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Busto de Gabriel Miró en el antiguo Cementerio de Polop (Alicante). Autor: José Capuz Mamano
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Busto de Gabriel Miró en el antiguo Cementerio de Polop (Alicante). Autor: José Capuz Mamano

EL VALOR LÍRICO DE LA ELABORADA PROSA DE GABRIEL MIRÓ. IX

jueves 24 de septiembre de 2026, 08:07h
En "El remiendo", Gabriel Miró describe un molino que, a pesar de tener una vela remendada, irradia belleza y alegría. Las hormigas comentan sobre su apariencia, mientras el molino espera en silencio. La prosa impresionista destaca la luz y los colores del paisaje rural, creando una atmósfera poética y evocadora.
Estampas rurales
Estampas rurales

[El remiendo]

La mañana es más clara y gozosa en torno del molino.

Ruedan las velas henchidas, exhalando una corona de luz como la que tienen los santos.

En el reposo caliente y duro parece que se oiga la senda rajándose de sol y hormigueros. El viento que bajó de la quebrada, y se durmió en la pastura, da un brinco y se sube al molino, y tiembla y bulle en las aspas de lona.

Las seis alas se juntan en una para los ojos: la que está en lo alto hace más jovial y más fresco el azul. Y desde arriba canta una tonada de brisa luminosa que dice:

-¡Buenos días y pan!

Ya no tiene que trabajar la muela, o se ha marchado el viento antes que el maquilero, y el molino se va parando, parando...

Se queda inmóvil y como desnudo.

Una hormiga gorda, sin soltar el grano que cogió del portal, le murmura a su comadre:

-¡Mira el molino! ¡Tenía una vela remendada!

La comadre se ríe frotándose los palpos.

-¡Válgame! ¡Tanta vanagloria, y con un remiendo!

Se marchan muy ahína a su troje de la senda para contar el secreto del molino.

El molino no las ve. Sólo atiende hacia las grandes distancias, esperando. Sus seis velas son seis hermanas cogidas de los brazos y de las túnicas de virgen, y también aguardan, calladas, en el azul.

Pero es verdad: una tiene un remiendo, y cuando todas volaban, el remiendo florecía de color suave de trigo y de miel en la blancura de las otras alas.

Ha saltado otra vez el aire. Se comban y crujen las entenas. Y, al rodar, parece que se alzaron juntas todas las palomas de la comarca. ¡Qué gozo da el molino y su campo! Trasciende el grano y la harina. La vela remendada esparce gloriosamente su color maduro de sol en la corona de blancura que tejen sus mellizas sobre el cielo. El remiendo entona las claridades en lo alto, y, bajo, hace candeal.

-¡Buen día y pan! -canta el molino.

Las dos hormigas comadres, que conocen el secreto de la vela remendada, siempre se lo buscan entre la alegría delirante de las alas llenas, y dicen:

-Bueno. Pero !cuando te pares..., que te has de parar...!

Gabriel Miró: Fragmento de “Estampas rurales”. En El ángel, el molino, el caracol de faro. Madrid, Editorial Atenea, 1921.

http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/el-angel-el-molino-el-caracol-del-faro/html/

Apoyo léxico. Henchidas. Desplegadas por el viento, extendidas. Quebrada. Paso estrecho entre montañas. Pastura. Terreno de pastos. Jovial. Alegre, apacible. Maquilero. Molinero que cobra por la molienda una porción de grano llamada maquila. Comadre. Vecina y amiga de confianza. Palpo. Cada uno de los apéndices táctiles y movibles que en forma y número diferentes tienen muchos animales invertebrados en la cabeza, y especialmente alrededor de la boca -por ejemplo, las hormigas-, para palpar y sujetar lo que comen. Vanagloria. Jactancia o presunción del propio valer u obrar. Muy ahína. Muy rápidamente. Troje. Granero. Entena. Vara o palo al que se aseguran las velas del molino.

Miró acumula el mayor número posible de sensaciones. Sus sentidos poseen una especial agudeza para captar los estímulos cromáticos y musicales que la realidad le ofrece; estímulos que luego, como lo haría un artista del pincel o del pentagrama, ordena armónicamente y obtiene, así, una prosa de la más alta categoría literaria; tal vez la mejor prosa impresionista española contemporánea.

Además de la presencia del molino con sus «velas henchidas» y de la naturaleza que lo circunda -quebrada, pastura, hormigueros, etc.-, otorga al texto un fuerte color local el empleo continuo de palabras típicas del ambiente rural: maquilero, comadre, troje, etc.

La extraordinaria carga literaria del texto deja en suspenso el ánimo del lector. Con gran acierto llama Gabriel Miró a esta singular página "Estampa rural", dado que en ella son más valiosos los componentes descriptivos que los narrativos. Lo que da valor a un cuadro es, ante todo, la calidad de la pintura y, luego, la anécdota que representa; y si poéticamente bella es la aventura del molino, lo es mucho más el cuadro de luz y color que le sirve de tela y marco. No cabe imaginar una mayor acumulación de sensaciones. El texto es un claro ejemplo de estilo impresionista, enriquecido por una imaginación que transmuta en objeto de naturaleza poética la prosaica realidad del remiendo de una de las velas de un viejo molino.

