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Álvaro Bermejo
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Álvaro Bermejo (Foto: Asís Ayerbe)

Álvaro Bermejo: “Hoy, por otros medios, sea desde la macroeconomía o desde las biotecnologías, seguimos buscando la Piedra Filosofal y el Elixir de la Vida”

jueves 01 de noviembre de 2018, 20:02h
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Tras su inmersión en el mundo de la brujería vasca -“Como el bosque en la noche” (Premio Alfons el Magnànim)-, Álvaro Bermejo regresa a las librerías con “El secreto del rey alquimista”. Una historia ambientada entre el Madrid de Felipe II y la Praga de Rodolfo II, a la que se asoman los lienzos de Arcimboldo, la sombra de El Golem y el enigma de el Manuscrito Voynich. El próximo martes la presenta en Madrid -Ámbito Cultural / El Corte Inglés-, acompañado por la periodista y escritora Anna Grau.

Álvaro Bermejo
Álvaro Bermejo (Foto: Asís Ayerbe)

"El secreto del Rey Alquimista" se presenta como una novela histórica, y sin duda lo es, pero incorpora elementos de la literatura fantástica, una inquietante atmósfera esotérica y hasta una trama de thriller. ¿La va la literatura crossover?

En su estupenda Introducción a la literatura fantástica, Todorov define las diversas formas del género como una herramienta para abrir caminos a realidades aumentadas. Permíteme un ejemplo: acabo de regresar de Castel del Monte, la enigmática fortaleza octogonal que erigió el emperador Barbarroja en medio de la nada. Allá, descubrí un libro que compara sus torres con las fuentes también octogonales que aparecen dibujadas en el manuscrito Voynich, el libro que da vida a El secreto del rey alquimista. Casualmente, en su tiempo se conoció este texto como el Códice Ochavado, igual que la clave de Castel del Monte es el ocho. El misterio llama al misterio. Y la literatura es el escenario –más bien el laberinto-, donde todos ellos se cruzan.

Veo que le van los juegos especulares. Porque también hay otro emperador en su libro, Rodolfo II, sobrino de Felipe II. Es éste quien decide la embajada de los tres aventureros que parten hacia Praga en busca de ese manuscrito encriptado en una lengua misteriosa que, todavía hoy, nadie ha podido descifrar.

Más que histórica, la mía es una novela geométrica, como Castel del Monte. Dos monarcas en apuros, Felipe y Rodolfo, dos cortes larvadas de intrigas, y un elenco de personajes tan ambivalentes como el protagonista de mi relato. Andrés de Onís es un joven soldado de fortuna, simple y enamoradizo, en cuyo nombre se cruzan un sí y un no. Los alquimistas de Felipe II ven en él un emblema del Andrógino, de la misma manera que el manuscrito Voynich supone una alegoría de la condición humana. Cada uno de nosotros es un libro lleno de claves y misterios. Es tarea de cada cual acertar a descifrarlo.

“Cada uno de nosotros es un libro lleno de claves y misterios”

En la Praga de Rodolfo II pululaba toda una corte de astrólogos y cabalistas. ¿Existieron los que cita en su novela?

Todos ellos y muchos aún más increíbles. Como bien has dicho, en la corte de Rodolfo el Alucinado convivían astrónomos como Tycho Brahe -el hombre de la nariz de plata- magos como el tenebroso John Dee, pintores tan visionarios como Arcimboldo y hasta el rabino Judá León, el creador del Golem.

Pero el Golem es una criatura de ficción…

Igual que Don Quijote. Y sin embargo, ¿quién representa mejor la España del XVI: los ilustres letrados de aquello tiempo, de cuyo nombre ya nadie se acuerda, o nuestro Ingenioso Hidalgo? El Golem encarna el sueño humano de igualarse a Dios, dando vida a lo inanimado. Es un precursor de la criatura del doctor Frankenstein y de toda la literatura robótica que popularizó Asimov. En mi novela juega un papel decisivo, pero dejemos que lo descubra el lector.

No parece menor el que desempeñan las mujeres. Parecen personajes secundarios, pero resultan determinantes.

Cierto, como en la vida misma. Y en mi trama también responden a un planteamiento geométrico. Mariana de Luján, la amante de Onís, supone la inversión de la Princesa de Éboli. Anna de Austria, la reina consorte en la corte española, tiene su réplica en Polixena, la hermana mística de Rodolfo en la de Praga. Como dijo Goethe, “el eterno femenino nos empuja hacia lo alto”.

Novela histórica, novela de aventuras, esotérica, romántica, El secreto del rey alquimista parece apostar por una forma narrativa decididamente contemporánea.

