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Álvaro Bermejo
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Álvaro Bermejo

"El secreto del Rey Alquimista", crónica de un making off

viernes 19 de octubre de 2018, 14:02h
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Un códice misterioso –el legendario Manuscrito Voynich-. Dos monarcas en bancarrota –Felipe II y su primo, Rodolfo II el alucinado-. Tres personajes como surgidos de los pinceles de Arcimboldo en ruta hacia Praga, la ciudad de los alquimistas. Y allá, un rabino tirando a inquietante –Judá León, el creador del Golem. Algo que me rondaba como desencajado en mi interior, comenzó a articularse cuando me decidí a ponerlo por escrito. El resultado es una novela entre histórica, esotérica y romántica, donde todo lo que parece increíble es cierto… Y lo que parece más cierto, hijo de la ficción. Esta es la intrahistoria de "El secreto del rey alquimista".

El secreto del Rey Alquimista
El secreto del Rey Alquimista


Permitidme, amigos, que comience por el final. Vengo de un viaje por Italia que atendía a dos objetivos: visitar Castel del Monte, la fortaleza octogonal erigida por el emperador Barbarroja en un rincón de Apulia, en medio de la nada. Y, ya en Nápoles, hacer lo propio con la legendaria capilla del príncipe Raimondo di Sangro, la del
Cristo Velato, otro prodigio de ciencia hermética.

Allá, en la cripta del Cristo Velado, me esperaban dos tentadores cadáveres dieciochescos que exhibían sobre su esqueleto todo su tejido arterial prodigiosamente solidificado. Tres siglos después, nadie sabe cómo el enigmático Di Sangro logró semejante proeza taxonómica.

No pude evitar que me vinieran a la mente dos gabinetes de tinieblas como los que habilitaban los dos monarcas de mi novela, Felipe II –en las criptas de El Escorial-, y Rodolfo II, en su disparatado castillo de Praga.

No fueron sin embargo esos cadáveres quienes me helaron la sangre, sino lo que encontré en Castel del Monte. Un texto que cotejaba las torres octogonales de su fortaleza con las fuentes igualmente octogonales que ilustran las páginas del Manuscrito Voynich. Increíble, pero cierto.

Entonces lo recordé. En su tiempo este manuscrito se conoció como el Códice Ochavado, en alusión al Octavo Cielo del que habla el Dante. ¿Podría ser que ese Octavo Cielo fuera también la clave maestra sobre la que se erigió Castel del Monte?

Una rara geometría alquímica preside ambas construcciones –una en vitela, la otra en piedra-. El secreto del rey alquimista me revelaba su estricta continuidad a través del tiempo, justo en el momento en que su primera edición salía de la imprenta.

LAS LOCURAS DE FELIPE II

Sus caracteres ilegibles lo presentan como un desafío mayúsculo que se incrementa al reparar en su caudal de ilustraciones. Jóvenes doncellas bañándose en fuentes octogonales bajo estrellas y constelaciones nunca vistas, artefactos que sugieren laboratorios alquímicos, plantas monstruosas sin parangón en la herborística conocida.Porque en realidad esta historia comenzó hace muchos años. Me cuesta recordarme como un adolescente, pero fue en ese tiempo –el de los descubrimientos-, cuando sucedió mi primer encuentro con el Manuscrito Voynich. ¿Qué era eso? Un libro de apenas doscientas páginas, escrito en un lenguaje tan inextricable como desconocido, que nadie hasta hoy -ni siquiera los supercomputadores de la NASA- ha conseguido descifrar.

“En este terrible volumen yace el misterio de los misterios”, dijo de él Walter Scott. No le faltaba razón. Precisamente por eso todos cuantos lo poseyeron cifraron en él sus más desatinadas esperanzas. Y en esto, nadie como Felipe II.

