [en la Segunda Guerra Médica. Año 480 a. C.]. Lo hemos transcrito traduciéndolo con la máxima exactitud posible, pues también entre los romanos es tan grande la diferencia entre la lengua actual y la antigua, que, algunas cosas, apenas si los más entendidos logran discernirlas claramente. Los pactos son del tenor siguiente: “Que haya paz entre los romanos y sus aliados y los cartagineses y sus aliados bajo las condiciones siguientes: que ni los romanos ni los aliados de los romanos naveguen más allá del cabo Hermoso [desconocido, pero en la costa actual tunecina] si no les obliga una tempestad, o bien los enemigos. Si alguien es llevado allá por la fuerza, que no le sea permitido comprar ni tomar nada, excepción hecha de aprovisionamientos para el navío o para los sacrificios (y que se vayan a los cinco días). Los que lleguen allí con fines comerciales no podrán concluir negocios si no es bajo la presencia de un heraldo o de un escribano. Lo que se venda en presencia de éstos, sea garantizado al vendedor por fianza pública, tanto si se vende en África como en Cerdeña. Si algún romano se presenta en Sicilia, en un paraje sometido al dominio cartaginés, gozará de los mismos derechos. Que los cartagineses no cometan injusticias contra el pueblo de los ardeatinos, ni contra el de Antio, ni contra el de Laurento, ni contra el de Circes, ni contra el de Terracina, ni contra ningún otro pueblo latino sujeto a los romanos. Que los cartagineses no ataquen a las ciudades que no les están sometidas, y si las conquistan, que las entreguen intactas a los romanos. Que no levanten ninguna fortificación en el Lacio. Si penetran en él hostilmente, que no lleguen a pernoctar allí”. El cabo Hermoso está junto a la misma Cartago, en la parte norte. Los cartagineses se oponen rotundamente a que los romanos naveguen por allí hacia el Sur con naves grandes, de guerra, porque, según creo, no quieren que conozcan los parajes de Bisatis [área comprendida entre los actuales golfos tunecinos de Hammamet y de Gabes], ni los de la Sirte Pequeña, la llamada Emporio por la fertilidad de sus tierras. Si alguien permanece allí forzado por una tempestad o por la presión de los enemigos, y carece de lo preciso para los sacrificios o para el equipamiento de la nave, se avienen a que lo tome, pero nada más; exigen que los que han fondeado allí zarpen al cabo de cinco días. Los romanos tienen permiso de navegar, si es con fines comerciales, hasta Cartago, hasta la región de África limitada por el cabo Hermoso, y también a Cerdeña y a la parte de Sicilia sometida a los cartagineses; éstos les prometen asegurar con una fianza pública un trato justo. Por este pacto se ve que los cartagineses hablan como de cosa propia de Cerdeña y de África; en cambio, al tratar de Sicilia, precisan formalmente lo contrario, dado que hacen los pactos sobre aquella parte de Sicilia que cae bajo el dominio cartaginés. Igualmente, los romanos pactan acerca de la región del Lacio, y no hacen mención del resto de Italia porque no cae bajo su potestad. Después de éste, los cartagineses establecen otro pacto [año 348 a. C.], en el cual han incluido a los habitantes de Tiro y Útica. Al cabo Hermoso añaden Mastia y Tarseyo, más allá de cuyos lugares prohíben a los romanos coger botín y fundar ciudades. El pacto es como sigue: “Que haya amistad entre los romanos y los aliados de los romanos por una parte y el pueblo de los cartagineses, el de Tiro, el de Útica y sus aliados por la otra, bajo las siguientes condiciones: que los romanos no recojan botín más allá del cabo Hermoso, de Mastia ni de Tarseyo, que no comercien en tales regiones ni funden ciudades. Si los cartagineses conquistan en el Lacio una ciudad no sometida a los romanos, que se reserven el dinero y los hombres, pero que entreguen la ciudad. Si los cartagineses aprehenden a ciudadanos cuya ciudad haya firmado un tratado de paz con Roma, pero que no sea súbdita romana, que los prisioneros no sean llevados a puertos romanos; pero si uno desembarca y un romano