No cabe otra. El pasado solo puede ser contado desde el presente y, en este sentido, he intentado escribir un relato que trasciende los lugares comunes de la literatura de género. Hay un momento de la historia en el que ya no importa si Onís conseguirá hacerse con el códice, si su fiel Ranuccio llegará a descifrarlo, o si llegará a las manos de Felipe II. Más allá de todo eso, los protagonistas se enfrentan consigo mismos. Se ven forzados a reconfigurar su identidad y la de su siglo, igual que nos sucede a nosotros en éste. Hoy como entonces, bajo el mundo que consideramos real, discurre otro habitado de misterios.

Andrés de Onís emprende una “quéte” caballeresca, por amor a su Mariana, igual que Parsifal en el ciclo artúrico

Entonces, por más que avance, ¿el mundo no cambia?

Ni el mundo ni la condición humana. Las guerras de Religión del XVI son perfectamente extrapolables a la amenaza yihadista actual –o a las guerras comerciales que enfrentan a los grandes imperios de nuestro tiempo-. Andrés de Onís emprende una “quéte” caballeresca, por amor a su Mariana, igual que Parsifal en el ciclo artúrico. Es la misma a la que se rinden los protagonistas de Expiación, la excelente novela de Ian McEwan. En ese viaje cada uno de mis protagonistas, trátese de reyes o de enanos, de princesas o de cortesanas, vive en carne propia los mismos dilemas: nobleza frente a indignidad, traición y lealtad, amor y mezquindad, generosidad y codicia, dramatismo y comicidad…

De eso no falta en su novela. ¿Se puede ser trágico y cómico al mismo tiempo?

La vida misma es una tragicomedia. Muchas veces la farsa encubre un drama, igual que el horror se licúa en una sonrisa, o en una caricia. Mi novela juega con todo eso y no pide perdón por ser divertida.

O sorprendente, sin dejar de ser profunda.

Borges definió a Leo Perutz, el genial autor de El Judas de Leonardo, como un “Kafka aventurero”. En él lo fantástico trasciende la mera voluntad de entretener o deslumbrar. Yo intento seguir su estela. Me fascina esa generación de narradores de entreguerras, también la de los románticos alemanes y británicos. Lees a Sheridan Le Fanu y parece que estás leyendo un cuento infantil. Hasta que descubres la profundidad latente unida al conocimiento del alma humana. Ex tenebras –desde las tinieblas-, sacaron a la luz arquetipos de nuestra mente que no han sido superados. El Frankestein de Mary Shelley, el doctor Jeckyll de Stevenson, el Drácula de Stoker, el Dorian Gray de Wilde. ¿Dónde hay algo semejante en la literatura actual?

A propósito, ¿lee literatura actual?

Sigo pensando que no hay nada más actual que asomarse a los maestros. Todos ellos habitan un espacio -el de la gran literatura- que orbita por encima del tiempo. En cualquier caso, lo más actual que he leído últimamente ha sido El quinteto de Avignon, de Lawrence Durrell. Otro de mis autores de cabecera, junto con Huxley, Zweig y Carl G. Jung. Todos ellos preservan la regla de oro que guía mi pluma: conjugan un estilo aparentemente sencillo con el abordaje a las grandes cuestiones de la condición humana, planteando interrogantes históricos, filosóficos o espirituales, todo como si fuera un juego. Una vez que entras en sus libros, te envuelven de tal manera que ya no puedes escapar.

“Desde La Odisea en adelante, todos los viajes son iniciáticos. Se trata del mismo itinerario que la literatura debe recorrer para alcanzar ese recóndito país a medio camino entre la Praga del Manuscrito Voynich, el gabinete secreto de Felipe II y los mundos imaginarios de Arcimboldo”

¿Es lo que pretende con su novela?

Justamente eso. Vivimos un tiempo acelerado e hipertecnificado que prioriza lo funcional sobre lo emocional. Más que usuarios, somos servidores de nuestros mil dispositivos electrónicos. Pinocho era un muñeco de madera. Nosotros vivimos rodeados de “Pinochips” de silicio, perdidos en el Mundo Feliz de Huxley. Hoy, por otros medios, sea desde la macroeconomía o desde las biotecnologías, seguimos buscando la Piedra Filosofal y el Elixir de la Vida. La literatura supone un punto y aparte para regresar a lo esencial. Por eso mi novela tiene la forma de un viaje. Y como es sabido, desde La Odisea en adelante, todos los viajes son iniciáticos. Se trata del mismo itinerario que la literatura debe recorrer para alcanzar ese recóndito país a medio camino entre la Praga del Manuscrito Voynich, el gabinete secreto de Felipe II y los mundos imaginarios de Arcimboldo. Allá donde siendo otros, el azogue del espejo nos restituye una imagen en la que al fin podemos reconocernos.

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