Se cuenta que lo conoció durante su estancia en Inglaterra, donde acudió para casarse con María la Sangrienta, la inefable Bloody Mary. Tan adusta y entrada en años era la primogénita de Enrique VIII, que el mujeriego Felipe llegaría a afirmar: “no voy a unas bodas, sino a una cruzada”. Intimidades conyugales al margen, si su matrimonio acabó en desastre, el libro prodigioso no se le fue de la cabeza. Treinta años después, cuando su reino se iba a pique acuciado por las guerras y las bancarrotas, no concibió mejor idea que hacerse con él. ¿Por qué? Porque los sabios de su gabinete de alquimistas y cabalistas –buena parte de ellos hebreos confesos, en la España ultraortodoxa de la Inquisición-, le habían advertido que ese códice, el Ochavado, contenía las claves de la Piedra Filosofal y las del Elixir de la Vida.

Aquel Felipe ya anciano y decrépito a sus cincuenta años –como si su salud fuera una proyección de la quiebra nacional-, llegó a obsesionarse. El Ochavado no sólo revertiría sus mil dolencias –gota, artritis, asma, cálculos biliares-. Si verdaderamente contenía la fórmula de la Piedra Filosofal, y si a ésta se le atribuía la virtud de convertir el plomo en oro, una vez que se hiciera con él, sus grimorios le procurarían una montaña de doblones. Los que necesitaba para saldar sus infinitas deudas y convertirse en el amo del mundo.

Mediaba un pequeño problema. El Ochavado, entonces, estaba en posesión de su primo, Rodolfo II de Bohemia, el emperador. Y sus relaciones personales, pese a considerarse los dos baluartes de la Cristiandad en el tiempo de las Guerras de Religión, no salían de lo catastrófico. No le quedaba otra que alistar una embajada tan discreta como secreta, enviarla a Praga, y poner a trabajar las mil reliquias de santos que arbolaban su Escorial, de modo que le fueran favorables en la empresa.

UN ANDRÓGINO, UN ENANO Y UN GIGANTE

Así nació Andrés de Onís. Un joven sevillano, hidalgo de fortuna –aunque carente de todas las materiales-, cuya belleza, decididamente ambigua, va unida a su destreza con el estoque. Frecuenta un círculo de cortesanos muy al tanto de la secreta ambición del rey, pero aún más de las intrigas que se cuecen en el Alcázar. Su plan real apunta a quitarse de en medio a la princesa de Éboli. Pero esa es otra historia. Una vez que Onís queda emplazado como el Andrógino de la profecía -porque también hay una profecía por medio-, necesitaba un par de acompañantes que otorgaran un punto de verosimilitud a la historia.Si todo lo que vengo contando es cierto y bien cierto, la parte de ficción comienza con el dibujo de los protagonistas de esa misión. Al mando no podía ir cualquiera. Tenía que inventarme un personaje que estuviera en consonancia con el misterio. Algo así como un cruce entre el príncipe Di Sangro -el de la capilla del Cristo Velado-, el Parsifal de las sagas artúricas, y el Andrógino que, en alquimia, simboliza la consecución de la gran obra.

El primero estaba obligado. Si el Manuscrito Voynich es un libro en clave, se imponía la presencia de un experto en lenguajes cifrados. Concebí un enano tan cómico como presuntuoso –Ranuccio de Parma-. Y junto a éste un gigante escocés –William Wallace-, buen conocedor de la ruta.

El trío compuesto por un caballero disfrazado de dama -Onís-, el enano y el gigante, atravesará la Francia de Enrique IV –el de “París bien vale una misa” (…y también una masacre, como la de la noche de San Bartolomé)-. Luego los feudos de Silesia y Suabia –allá donde Federico II, el de Castel del Monte, levantó un ordenado imperio que en el tiempo de mi relato se reduce a un pandemonio-. Después la bucólica Baviera, otro infierno para vivos, aunque habitado por unas cuantas diablesas de lo más seductoras. Hasta que finalmente, alcanzan la “Ciudad del Umbral”, la Praga de todos los esplendores.