le da la mano [ceremonia de la manumisión], sea puesto en libertad. Que los romanos se comporten igualmente. Si un romano recoge agua o provisiones de un país dominado por los cartagineses, que este aprovisionamiento no sirva para perjudicar a nadie de aquellos que están en paz y amistad (con los cartagineses. Y que lo mismo haga el cartaginés. Pero en caso contrario, que no haya venganza privada; si alguien se comporta así, que sea un crimen de derecho común. Que ningún romano comercie ni funde ciudad alguna, ni tan siquiera fondee en África o en Cerdeña, a no ser para recoger provisiones o para reparar una nave. Si un temporal le lleva hasta allí, que se marche al cabo de cinco días. En la parte de Sicilia dominada por los cartagineses y en Cartago, un romano puede hacer y vender todo lo que es lícito a un ciudadano cartaginés. Y que los cartagineses hagan lo mismo en Roma”. En este pacto los cartagineses aumentan sus exigencias con respecto a África y Cerdeña, y prohíben a los romanos todo acceso a estos territorios. Y por el contrario, en cuanto a Sicilia, aclaran que se trata de la parte que les está sometida. Lo mismo hacen los romanos en cuanto al Lacio: exigen a los cartagineses que no se dañe a los de Ardea, a los de Antio, a los de Circe ni a los de Terracina. Estas ciudades son costeras, y por ellas los romanos firmaron el pacto. Los romanos establecieron todavía un último pacto en la época de la invasión de Pirro [el belicoso y eximio rey del Epiro, años 279-278 a. C.], antes de que los cartagineses iniciaran la guerra de Sicilia. En este pacto se conservan todas las cláusulas de los acuerdos ya existentes, pero además se añaden las siguientes: “Si hacen por escrito un pacto de alianza contra Pirro, que lo hagan ambos pueblos, para que les sea posible ayudarse mutuamente en el país de los atacados. Sea cual fuere de los dos el que necesite ayuda, sean los cartagineses quienes proporcionen los navíos para la ida y para la vuelta; cada pueblo se proporcionará los víveres. Los cartagineses ayudarán a los romanos por mar, si éstos lo necesitan. Nadie obligará a las dotaciones [de las naves cartaginesas] a desembarcar contra su voluntad”. Siempre era obligado hacer un juramento. Se hicieron así: en los primeros pactos los cartagineses juraron por los dioses paternos y los romanos por unas piedras, según la costumbre antigua, y además por Ares y por Enialio. El juramento por las piedras se efectúa así: el que lo formula con referencia a un tratado toma en su mano una piedra, y tras jurar por la fe pública, dice lo siguiente: “Si cumplo este juramento, que todo me vaya bien, pero si obro o pienso de manera distinta, que todos los demás se salven en sus propias patrias, en sus propias leyes, en sus propios bienes, templos y sepulturas, y yo solo caiga así, como ahora esta piedra”. Y tras decir esto, arroja la piedra de su mano. Las cosas eran así, y los pactos se conservan todavía hoy en tablas de bronce en el templo de Júpiter Capitolino, en el archivo de los ediles. ¿Quién no se extrañará, naturalmente, del historiador Filino [Filino de Agrigento, historiador contemporáneo de la primera guerra romana-púnica, que historió], no de que ignore esos pactos (lo cual no es de extrañar, pues incluso ahora los más ancianos romanos y cartagineses, incluso los que parece que más se habían interesado por el tema, los ignoraban), sino de que se atrevió, no sé con qué seguridades, a escribir lo contrario: dice que entre romanos y cartagineses había un pacto según el cual los romanos no podían entrar en ningún punto de Sicilia, ni los cartagineses en ninguno de Italia. Según Filino los romanos pisotearon los pactos y los juramentos, puesto que fueron los primeros en hacer una travesía a Sicilia. Pero tales pactos no existen, y no hay constancia escrita acerca de ellos; Filino los cita explícitamente en su segundo libro. De tal cosa hemos hecho mención en la introducción a nuestra Historia, pero dejamos hasta ahora el tratarla con algún detalle, porque muchos