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“Últimas esperanzas”, de Joaquín Campos

Ediciones Espuela de Plata (Renacimiento)

miércoles 04 de diciembre de 2019, 10:20h
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Últimas esperanzas
Últimas esperanzas

Desconozco cuánto hay de ficción y cuánto de autobiografía en “Ultimas esperanzas”, la novísima entrega del poeta y narrador malagueño Joaquín Campos. O lo que es lo mismo, cuánto del esperpéntico Joaquín Campos conforma, diseña, moldea… al personaje alucinante y alucinado de Amador Paneque, epicentro de esta novela río que se esparce en incontenible aluvión hasta alcanzar las 545 páginas.

Aunque el vagamundo de Amador Paneque porta siempre un texto de Maiakowski, que a veces desgrana acudiendo al mismo como en busca de auxilio o apoyo para apuntalar la conciencia o para salir de la mierda en la que él mismo se embarra de forma constante -como si otro destino no fuera posible-, adobándolo también con la lectura de Ángel González, Watanabe o José Luis Parra, entre otros, quienes de verdad están en este texto, quienes conforman la estructura, la esencia de la novela a mi entender, son el Bukowski más alcohólico y el Henry Miller más mujeriego.

Una novela escrita a contrarreloj en un inédito invierno neoyorkino, que se nos presenta en lo estilístico como una reencarnación de Leopoldo María Panero, de José María Fonollosa o de los textos del siempre olvidado y muy querido José Luis Piquero.

Si exceptuamos “La verdad sobre el caso Segarra”, de la que él mismo ha renegado públicamente, el resto de la obra de Joaquín Campos, tanto en prosa como en verso –“Faltan moscas para tanta mierda”, “Doble ictus”, “Veinte brotes”, “Cartas a Thompson”, “Maëlys y todas las mujeres” y “Catres”-, viene encorsetada en personajes que se mueven entre el consumo desmedido de alcohol, un superlativo hedonismo que a veces produce hasta rechazo, la obsesión por el sexo, una ansiedad manifiesta sólo calmada por el consumo de drogas -legales o no-, el vértigo, y…, eso sí, un deseo incontenible de escribir, de decir con la palabra lo que vive, sueña, padece o goza, sin preámbulos ni cortapisas lingüísticas ajustadas ni a la moral ni a la ética imperante. Llevada al extremo la reflexión, claro está, siempre queda el recurso de decir que la palabra no mata, que lo que matan son los hechos, y además es cierto.

No sé qué tendrán que decir las religiones -a las que pone a parir-, las organizaciones no gubernamentales o los defensores del feminismo -hombres o mujeres, tanto monta-, sobre esta novela de Campos que por sus características choca como un meteorito en todo lo que podría denominarse como ‘políticamente correcto’.

Un texto algo más extenso de lo que debiera a mi entender, sobre las entretelas de un escritor psicótico que persigue escribir una novela que sea traducida al inglés, por una agente literaria neoyorquina, ayudado por una mecenas que no sabemos muy bien por qué cuitas ni razones, idolatra a este personaje irreverente -sobre el parecido del personaje con el escritor mismo, él sabrá lo que hay de cierto, ya lo he manifestado-, deslenguado, pero que, sin embargo, a pesar de lo expuesto, el lector se ve impulsado a seguir, capítulo a capítulo, hasta el final de la historia que se narra.

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