Miró utiliza en el texto un recurso estilístico propio de su época: coordinar, como unidades funcionales, parejas de elementos: ya sean nombres -el remiendo florecía de color suave de trigo y de miel; trasciende el grano y la harina; etc.-; adjetivos -mañana clara y gozosa; reposo caliente y duro; etc.-; verbos -el viento tiembla y bulle; las entenas se comban y crujen; etc.-. Se detiene así el ritmo rápido de la prosa uniendo a la armonía del paralelismo una sensación de sosiego y equilibrio.

De gran belleza y originalidad son las comparaciones e imágenes: las velas del molino ruedan henchidas, exhalando una corona de luz como la que tienen los santos; las seis velas del molino son seis hermanas cogidas de los brazos y de las túnicas de virgen... Los vocablos están usados, por otra parte, con gran propiedad -eligiéndose, en cada oración, de entre varios sinónimos, aquel que mejor expresa la realidad designada-; y las oraciones se suceden con equilibrada fluidez. El uso constante en ellas del presente de indicativo acerca emotivamente el texto al lector.

Las campanas

La mano de membrana vieja del campanero se agarra al nudo de la soga, y principia a tirar como de un fuelle de herrería. La soga sube por lo fosco de una verja y de una lápida sudada de sepultura; y traspasa la nave y todo el cuello moreno de la torre. El tirón remueve los hombros de madera de la esquila del alba, que estaba durmiendo en el último cigoñal. Se tuerce, se va doblando, y cabecea y canta. Tiene un tono infantil y fresco. A su lado tiembla un alboroto de pájaros que se marchan a ganarse la vida. El cielo acaba de rasgarse tiernamente como la piel de una fruta; y le sale un zumo de color de rosa. En la delgada herida aparecen los contornos de la ciudad; después, la felpa negra de los pinares; y se cincela la dulce forma de dos colinas hermanas. Está deshilándose la niebla que la noche ha tejido en el carcavón; y se desnuda un prado, nuevecito del relente, y un camino que retoza muy contento...

Lo mira compadeciéndose la «Campana-Madre-1766». Son casi de la misma edad. Gruesa y pacífica, se duele de la inquietud del camino. ¡Dónde irá tan gozosa esa criatura, si ha de volver con la tierra descalza y cansada esta tarde como todas las tardes! Tiene razón; al anochecer, parece que los caminos vuelvan a los pueblos.

Esto lo dice la «Campana-Madre-1766», todavía dormitando. De verdad no se despierta hasta las doce; y, aun entonces, trajina muy poco; habla lo preciso, dejando caer nueve palabras, las nueve campanadas del Ave María que se abren y pasan imprimiendo una caliente quietud en la ciudad, en las heredades, en la labranza, en el camino desvalido... Esta campana deja en el paisaje de sol un reposo como el de la noche. Se percibe el silencio de las distancias, como si se acercasen para sentirse aprovechándose de la soledad. No hay nadie; hasta los mastines se entran a rodear la mesa de familia. Parecen más encendidos los rasos y las cumbres, porque los valles, los huertos y las casas se entornan para dormir la siesta.

Todas las campanas cuelgan inmóviles hasta la hora del coro. Entre los arcos vienen ráfagas olorosas de paisaje maduro del mediodía y zumban como abejas en los labios abiertos de las campanas. Un ave rubia se tiende en torno de la cúpula; le vibran de inmensidad los ojos; sus alas tirantes abren en el cielo una emoción de playas de espumas; después, se sumerge dentro del azul. Las campanas se quedan solas. Las va calando el sol y se les difunde como una sangre en toda su copa de carne de lumbre.

Las fiestas y gloriosas conmemoraciones las precipitan locamente. Todo el ámbito del lugar se comunica de su goce; todo el cielo se forja en campana; y ellas no pueden contener el corazón que les salta; y se exhalan juntos; y suben y vuelan en bandadas. A lo lejos van bajando joviales, claros, menuditos, y se ponen a jugar encima de la hierba y se levantan y arremolinan como ruedos de hojas y de niños.

Ha querido cogerlos un caminante, y no puede, porque le rebullen y aletean en el pecho las campanas de ahora, y él quiere las que oía rodar cuando se marchó.

Inocentes y buenas rezan las oraciones. Y al callarse, se quedan más lejos del pueblo los que van de camino.

Los corazones de las campanas se han subido a dormir en las cunas de sus alcándaras. Comienzan a sentirse de noche. Las miran unos ojos cuajados de frío, y las palpan unas alas de humedad y silencio. Ya no se acordaban de la mala compañía. Van rodeándolas las grandes aves con su vuelo de paño. ¿Dónde estará el ave inflamada de inmensidad que se hundió en el azul?