¿He dicho finalmente? Me atrevo a revelaros otra clave del making off. El texto original de mi novela contaba con ciento cincuenta páginas más. No estaban mal escritas. Referían las peripecias de nuestros tres aventureros en las variopintas cortes que van atravesando. Pero, ¿cuál era el sentido de mi relato? Presentar el Manuscrito Voynich tan pronto como me fuera posible. Todo lo demás, por más interesante o divertido que me pareciera, sobraba.

Nunca olvidaré una frase de Stevenson: “Quitar texto a una historia es como apartar la leña verde de un fuego. Cuanta más quitas, más se levanta la llama”. Dicho y hecho. En mi última lectura, esas ciento cincuenta páginas fueron expurgadas. Y, creedme, no me arrepiento. A cambio de eso, la presencia de Praga se ha hecho más fuerte en el relato. O, como diría Stevenson, su llama se ha elevado. Aunque sólo puedes ser tú quien juzgue hasta qué altura.

El resto es un thriller que me atrevo a calificar como kafkiano. Con su parte histórica, su parte esotérica, su parte romántica y, por encima de todas –o al menos así lo he pretendido-, su parte humana. La histórica resultó la más difícil de orquestar. No porque fuera complicada, sino por su inverosimilitud esencial …pese a ser rigurosamente cierta. Y ahora os lo cuento.

LOS MISTERIOS DEL MANUSCRITO VOYNICH

Imaginad un emperador loco –entonces decían melancólico-, que se desentiende de sus tareas de gobierno para dedicarse al estudio de la astronomía, la cábala y la alquimia. Volvemos a hablar de Rodolfo II. Pero lo veréis mejor si os asomáis al retrato que le pintó otro de su cuerda, el genial Arcimboldo, componiendo su rostro en base a una mezcolanza de frutas y verduras. Lo que a cualquier pintor de corte le hubiera costado la cabeza –supongamos a Felipe II pintado de esa guisa-, al monarca bohemio le fascinó.

El hecho no tiene nada de sorprendente. Por su palacio pululaba todo un friso de personajes no menos esperpénticos. Como por ejemplo Tycho Brahe, el astrónomo de la nariz de plata –perdió la suya en un duelo-, o el tenebroso doctor Dee.

Fue este científico inglés –el que concibió la idea del meridiano de Greenwich, además de pasar a la historia por unos cuantos autómatas de su invención (entre ellos un formidable escarabajo mecánico)-, quien le procuró a Rodolfo II la verdadera joya de su corona. No otra que el Manuscrito Voynich. Y ya va siendo hora de que hablemos un poco más de él.

Este libro prodigioso carece de título y en ninguna de sus páginas revela el nombre de su autor o el tiempo en que fue escrito. En el de mi novela se atribuía su factura a otros tres sabios no menos estupefacientes. El Abad Tritemio, autor de una obra hermética monumental –su Esteganografía-, de quien se llegó a decir que estaba en contacto con los ángeles. Nuestro Raimundo Lulio, que también fue un clérigo alquimista además de un mujeriego impenitente. Y un tercer clérigo, el franciscano Roger Bacon, a quien se atribuye la creación del telescopio, además del descubrimiento de los gametos y otras células vivas que podía observar con un microscopio de su invención –y estamos hablando del siglo XIII-.

El doctor Dee vendió el códice al emperador –por la astronómica cifra de seiscientos ducados, una fortuna para la época-, prometiéndole que entre sus páginas se contenían todos los secretos de la vida y de la muerte cifrados en un sistema de lógica simbólica.

Su herramienta para desvelarlos sigue a la vista del público en el British Museum. Se trata de un espejo negro, de antracita muy pulimentada, que Dee atribuía a la generosidad de un “espíritu enochiano” –en alusión al patriarca Enoch, aquel que fue raptado por Dios y elevado al Octavo Cielo-.

