La puesta en escena huye del realismo cálido del desierto y las pirámides y opta por una escenografía fría, con un gran círculo que representa a un gran sol, o luna, símbolo de poder y que se fragmenta para que sus partes formen, en algún momento, un barco por las aguas del Nilo. Los elementos escénicos, de líneas duras y texturas casi industriales, actúan como un marco aséptico que contrasta con la roja pasión de la trama. Sobre esta frialdad arquitectónica opera la actualización de las escenas y los personajes. Los diálogos se fusionan con un ritmo moderno mezclándose con las partes cantadas, mientras que el diseño de vestuario y la puesta en escena retienen una estética clásica intrínseca. Es un anacronismo poético: los cuerpos visten el mito helenístico, pero sus almas sangran con la inmediatez del siglo XXI. Sin embargo, este anacronismo intencionado no rompe la comunicación con el espectador. La dirección artística logra un equilibrio visual interesante: los personajes visten la grandiosidad del pasado remoto mientras actúan con la urgencia y el pulso del presente. En el centro del conflicto late una historia de amor tan romántica como belicosa. La obra entrelaza la caricia y la espada, mostrando que el afecto de los reyes es también una declaración de guerra. El magnetismo del montaje se sustenta en la atracción popular que Cleopatra ejerce sobre el imaginario colectivo; ella es el centro de gravedad de un imperio y de una obsesión. Su final trágico, dominado por un sentimiento del amor absoluto y devorador, se despoja de artificios para mostrar la vulnerabilidad de una reina que prefiere la muerte antes que la rendición emocional en un destino casi inevitable. El elenco sobresale con una fuerza interpretativa incuestionable en el misterio de este universo abstracto. Natalia Millán compone una Cleopatra de una dignidad herida y magnética, acompañada por la versatilidad interpretativa de Álex O'Doggherty, la prestancia de Paco Morales y el preciso pulso de Jokin González, entre otros. El teatro parece conservar los susurros y las conspiraciones del pasado, suspendiendo las palabras en el aire cálido de la representación. Este ambiente histórico se potencia con los ritos, hechicerías y vaticinios imperantes en la época, aunque los movimientos y coreografías sean actuales y cercanos a nuestra época. La banda musical que acompaña el montaje se convierte en el vehículo perfecto para esta atmósfera. Su partitura y ejecución en directo transita con fluidez entre melodías atávicas y arreglos contemporáneos. La música no es un mero adorno de fondo, sino un personaje más que estira y encoge el tiempo, uniendo el misticismo del Nilo con la vibración de nuestros días. Cleopatra enamorada elimina las barreras cronológicas. Es un viaje donde el amor y la guerra se confunden, recordándonos que las pasiones humanas permanecen intactas a través de los siglos. INFORMACIÓNCLEOPATRA ENAMORADA Adaptación: Florián Recio Composición musical: Shuarma Teatro La Latina Noticias relacionadas+ 0 comentarios
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