Pero todo el fondo del cielo y de los campos se llena de un temblor de campanillas de estrellas y de élitros.

Poco a poco se van volviendo de plata bajo la luna. Entonces, la torre adquiere una belleza de juventud, precisamente cuando cada sillar se queda desnudo en toda la gracia de su vejez. Madre hermosa con el pelo blanco que se pone su arcaico vestido de bodas para que la vean las hijas. La torre es humana y vegetal, alzada como un brazo que sube un racimo de uvas de luna.

Ahora las campanas son la paz del pueblo.

De día, ellas, la fuente y los árboles de la plazuela, los palomos, los humos de los hogares y los niños, esparcen la sensación de vida del pueblo. Pero ellas más; ellas lo envuelven desde encima y desde las lejanías; desde donde principian a sentirlas los ganados, los trajineros, los caminantes. Traspasan cada latido del aire; son el pulso, el alarido y la tonada; acercan el olor de la panera, del almijar, de la cuba, del lienzo lavado, todo el olor de su pueblo. Las lindes de los términos suenan en lo recóndito de su calma, a ellas; los terrones y las veredas parece que fueron batidos en el mismo molde de fundición. Oyéndolas se alcanza la plenitud evocadora del lugar, de su óptica y hasta de su tacto, porque vibra en ellas el tiempo; el tiempo inmóvil de atrás, de las generaciones acostadas inmensamente entre los cuatro cipreses que arden con el oro de la puesta de sol; el tiempo del instante de ahora, estremecido como un pájaro invisible que toca nuestras sienes; y el tiempo que ha de venir por el horizonte como una brisa nueva, y ha de hilarse en la rueca tostada del campanario. Campanas hilanderas. Son también las clavarias; todos los días y todas las noches abren y cierran el arca roja de la luz. Ésta es la estampa de las campanas. ¿Y el campanero? Es verdad; ¡el pobre campanero!

¡Aunque, de todos modos, las gentes creen que lo único que hace el campanero es tocar las campanas!

Gabriel Miró: Fragmento de “Estampas rurales”. En El ángel, el molino, el caracol de faro. Madrid, Editorial Atena, 1921.

Bibliografía.

King, Edmud L.: “Azorín y Miró: Historia de una amistad”. Boletín de la Asociación Europea de Profesores de Español (AEPE). Año V. núm. 9. Octubre 1973.

http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/azorin-y-miro-historia-de-una-amistad/html/c9608a34-daf4-11e1-b1fb-00163ebf5e63_4.html

Senabre, Ricardo: “El paisaje psicológico en Gabriel Miró”. En Lozano Marco, Miguel Ángel, y Monzó, Rosa M.ª Monzó (editores). Actas del I Simposio Internacional "Gabriel Miró". Alicante, Caja de Ahorros del Mediterráneo, 1999, págs. 135-148.

http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/el-paisaje-psicologico-en-gabriel-miro/html/0bd8eeb0-f5c1-11e1-b1fb-00163ebf5e63_3.html.

Gabriel Miró: La mujer de Ojeda. Ensayo de novela).
Prefacio por Luis Pérez Bueno, Alicante,
Juan José Carratalá, 1901.

[Una mañana otoñal, camino de Villacuevanos]

De allá, de la espadaña de la Iglesia, escapábanse dolientes tañidos de campana; perdíase en el espacio gris la estridente voz del arrogante gallo; temblaba el empedrado de las calles bajo el peso de gigantescas y escandalosas carretas; quejábanse los herrumbrosos goznes de algunas puertas: por las sendas que conducían al campo, retozonas y apelotonadas iban las ovejas cuyos balidos tristes mezclábanse con los humildes sones de las esquilas; vibraciones, cantos, ruidos y sonidos que recordaron a Carlos aquella mañana otoñal, en la que henchida su alma de esperanzas y alegrías, marchaba a Villacuévanos, ansioso de alcanzar al que fue luego segur que cortó sus ilusiones y usurpador de sus amores y venturas...

Gabriel Miró: La mujer de Ojeda. Alicante, Imprenta de Juan José Carratalá, 1901.

Edición digital del original:

http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/la-mujer-de-ojeda-ensayo-de-novela/html/f4bf2f98-a415-11e1-b1fb-00163ebf5e63.html

[Las palabras en cursiva está resaltadas en el original por el propio Miró].

Apoyo léxico. Retozona. Que salta y corretea alegremente. Segur. Hacha grande para cortar.

Recuperamos esta obra primeriza de Miró, publicada cuando tiene 22 años, entre otras razones como ejemplo de la influencia que ejerce -también Azorín- sobre Vicente Soto, a la hora de recoger impresiones sensoriales, aun cuando este sea más dinámico que ambos escritores alicantinos.

Puedes comprar el libro en:

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