en este tema se equivocan por fiarse de la obra de Filino. Entendámonos: si alguien reprocha a los romanos su paso a Sicilia relacionándolo con el hecho de que habían admitido sin reservas a los mamertinos a su amistad, y cuando éstos se la pidieron, les prestaron ayuda, aunque los mamertinos habían traicionado no solo a Mesina, sino también a Regio, desde esta perspectiva su indignación es explicable. Pero si éste supone que la travesía significó la transgresión de pactos y juramentos, aquí su ignorancia es manifiesta»[12]. Aunque también utilizó a los historiadores precedentes, que habrían vivido los propios hechos narrados. En su análisis de la Primera Guerra Romana utilizará al ya citado Filino de Agrigento para el bando cartaginés, y al estrambótico Fabio Pictor para el homónimo romano, que en la Segunda Guerra Romana lo utilizará frente a los escritos del espartano Sosilo, que habría sido el maestro de griego de Aníbal Barca, con otro griego siciliano llamado Sileno, que provenía de Kale Akté, y que también se encontraba en las filas de la milicia púnica de Aníbal el Grande. Polibio se va a aproximar a la etiología de los acontecimientos que provocaron la Segunda Guerra Romana-Púnica, diferenciando entre lo real o aitia, los pretextos o prophaseis y los orígenes o archai; no obstante, va a ser un admirador incondicional de lo que Roma representa en la historia y, sobre todo, de sus instituciones políticas y militares, que la van a abocar, sin solución de continuidad, a la victoria sin paliativos frente a la urbe tiria de Cartago.
-Busto de Amílcar Barca-
2º) TITO LIVIO- Es contemporáneo del emperador Gayo Julio César Octaviano “Augusto”, y es el símbolo historiográfico, por antonomasia, de la gloria de Roma. Ha dejado escrito un relato bien hilado sobre la Segunda Guerra Romana-Púnica. Su estilo, rico y brillante, es muy subjetivo y sesgado hacia el bando de los romanos. Además, no va a tener la más mínima intención de obtener documentación directa sobre los hechos que está narrando. Se piensa que la fuente, que sería única para Polibio y Tito Livio, desde el lado romano, podría ser Fabio Pictor. Pero Tito Livio suele citar otras fuentes de las que bebe, tales como: C. Acilio; C. Cuadrigario; V. Antias y, por encima de todos ellos, C. Antípater, que es un historiador muy interesante, ya que escribió una historia en siete volúmenes sobre la Segunda Guerra Romana, pero que, para nuestra desgracia, se ha perdido en su totalidad, y que se piensa que estaba fundamentada, directamente, en el historiador pro-cartaginés Sileno.
V.-LA “RECONQUISTA” CARTAGINESA DE IBERIA- Polibio en sus Historias define el vocablo “reconquistar” por medio de Amílcar Barca, como el de restablecer, en Hispania, los intereses de los cartagineses, y esta situación le duraría nueve años. «Amílcar estaba convencido de que, tarde o temprano, se produciría un nuevo enfrentamiento con Roma: el definitivo. La poderosa confederación italiana volvería, un día u otro, a llamar a las puertas de Cartago con una exigencia que limitase más su soberanía (y el imperio). Si no se concedía de inmediato, se convertiría en un casus belli en toda regla. Si se optaba por ceder, se perderían medios y espacio (político, económico, y militar) para hacer frente a la siguiente exigencia romana. Si se negaban, sería la guerra, y había de ser consciente de que una nueva derrota significaría el fin virtual para Cartago. Por eso, debía ser un punto básico de la política cartaginesa, la creación de los medios estratégicos que permitieran encarar la guerra con posibilidades de éxito. En las circunstancias actuales (aproximadamente hacia el año 237 a. C.), Cartago no puede hacer otra cosa que plegarse a los dictados de Roma»[13]. «En el libro anterior a éste hemos precisado la fecha en que los romanos, tras haber unificado a Italia, iniciaron sus empresas fuera de ella; después, cómo pasaron a Sicilia, y los motivos que les indujeron a hacer la guerra contra los cartagineses en tercer lugar, la época en que