Más allá de la patraña que sólo un demente podía creer, no es menos cierto que las ilustraciones de este libro prodigioso muestran sistemas estelares desconocidos en su tiempo, incluso planetas con dos soles. ¿Los que había visto el franciscano Roger Bacon desde su telescopio? Pero lo importante no dejaba de orbitar en torno a lo inmediato. Y esto no era otra cosa que descifrar la fórmula de la Piedra Filosofal, presuntamente encriptada entre sus jeroglíficos.

EN LA CORTE DEL EMPERADOR ALUCINADO

El resto es una historia donde se cruzan el romance, la intriga y la seducción. Pero también una trama paralela. Sabedores de que el rey Felipe ha enviado a Praga una embajada secreta para hacerse con el códice, los partidarios de la princesa de Éboli en la corte española lanzan en su persecución otra embajada. Esta presidida por una dama tirando a fatal –por no escribir letal-, y un intrigante que acabará revelándose como un patriota. Desvelar el cruce de maquinaciones y persecuciones ya sería destripar la historia. Y tampoco es eso. Quedaos con que allá en Praga se librará una guerra larvada entre españoles –raza cainita la nuestra-, muy a tono con las que seguimos manteniendo en la actualidad.o será fácil para Onís y los suyos acceder a él. Rodolfo II lo guarda en su cámara más privada, y a ella solo pueden acceder sus íntimos. Como la sin par Polixena de Carpatia, la hermana mística del monarca. Pero también una insaciable “devorahidalgos”… ante la que nuestro personaje –Onís- solo podrá acceder bajo el disfraz de dama de corte con el que ha atravesado media Europa.

LA CLAVE ESTÁ EN EL GOLEM

Un lector avisado ya habrá intuido que en este cruce de espirales se oculta la clave para resolver el enigma. Si el Golem de la leyenda no pasaba de ser un gigante devastador, significado por su fuerza bruta, ¿por qué no concebir la posibilidad de un segundo Golem, este sutil y matemático? De hecho, si el rabino Judá pudo crear uno para defender su geto, también pudo concebir otro, este consagrado a resolver lenguajes cifrados. Y no os cuento más.También se le atribuyó un origen español al rabino Judá Loew -no confundirlo con la marca homónima-, más conocido como Judá León. Su presencia en el relato, al menos para mí, era inevitable. El rabino Judá, y aún más su fantástica criatura, el Golem, subraya el rango mágico-delirante de aquella Praga, al tiempo que se erige en el contrapunto ideal para equilibrar ese otro binomio compuesto por el doctor Dee y el manuscrito Voynich.

Según cómo te acerques al Manuscrito Voynich, hay quien afirma que parece sonreír y cerrarse en su silencio, como si guardara un secreto que nadie podrá descifrar. Su sonrisa es la de Arcimboldo, el visionario pintor de corte de Rodolfo II, aliado de nuestros protagonistas y -¿he de decirlo ya?-, un trasunto de quien firma estas líneas.

A fin de cuentas, ¿qué somos los escritores o quienes aspiramos a serlo? Pintores de trampantojos que en su lienzo de palabras, tantas veces ilusorio, siempre ficticio, reflejan la verdad profunda del alma humana, o lo que alcanzamos a entrever de ella.

No sé hasta qué punto habré acertado a pintar el mundo actual a través de esta fábula histórica. En realidad, así como Arcimboldo, no he pretendido otra cosa que componer un divertimento. Igual que el Manuscrito Voynich tal vez no sea otra cosa que una monumental broma metafísica, urdida por alguien que solo pretendía enfrentarnos con nuestra codicia vital y nuestras más secretas ambiciones. ¿Lo sabremos algún día?

“Si secretum tibi sit” –dice el aforismo clásico-, “tege illud, ved rebella”. Traduzco: “Si tienes un secreto, escóndelo o revélalo”. Llegado al final de este monólogo, me apunto a las dos fórmulas. Guardo mi secreto mientras lo revelo.

El resto, solo es literatura.

Puedes comprar el libro en:

Página del Manuscrito Voynich
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