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Balanza simbólica: Pedro Sánchez representa la dignidad frente a papeles que simbolizan corrupción en política.
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Balanza simbólica: Pedro Sánchez representa la dignidad frente a papeles que simbolizan corrupción en política. (Foto: Imagen generada por inteligencia artificial – Cibeles AI)

“¿POR QUÉ NO DIMITE?”

Por Álvaro Bermejo
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beralvatelefonicanet/7/7/18
sábado 04 de julio de 2026, 12:11h

Winston Churchill, 1945. Acaba de coronarse como uno de los héroes de la II Guerra Mundial. Se presenta a las elecciones y, contra todo pronóstico, las pierde. Dimite esa noche. Su mujer, lady Clementine, intenta consolarle: “Dale una vuelta, my dear, la derrota puede ser una bendición disfrazada”. Respuesta del Viejo León: “No lo dudo, darling, pero si es así, se ha disfrazado de una manera muy eficaz”.

Antonio Costa, primer ministro portugués, socialista. En 2023 cae sobre él una leve sombra de corrupción. No espera a que le imputen, algo que nunca sucedió. Dimite: “La dignidad de las tareas de un primer ministro no son compatibles con la menor sospecha sobre la integridad personal”. Hoy preside el Consejo Europeo.

Desde el sentido del humor o desde la coherencia, estos ejemplos ayudan a contextualizar la situación española. Un Gobierno, el que llegó al poder bajo la máscara de la dignidad, el que prometió que a la primera imputación forzaría la dimisión del imputado, hoy ya con más imputados que diputados dentro de sus filas y de su red tentacular de corrupciones, a la manera de la Tangentópolis italiana, se blinda en la prepotencia del PRI mexicano. Un presidente que sigue sonriendo, ahora reducido a su descarnado esqueleto, con la mirada opaca y la tez macilenta de los cadáveres políticos, sin asumir la menor responsabilidad personal, mientras entierra cualquier vestigio de aquellos cien años de honradez, los del PSOE en los ‘70. Y un país, en suma, donde cada día nos habituamos un poco más a respirar este aire viciado, esta enfermedad moral, esta pandemia, sin ser conscientes de hasta qué extremo va envenenando nuestra convivencia. También nuestras miradas.

Como los viejos dictadores de siglo anterior -de Franco a Fidel Castro- Sánchez, Ulises inverso, permanece amarrado al mástil de Moncloa sin escuchar, no ya los cantos, sino las sirenas de alarma nacional en todos los medios. ¿Por qué no dimite o convoca elecciones como le reclaman, además de la Oposición, sus propios socios de Gobierno?

Que esta legislatura no da para más ya es un clamor. Y esa dimisión, o la convocatoria de elecciones, la perentoria profilaxis democrática que reclama el país.

Emerger del cenagal, abrir otro horizonte, incluso atenuaría entre su grey de imputados el impacto de las incriminaciones por venir. Tanto para el PSOE como la para la izquierda supondría algo parecido a una medida de gracia. Para salir de la amarga bancarrota en que la ha sumido la desvergüenza, la incalificable indecencia de sus faros morales, para emerger de la cloaca con rostros nuevos. Para regenerarse.

Un emperador, Fernando I, hizo historia con una frase: “hágase justicia y perezca el mundo”. Sánchez parece abonado a la de Luis XVI: “después de mí, el Diluvio”. El Diluvio ya está, es la pandemia generada por su conducta y sus mutaciones: pánico en sus filas, odio en el debate. En tiempos de peste hasta los inocentes parecen culpables. Sólo por seguir respirando.

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