empezaron a juntar fuerzas navales, y lo que ocurrió a ambos bandos hasta el final, cuando los cartagineses evacuaron totalmente Sicilia y los romanos se apoderaron de la isla, a excepción de las partes gobernadas por Hierón. A continuación, emprendimos la narración del motín de los mercenarios contra los cartagineses, la del estallido de la guerra llamada africana, con las impiedades cometidas hasta la victoria de una de las partes, y el final inesperado que tuvo la empresa hasta su conclusión con el triunfo de los cartagineses. Ahora se pretende una exposición sumaria, según nuestro plan inicial, de lo que siguió. Los cartagineses, tan pronto como hubieron enderezado sus asuntos de África, alistaron tropas y enviaron inmediatamente a Amílcar a los parajes ibéricos. Amílcar recogió este ejército y a su hijo Aníbal, que entonces tenía nueve años, atravesó las columnas de Héracles (el actual estrecho de Gibraltar) y recobró para los cartagineses el dominio de Hispania. Pasó casi nueve años (237-229 a. C.) en los lugares citados y sometió a muchos iberos, unos por la guerra y otros por persuasión. Y acabó su vida de una manera digna de sus hazañas anteriores. En una refriega contra unos hombres muy fuertes, dotados de un gran vigor, se arrojó al peligro con audacia y sin pensárselo. Allí perdió la vida corajudamente, (según Tito Livio se ahogó al cruzar un río; pero otras fuentes le hacen morir asesinado por un hispano). Entonces los cartagineses entregaron el mando a Asdrúbal (el Janto o el Bello), yerno de Amílcar y trierarco (o trierarca, oficial al mando de un trirreme)»[14]. El primer objetivo del Bárcida va a ser el control y la explotación de las minas de oro y de plata en las tierras de la actual Sierra Morena, lo que va a conseguir negociando con los indígenas de la zona, los bastetanos, y otros pueblos tartésicos. Pero al norte de las ciudades de Hispalis (Sevilla) y de Corduba (Córdoba), los pueblos celtas y los turdetanos, coaligados y comandados por un caudillo llamado Istolatio, le van a plantar cara, aunque serian fácilmente derrotados y los supervivientes en un número aproximado de tres mil serían incorporados, motu proprio, a las filas de la milicia regular cartaginesa. Más adelante, el ejército de Amílcar Barca, se enfrentaría a otros enemigos ya de más enjundia, unos cincuenta mil hombres mandados por un caudillo celtíbero de nombre Indortes, pero estos huirían despavoridos. Tras aherrojar al citado caudillo celta, el astuto comandante cartaginés daría la orden de que le fuesen arrancados los ojos, se le torturase y, finalmente, fuese crucificado, aunque, por el contrario, el resto de prisioneros, unos diez mil, fueron devueltos a sus casas sin ninguna contrapartida. En Gades (Cádiz), Amílcar Barca el Grande, va a poder acuñar moneda de plata y va a estar en condiciones de poder enviar grandes cantidades de ese metal hasta la propia urbe capitolina norteafricana, ya que su déficit monetario argéntico habría sido la causa primordial del enorme riesgo corrido, en el reciente pasado, por la propia Cartago, en su guerra frente a los mercenarios y, además, tenía una urgente necesidad de ese metal, para poder hacer frente a los pagos adeudados a Roma, tras la finalización de la Primera Guerra Romana. En el año 231 a. C., los romanos van a enviar una embajada a Hispania con la prepotente finalidad de que el generalísimo de los púnicos especifique cuales son las razones por las que se encuentra en el territorio de los hispanos. La ironía del Barca se va a poner de manifiesto cuando va a indicar, sin ambages, a los representantes del SPQR, que solo estaba laborando en la conquista y la explotación de Iberia, con el objetivo prístino de poder pagar las deudas debidas a Roma. Tras estudiar cuales eran las necesidades estratégicas para poder mantener su status quo en el control de la actual Baja Andalucía, llegará a la convicción de que era preciso prolongar su dominio hasta llegar al cabo de la Nao (en el cuadrante Suroriental de Hispania, en dirección