Hasta el presente, la obra de Sofía Castillón otorga sobrado respaldo al planteo de Marechal. Autora de dos poemarios harto recomendables ya comentados en estas páginas (Salvo la sombra, 2022; Fiesta porteña, 2025), publica ahora una novela (Nieve en la orilla, Lengua Suelta Ediciones, Argentina, 2026, 109 páginas) en la que el aliento poético respira en cada una de las líneas de su prosa y en la límpida cadencia de su fraseo. Un par de ejemplos, entre tantos, bastarán para dar cuenta de ello: “La conversación naufragaba en la delgadez de los silencios” (p. 11), “el vendaval gélido de abandono que nos esperaba” (p. 12), “medusas que malgastaron sus filamentos en las costas humanas” (p. 31), “Eugenio siempre había tenido consistencia de bruma” (p. 41), “El aire adentro mío se llenó de sombras” (p. 45). En el marco del indigente panorama de la narrativa argentina contemporánea (salvo raras excepciones, entre las que cabe mencionar al escritor Marcelo Rubio –El Cristo roto, El llovedor, Cuatro versos-, tal vez el más destacado), la diafanidad de la prosa de Castillón no puede menos que ser bienvenida, dentro de un paisaje –reiteramos- en que ya no el estilo, sino la voluntad de estilo es un concepto y una práctica que han quedado abolidos a favor de la efusión fisiológica: hay que escribir como se siente, tal y como aquello que se siente fuera garantía de excelencia estética: un despropósito que ni siquiera merece refutación.
La trama de Nieve en la orilla circula sobre una doble vía argumental: la historia familiar y los avatares de un amor que, cuanto menos, se podría calificar de fantasmal (la relación de la narradora con Eugenio). Ambos temas –tal y como los motivos de una fuga- corren en paralelo hasta que se intersecan sobre el final de un modo tan tributario de la metáfora como de la sutileza (tal fusión es uno de los inequívocos hallazgos de la novela). Y ambos temas, por cierto, reconocen su germen en el tenaz ejercicio de la evocación; nunca conviene olvidar que la matriz de la narrativa fue, es y seguirá siendo la misma: “había una vez”.
La historia familiar se sustenta en un mandato familiar limpia e involuntariamente desatendido: echar raíces firmes, pero es una familia atravesada por el estremecimiento de la errancia: “no podemos más que nacer para desplazarnos (…) dispersos como un hormiguero que se llena de agua” (p. 19). ¿Cómo se narra una historia familiar? La narradora observa: “La historia de mi familia se superpone sobre mis pasos de tal forma que me cuesta distinguir los límites. Somos partículas avanzando en diferentes velocidades hacia el mismo pasado” (p. 64). En efecto, las historias familiares se cuentan –tal como lo demuestra Castillón- a partir de un oxymoron que define a la perfección aquello que se denomina “lazos de familia”: un avance hacia atrás. Es indudable que el sujeto humano, como lo postula Heidegger, es un “ser de lejanías” en la medida que no deja de pensarse como proyecto, pero, también y con un impulso análogo, consideramos que es un “ser de repliegues”: en la medida en que no ceja en su busca del origen. No en vano la narradora señala que “la verdadera herencia” que cada uno recibe es “el espíritu animal de los sufrimientos que no nos pertenecen, pero que nos son otorgados” (p. 65).
En la página 60 de la novela se lee: “Este mal viene a mí con la configuración de un pez deforme flotando en el agua residual, un pez bañado en sangres azulinas, el resto de algo que no fue de este mundo y que me eligió: no madre, sino tumba.” Y más adelante: “(…) … el asco que siento al pensarme como una tumba capaz de engendrar horribles monstruos marinos” (p. 97). En ambas frases –cuya vibración y alcance se extienden a lo largo de todo el texto- resuena la funesta y bella analogía que ensaya Dylan Thomas en varios de sus poemas aprovechando la semejanza fónica que guardan dos palabras en idioma inglés: womb (útero) y tomb (tumba).
¿Quién es Eugenio? Un amor etéreo, inasible, evanescente que la narradora pierde y reencuentra al capricho de circunstancias azarosas: tal es Eugenio en la superficie más visible del argumento. Pero aguzando un poco más la mirada que lee la letra, Eugenio también es el fantasma por antonomasia que atraviesa toda la novela, el fantasma de un bebé que fue arrojado al mar en un rapto de locura, el fantasma cristalizado en el tiempo de la evocación: de ahí su carácter evanescente, pero –exquisita paradoja- firmemente encarnado en el privilegiado territorio de la memoria. En esta relación con el fantasma, la narradora, de forma del todo atendible, se sitúa en un plano de angustiosa espera. Tal como lo señala Rüdiger Safranski parafraseando a Heidegger (Heidegger y el comenzar, Ediciones Pensamiento, Madrid, primera reimpresión, 2007, p. 19), la angustia es y no deja de ser “el estremecimiento ante el abismo sin fondo de la nada.” La nada: la residencia del fantasma; pero también, la nada: aquello que, como observa Sartre en El ser y la nada, se halla en el seno mismo del ser, en su interior, a la manera de un gusano que roe y carcome.
La narradora afirma: “Es el silencio lo que permite el ritmo, pienso” (p. 78). Sofía Castillón deja esta reflexión que resulta ser de una pertinencia categórica; hay lo inefable (en el núcleo del lenguaje habita la inefabilidad, aquella palabra que siempre queda en la punta de la lengua, aquello que se resiste a ser articulado) y hay lo no-dicho (aquello que el escritor elige callar): sobre estos dos silencios está construida la práctica de la escritura.