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"Todo se olvida", de Carmen Guaita

domingo 17 de noviembre de 2019, 22:20h
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Todo se olvida
Todo se olvida

El interés que despierta un libro puede medirse de varias formas, esta es una: a quien esto escribe le quedaban veinte páginas para acabar de leer "Todo se olvida", la última novela de Carmen Guaita (Khaf, 2019) cuando alguien vio el libro en la mesa, lo abrió, lo comenzó a leer y ya no se lo devolvió hasta una semana después, completamente devorado.

Tiene Carmen Guaita el don —y el trabajo que ese don requiere— de escribir novelas de apariencia sencilla, a las que, es cierto, es difícil hacer referencia sin pronunciar la palabra sentimiento. Palabra que algunos pronuncian con cierto desdén, aunque sea difícil saber por qué.

Conviene poner las opiniones en cierto orden, por lo tanto. Para empezar, sentimientos no es sentimentalismo. Los personajes de Guaita —que suma con ésta tres novelas— son personajes éticos, en busca de identidad y de centro. El caso de Criptana Senzi, la soprano que protagoniza Todo se olvida, puede ser paradigmático a este respecto porque se nos presenta como una anciana sumida en el Alzheimer a la que son las palabras de quienes la conocieron quienes la van contando. Es decir, solo la conocemos a través de los otros, poco a través de su propia voz.

Esa búsqueda de centro y de referencia engarza en las obras de Guaita con dos palabras fundamentales: amor y perdón. No son palabras menores y no deberían sernos ajenas. En el caso de su última novela, el amor está presente a varios niveles y no siempre de modo protagonista. Asistimos, por recuerdo, a las dolorosas aventuras de la soprano y en presente al matrimonio deshecho del narrador y biógrafo, Pedro Bennasar. El perdón aparece también en esa historia personal de Bennasar y más sutilmente y quizás de manera más interesante en la relación de la soprano con su madre y en general en los lazos múltiples que se crean en esta novela entre los diferentes personajes.

Pero hay mucha más en Todo se olvida. Asistir en primera persona —tal es la “trama”— a la forja de una cantante de ópera en unos años en que las mujeres — ¿cómo no pensar en el affaire Plácido Domingo?— tenían que soportar mucho para alcanzar sus sueños es uno de los gozos que esta obra nos brinda.

Asistir a la pobreza de que emerge Senzi, en la que viven sus amigos, en la que algunos perecen; asistir al mundo español y europeo del medio siglo, con las heridas abiertas de la guerra civil, con el catolicismo en ocasiones hipócrita de algunos potentados patrios; escuchar hablar a unos personajes secundarios muy bien delimitados y de un portentoso peso en la novela, son otros de esos gozos.

Y algo más, al menos: asistir al arte que supone transmutar una novela de (necesariamente) difícil confección, creada fundamentalmente a través de un intercambio epistolar, en una obra de apariencia sencilla, lectura fácil y profundidad inteligente. Asistir a un coro de voces que suenan al mismo tiempo muy diferente, muy individualizado (y verosímil) y que sin embargo presentan siempre ese tono personal de la autora. Ya que hablamos de música: como un instrumento capaz de ejecutar diferentes tonalidades sin dejar de sonar como él mismo. Es otro gozo.

No es fácil —es lo más difícil para un novelista— crear un mundo, hacérselo tangible al lector. Guaita lo consigue en sus novelas y de manera muy especial en Todo se olvida. Una obra que tiene, en el buen sentido de adjetivo, aroma de clásico desde su primera página.

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