a la actual isla de Ibiza). Todo ello lo va a ir completando, entre los años 235 al 231 a. C., y para poder proteger su retaguardia va a fundar (año 235 a. C.) una ciudad a la que llamará Akra Leuke (Cabo Blanco) en las proximidades de la actual Alicante. Pero todo se va a ver trastocado cuando, durante el invierno del año 229-228 a. C., Amílcar Barca, que había dejado a la mayor parte de sus tropas y de sus elefantes en la su reciente fundación ciudadana, y mientras su yerno, Asdrúbal el Bello hacía campaña lejos del lugar, se decidió a sitiar a una ciudad nominada como Helike o Elche de la Sierra, pero en auxilio de los sitiados se presentaría el rey de los oretanos, Oristón, y al intentar, por encontrarse en grandes dificultades tácticas, el jefe púnico, aceptar una falsas negociaciones por los oretanos, se encontró siendo atacado mientras se retiraba y prefirió proteger a dos de sus hijos que le acompañaban, Aníbal y Asdrúbal el Joven, atrayendo hacia sí mismo a los enemigos, por lo que se ahogó al intentar cruzar, a caballo, el río de la zona. «Aquel mismo año el desarrollo de los acontecimientos en Hispania tuvo resultados diversos. Así, antes de que los romanos cruzasen el río Ebro, Magón y Asdrúbal (el Joven) derrotaron a tropas muy numerosas de los hispanos, y la Hispania Ulterior habría abandonado a los romanos si Publio Cornelio no hubiera cruzado precipitadamente el Ebro con su ejército y acudido en el momento preciso, cuando sus aliados estaban indecisos. Primeramente, los romanos acamparon en Castro Albo, lugar famoso por la muerte de Amílcar el Grande»[15]. Polibio, como ya se ha indicado con anterioridad, ha hecho morir al gran caudillo de los cartagineses, no obstante, con las armas en la mano. Cornelio Nepote escribe que la muerte del caudillo púnico se produciría en un enfrentamiento con los vettones, que era uno de los pueblos prerromanos de cultura céltica, que ocuparía las actuales provincias de Cáceres, Ávila y Salamanca, situados en el valle del Alto Tajo, su capital era Helmantike-Salmantica (Salamanca). «Amílcar, después de haber atravesado el mar, llegó a Hispania (España), donde realizó grandes hechos con buenos resultados; sometió pueblos muy poderosos y belicosos; enriqueció toda el África con caballos, armas, hombres y dinero. Cuando tenía intención de llevar la guerra a Italia, a los ocho años de su llegada a Hispania murió en un combate que mantenía contra los vetones. Fue su odio eterno a los romanos el que, al parecer, hizo que declarara la segunda guerra púnica (guerra romana), pues Aníbal, su hijo, ante las insistentes peticiones de su padre, optó por preferir la muerte a dejar de medir sus fuerzas contra los Romanos»[16]. Apiano, por el contrario, menciona una auténtica fábula: «El jefe púnico habría sucumbido a una astucia táctica: unos carros cargados de madera y uncidos por los hispanos a unos bueyes habrían acosado a los soldados cartagineses quienes, engañados al principio por la estratagema, habrían comenzado a reírse, para comprobar minutos después cómo el fuego prendía en la madera desatando el pánico entre ellos, mientras su jefe (Amílcar Barca) era asesinado en medio del caos»[17].
-BIBLIOGRAFÍA-
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NOTAS[1] Tito Livio, XXI, 2, 3-4; op. cit. [2] Cornelio Nepote, XXII, 3, 2; op. cit. [3] Polibio, VI, 51; op. cit. [4] Polibio, II, 1, 5-6; op. cit. [5] Polibio, III, 11; op. cit. [6] Tito Livio, XXI, 1-4. Y, XXXV, 19, 1-7; op. cit. [7] Tito Livio, XXI, 1-5; op. cit. [8] Tito Livio, XXI, 2, 1-2; op. cit. [9] Polibio, III, 24; op. cit. [10] Polibio, III, 48, 10-12; op. cit. [11] Polibio, III, 33, 17-18; op. cit. [12] Polibio, Parágrafos, 22-26; op. cit. [13] J. Gómez de Caso Zuriaga, pág. 364; op. cit. [14] Polibio, II, 1, 1-9; op. cit. [15] Tito Livio, XXIV, 41, 1-3; op. cit. [16] Cornelio Nepote, XXII, 4, 1-3; op. cit. [17] Apiano. “Hispania”, apud S. Lancel, pág. 53; op. cit. Puedes comprar el libro en:
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